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Reseña Antropologías
feministas en México: epistemologías, éticas, prácticas y miradas diversas
(2020). |
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Review Antropologías
feministas en México: epistemologías, éticas, prácticas y miradas diversas
(2020).
María Fernanda Alvarado
Bautista
alvaradobautista.maf@gmail.com
Universidad
Autónoma de Aguascalientes, México
ORCID: 0009-0009-3751-5669
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RESEÑA |
Recibido: 16|02|2026 • Aprobado: 06|03|2026 |
Berrio
Palomo, L.R., Castañeda Salgado, M.P., Goldsmith Connelly, M. R., Ruiz-Trejo.,
M.G., Salas Valenzuela., M., Valladares de la Cruz, L. R. (Coords.). (2020). Antropologías feministas en México:
epistemologías, éticas, prácticas y miradas diversas. Bonilla Artigas
Editores.
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Reseña
Antropologías feministas en México: epistemologías,
éticas, prácticas y miradas diversas se extiende en cinco secciones que parten desde la conceptualización de la antropología feminista y las epistemologías
feministas en Latinoamérica, hasta la resignificación de la ética en la investigación
con las trabajadoras del hogar,
mujeres del campo, rurales
e indígenas. Simultáneamente,
el libro proporciona un espacio
para analizar metodologías feministas que ponen en el centro
a las mujeres desde los afectos,
el sentí-pensar, la subjetividad. Todo lo anteriormente descrito se discute desde los entrecruces de las
categorías de sexo-género-etnia-edad-clase, sin manejarlas como categorías aisladas o
dando pie a que alguna cobre mayor relevancia, sino que se resaltan las resistencias que se gestan desde estos entrecruces y márgenes (Espinosa, 2020). A continuación, se presenta un breve comentario
de Antropologías feministas en México, a partir de los intereses particulares que este libro me ha
despertado como profesionista e investigadora en formación, y que pueden pensarse
como principios en la comprensión de la investigación desde perspectivas
feministas.
Un elemento que vuelve la
lectura íntima y situada de este texto, es el reconocimiento que se le da a la
curiosidad intelectual y búsqueda de pertenencia de las antropólogas
feministas, de quienes se mapea cómo se han desempeñado desde las
universidades, colectivas y organizaciones civiles. Es sumamente disfrutable
las narrativas en primera persona que, desde la ternura, la resistencia, la
vulnerabilidad y la autoafirmación comparten sus trayectorias laborales y
vitales a través de ciudades como Chiapas, Sinaloa, Sonora, Ciudad de México o
Puebla. Como mujer dentro las ciencias sociales que apenas comienza su camino,
los textos pueden ofrecernos una orientación y luz hacia donde queremos llegar
como investigadoras. Otro punto clave del libro es la colaboración con mujeres
indígenas, campesinas, trabajadoras del hogar como actoras de cambio y
coproductoras de conocimiento en lo académico y dentro del activismo.
Desde los capítulos
iniciales de la “Sección
I. Aportes desde las Epistemologías Feministas” como “Antropología
Feminista y Epistemología” de Castañeda Salgado y “Acercamientos
a las antropologías feministas en Chiapas y Centroamérica” de Ruiz Trejo se presentan discusiones sobre la teorización
de la antropología feminista y su construcción desde las epistemologías
feministas, como son la teoría del punto de vista de Donna Haraway y Sandra
Harding o el pensamiento de Patricia Hill Collins (Castañeda Salgado, 2020, pp.
71-72), que complementa al anterior al sugerir una mirada colectiva del punto
de vista que permita la autodefinición de mujeres racializadas. Así mismo, se
señalan los aportes que se han dado entre la antropología y el feminismo
mutuamente, algunas de ellas siendo la crítica del concepto “mujer” a través de
evidencias etnográficas de la pluralidad de “mujeres”, y la crítica al
etnocentrismo y al androcentrismo.
Los textos nos permiten
colocar a la antropología feminista en México y Centroamérica desde el entendimiento
de la invasión y el despojo de los territorios, el cual se expresa en la puesta
en marcha de megaproyectos mineros, hidráulicos, energéticos o turísticos que
ocasionan la migración y/o desplazamiento de poblaciones, así como una
devastación y un daño ecológico irreversible. La trata de personas,
narcotráfico y el comercio sexual coexisten con las luchas por la vida en
primera persona, la denuncia del racismo y múltiples formas de discriminación
en instituciones de salud y jurídicas; la búsqueda de autonomía y
autodeterminación de las mujeres y sus núcleos de pertenencia, han obligado a
dar un viraje a la investigación antropológica feminista (Castañeda Salgado,
2020). Desde el pensamiento feminista descolonial se explican conceptos como la
colonialidad del género del saber y del poder; además de rescatar el
pensamiento de otras autoras como Ochy Curiel, Aura Cumes, Mercedes Olivera,
Aída Hernández, Lorena Cabnal, Chandra Mohanty.
El
capítulo “Desplazando la mirada del resultado al proceso: investigación
colaborativa y co-producción de conocimiento”, escrito por Gisela Espinosa
Damián, complementa los anteriores capítulos presentados en la sección y propone
la creación de metodologías hechas desde la confianza y la “construcción de un
nosotras”. El capitulo trata sobre ex-jornaleras agrícolas migrantes del valle
de San Quintín, Baja California. La autora escoge la co-producción de
conocimiento, con raíces en la investigación-acción y educación popular,
diálogos de saberes y epistemologías del sur. Lo narrado se puede leer desde la
ternura el nerviosismo, las risas y la ilusión presentes en las transcripciones
de las entrevistas; lo anterior cobra sentido al comprender el gusto que
desarrollaron las ex-jornaleras al ser entrevistadoras, y el sentido de
autoeficacia que surgió al notar que las palabras que usaron les permitieron
ser mejor entendidas que cuando se hace desde los tecnicismos. Cabe resaltar que
la antropóloga no llega a idealizarlas, reconoce como cada quien en sus mundos
de vida priorizó sus necesidades y modos de trabajo, lo que influyó en que
sintiera que el proceso recayó en ella en ciertos momentos.
Podemos suponer que Espinosa Damián en ningún momento planteó su papel como
investigadora como la que “da información”, sino que las entrevistas se interpretaron y enmendaron desde la posición de ellas mismas, en ocasiones quizá con silencio– cuando
decidieron no tocar temas delicados; o cuando intervinieron decididamente en el
título y la portada de la obra y tomaron en sus manos la presentación del libro
en Ensenada, en San Quintín y, más cuando participaron como presentadoras en la
Ciudad de México y en Oaxaca. Ni durante el proceso de investigación ni después
de publicar Vivir para el surco… (Espinosa
Damian, G. et. al., 2017) actuaron como tímidas, vulnerables o ingenuas
mujeres; sino que Espinosa Damián
las muestra en su texto como mujeres organizadas, con autonomía y capacidad.
Las injusticias naturalizadas por las personas entrevistadas
operaron como un “espejo” del pasado para las naxihi, una imagen con la que se identifican y que al mismo tiempo
les produce un “extrañamiento”. Espinosa Damián resalta la utilidad de diversificar
la difusión de conocimiento desde videos, fotografía, representaciones
teatrales, murales, pero también seguir significando a los libros, como
portadores de conocimiento, con una propia e incierta vida, posiblemente
llegando a incidir en mentes, corazones y procesos que no imaginaron quienes
los escribimos. Este capítulo contribuye a la congruencia de Antropologías feministas en México como
libro en general, ya que se destacan el uso de métodos innovadores y situados como
las narrativas, la etnografía y autoetnografía, incluso técnicas como los
talleres y obras de teatro
que produzcan mayor apertura y reflexividad al autoidentificarse en grupo.
En los capítulos de la “Sección
II. Posturas éticas en las antropologías feministas” se
explora el feminismo indígena e indo-campesino. Las autoras nos señalan que en
los espacios latinoamericanos que han sido atravesados por profundos conflictos
internos, la denuncia del carácter colonial e imperialista de la antropología
en general, dio pie a que las antropologías feministas se inclinaran por
estudiar las formas de explotación de las mujeres indígenas y trabajadoras.
Como mexicana nacida y
crecida en el centro norte del país, sin una relación directa o profunda con
los pueblos originarios o comunidades rurales, me permito afirmar que estos
capítulos ayudan a la reconstrucción personal de la comprensión sobre las
relaciones de poder y el acceso a los derechos, que, por falta de contexto, en
algunas ocasiones nos es difícil comprender. Quisiera partir de los principios
de colectividad, intersubjetividad, complementariedad, sentido humano que se
señalan como constituyentes del pensamiento indígena en general. Podemos
encontrar en estos un sentido de comunidad revolucionario más allá del
individualismo occidental, pues estos se construyen desde los cuidados
colectivos, la espiritualidad, la memoria colectiva y las genealogías, entre
otras cosas. A diferencia de los feminismos urbanos que priorizan las demandas
relacionadas con el sexo y la sexualidad, las teóricas feministas comunitarias
indígenas, como Lorena Cabnal, maya-xinka de Guatemala, dan cuenta de cómo los
denominados feminismos comunitarios a la vez que reivindican la cosmovisión, la
dualidad y la ancestralidad, también cuestionan el patriarcalismo, capitalismo
y el neoliberalismo.
En “El
trabajo del hogar remunerado: reflexiones políticas y éticas a partir de mi
colaboración” Mary R. Goldsmith Connelly concentra su investigación,
específicamente, en las trabajadoras del hogar. Es comúnmente discutido el
hecho de que exista el trabajo del hogar remunerado, pues este puede ser
entendido como un fracaso en la
negociación de la repartición equitativa de las funciones dentro de las
familias. Hay cuestiones que se siguen debatiendo sobre si es moral dicha
contratación, si es posible construir una relación igualitaria con las
trabajadoras del hogar, y, cómo erradicar el maternalismo e individualismo que
algunas empleadoras ejercen. Bajo la voz de estas mismas trabajadoras, el texto
nos muestra el deseo de reconocimiento social hacia el valor de su trabajo y el
acceso a derechos laborales.
Continuando con Goldsmith,
y de acuerdo con Mercedes Olivera (2015), la antropología feminista tiene un
compromiso ético-político-personal explícito con las agentes de cambio, lo que
permite la construcción colectiva de pensamiento útil. Se observan así
coincidencias entre la ética del cuidado y las prácticas éticas de la
antropología feminista — horizontalidad, contextualidad, diálogo— y también
entre la ética de la justicia y la antropología feminista por su compromiso con
el cambio social. La ética de la justicia privilegia la autonomía, del
individuo, los derechos, el respeto y los principios universalistas; la ética
del cuidado resalta las relaciones interpersonales, la vulnerabilidad, la interdependencia,
la responsabilidad frente a las necesidades de los demás y el contexto. Para
algunas teóricas ambas tienen que ser complementarias de manera acumulativa,
aunque para otras la justicia ya forma parte de la ética.
Lo
anterior plantea la posibilidad de hacer antropologías feministas creadas desde
la horizontalidad, con fundamento en sus epistemologías y metodologías, ya que,
en las revisiones críticas de la propia disciplina se reconoce que las
antropólogas pioneras, muchas de ellas extranjeras, llegaron a replicar una
exotización y objetivación desde su privilegio de clase, mantuvieron relaciones
laborales jerárquicas con mujeres indígenas, practicaron la adopción de niñas,
por ejemplo, tzotziles, y elaboraron análisis de resultados desde la superioridad
moral y la codescendencia. Actualmente, se perpetúa la posibilidad de que las y
los académicos provenientes de etnias mestizas o blancas, con disponibilidad de
bienes materiales, capital cultural y económico continúen estableciendo las
jerarquías de poder.
En el
capítulo “Tejer redes en el trabajo de campo con mujeres rurales e indígenas de
Rancho Nuevo de la Democracia: los desafíos feministas”, presentado por la
antropóloga Verónica Rodríguez Cabrera, se señala que “así como nosotras
resultábamos agentes ajenas a la realidad de las mujeres de la Montaña Baja, a
nosotras también nos confrontaban las prácticas de las mujeres amuzgas y
mixtecas; especialmente en lo relacionados a los rituales matrimoniales, el
cuidado del cuerpo de las jóvenes y de las responsabilidades que se les
asignaban en las familias, así como su comportamiento en espacios públicos,
siempre silencioso y opacado por los hombres” (Rodríguez Cabrera, 2020, p.
199).
En línea
con el pensamiento de la autora, el trabajo con mujeres rurales e indígenas
tiene diversas aristas: articulación de objetivos entre quiénes están
involucrados, desarrollar un vínculo de confianza, compartir situaciones de la
vida cotidiana, confrontar mundos de vida, y generación de vías para la
devolución. Se propone involucrarse en las actividades de su cotidiano, como
asistir y apoyar el comercio de artesanías textiles que producen y comercian,
conformando un eslabón más de sus redes de mujeres. Haciendo referencia al
punto de la confianza se propone desestabilizar los temores que surgen en las
comunidades cuando se congregan mujeres para dialogar temas que las atraviesan,
debido a que pueden generar que los hombres irrumpan buscando desaprobar y
parar los encuentros.
En la Sección III. Protagonistas
diversas, voces multisituadas, a través del estudio
de las tres generaciones de mujeres indígenas descritas por Laura R. Valladores
de la Cruz en el capítulo titulado “Construyendo la equidad. La
experiencia de tres generaciones de mujeres indígenas en México”, podemos comprender como principios: la admiración y
genealogía particularmente entre mujeres. De acuerdo con la autora, a través de
las entrevistas y por medio de los textos escritos por jóvenes indígenas, estas
se refieren a sus abuelas, madres, tías, como mujeres que preservan y transmiten
la cultura y la sabiduría de sus pueblos. Estas mujeres mayores y ancianas
también ven con orgullo los logros de sus hijas y nietas. Una segunda
generación de mujeres indígenas de la década de los 90s, mujeres entre 35 a 50
años actualmente, respaldan lo anterior al expresar que su esperanza y
expectativa está en ser conscientes que sus luchas pueden no tener efectos
sobre ellas de inmediato, pero sí en la tercera generación del nuevo milenio, es
decir, en las mujeres entre 20 y 35 años. Dentro de esta misma lógica de
interrelaciones, se puede rescatar la simpatía y admiración de distintas
organizaciones feministas laicas y religiosas hacia las zapatistas del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); pues es una constante entre las
diversas autoras de los capítulos que les nombran como ejemplos de autoridad
moral y política por su integridad y autonomía.
En el capítulo “Mujeres
indígenas: el poder de la palabra y la escritura para una militancia en el
presente”, Georgina Méndez Torres propone como
principio de reflexión a la Militancia en el presente, llamada así por Joanne
Rappaport (2005). Rappaport alude al conjunto de historias orales y escritas
que dan continuidad a la memoria y el accionar político de las comunidades indígenas.
En el texto se mencionan organizaciones que iniciaron la creación de las
primeras escuelas bilingües y la sistematización de sus trayectorias desde hace
23 años como La Escuela de Formación Mujeres Líderes “Dolores Cacuango” y el
grupo de Mujeres Mayas kaqla, una
ubicada en Ecuador y Guatemala. Como referentes, las mujeres mencionadas
proponen los siguientes criterios para generar y sistematizar conocimientos:
recuperar las enseñanzas orales cotidianas y los saberes colectivos
ancestrales, y promover el no convertirse en objetos de investigación sino en
creadoras de autoformación y potencial crítico. Lo anteriormente
expuesto, los he pensado como principios esperanzadores; de frente a lo que el
libro nos expone sobre la invasión colonial, las políticas y ausencias del
Estado y el crimen organizado como promotores de la violencia sexual e
institucional.
En la “Sección IV. La antropología y el
feminismo: narraciones en primera persona sobre experiencias de investigación y
docencia” las autoras reflexionan sobre cómo es crecer profesionalmente con la presión de encajar en los moldes del investigador
conforme a los modelos de investigación cuantitativa, neutral, objetiva y
universal. Sin embargo, se destaca que estar dentro de dichos moldes desarrolló
en estas una falta de pertenencia y juicio social al ser percibidas como profesionistas
con prácticas y concepciones erróneas, ineficientes e innecesarias, hasta
llegar a ser percibidas como “el aquelarre”. Dichos sentires de desaprobación y
confusión son condiciones con las que me he relacionado al haber cursado un
programa académico en Psicología desde teorías tradicionales, tal como le
sucedió a Sara Elena Pérez Gil Romo, autora del capítulo “A 45 años: lo que
hice y lo que hago ahora” cuya formación en el campo de la Nutrición estuvo
atravesada por metodologías cuantitativas. Para varias autoras, el haber
cruzado caminos con pioneras feministas en situaciones esporádicas generaron en
ellas un despertar propio, lo que incidió en mantenerse fieles a esas nuevas
miradas y a continuar formándose en postgrados feministas, centrados en
estudios de las mujeres y de género, llegando a convertirse hoy en referentas
que habitan desde la creatividad y el goce las artes, la academia y la sociedad
civil.
En esta misma sección, se señala como dentro y fuera de la academia las investigadoras se han
visto enfrentadas a ataques desde las ciencias comprendidas como
androcéntricas: llegando incluso a provocar que se les negaran recursos e
iniciativas de proyectos de investigación. Meztli Yoalli Rodríguez Aguilera,
autora de “Senti-pensando la antropología: mi experiencia y contradicciones en
el pensar-hacer” comparte:
recuerdo que un profesor al
leer mi primer borrador de la tesis me dijo –como forma de crítica- que él leía
no sólo teoría posicionamiento objetivo, sino podía sentir mi estómago en la
escritura y que eso era un riesgo para mi trabajo. Afortunadamente, una de mis
maestras, Aída Hernández, me alentó a seguir escribiendo con el corazón y el
estómago sobre las mujeres encarceladas en Puebla. (Rodríguez Aguilera, 2020,
p. 417).
Como última sección, la “Sección V.
Expresiones contemporáneas de la violencia” nos presenta reflexiones
principalmente relacionadas con la violencia sexual. Lina Rosa Berrio Palomo en su capítulo “Cuerpos
intervenidos, violencias naturalizadas. Reflexiones sobre la violencia
obstétrica e institucional experimentada por mujeres indígenas en Guerrero”,
estudia la violencia sexual en el contexto
específico del estado de Guerrero en México, mediante su trabajo
de campo realizado entre 2015 a 2017 en el municipio
de San Luis Acatlán.
En el análisis de este da cuenta de la forma en que el racismo y clasismo perpetúan las
prácticas la esterilización forzada, la implantación de métodos anticonceptivos de larga duración sin consentimiento, así como la negación del acceso a anticonceptivos. Berrio
Palomo comenta que la
inacción o el castigo por parte del personal de salud y administrativo se da como respuesta a la precepción de una ausencia
de autocuidado de las consultantes de determinadas poblaciones, entre ellas indígenas, afrodescendientes, migrantes, entre otros.
En relación con lo anterior, también señala que, para el Instituto Veracruzano
de las Mujeres, los servicios de salud y jurídicos son los dos espacios en
donde, principalmente, las mujeres indígenas se vuelven objeto de violencia a
través de tratos inhumanos y degradantes vinculados a su condición de sexo-género
y etnia, referidas continuamente a su color de piel y estatura, que a su vez el
personal médico vincula con la desnutrición y algunas carencias hereditarias.
En otro orden de ideas, en el capítulo “Apuestas
para comprender los entrecruces de violencias: reflexiones desde una
investigación antropológica y colaborativa con mujeres nahuas de Zongolica,
Veracruz”, Natalia De Marinis analiza lo anterior en relación con las mujeres
nahuas en Zongolica, Veracruz. Desde el análisis de una línea histórica se presenta
la implantación de fincas productoras de tabaco, caña de azúcar, café y maíz en
condiciones de explotación, las cuales se instalaron a través de mercaderes
coloniales y favores militares durante la independencia mexicana y el
porfiriato en regiones como Chiapas y Veracruz. A partir de ahí se colocó una
jerarquía racializada que continúa el día de hoy nombrada por Aura Cumes como
“cultura de servidumbre”.
El
servilismo estaba interiorizado en sus cuerpos a tal grado que me tocó ver cómo
los papás, cuando las niñas comenzaban a menstruar, las adornaban, las vestían
y les colocaban trenzas con listones y las iban a llevar a la casa del patrón.
Ellos sentían como orgullo de que las hijas pasaran por la casa del patrón, es
decir, por todas las violaciones (Entrevista a Mercedes Olivera, 2019).
La continuidad de los
despojos hacia comunidades indígenas se vio empeorada con la presencia de los
cárteles en las faldas de la sierra y el control de las rutas estratégicas,
muchas veces alineados a la militarización. Lo que ha ocasionado un sin fin de
secuestros, asesinatos, feminicidios, mujeres arrojadas en los caminos, el
silenciamiento de las denuncias mediante propiedades, dejar ir libres a los
agresores por montos de dinero. Los cuerpos son objetos y objetivos de guerra.
Desde la percepción de mujeres defensoras indígenas la presencia de armas y
drogas genera mayor severidad de la violencia hacia las mujeres, cambia el
contexto de despojo en el que viven, pero que en realidad siempre han pasado en
el interior de las viviendas.
Lo anterior me resulta
interesante en tanto en mi historial como psicóloga me he desenvuelto en instituciones de salud y de justicia; pero es el texto de Natalia De
Marinis, antes mencionado, que me permite
tener un posicionamiento más claro,
autoafirmado y con un mayor aprecio hacia
el trabajo como perito psicoterapeuta, en el que yo misma
me he desempeñado. De Marinis
explica el rol de las defensoras indígenas como traductoras y acompañantes en los procesos de violencia
familiar, comunitaria o pensiones alimenticias ante las y los abogados
que toman las declaraciones y los jueces
en las instancias de las mediaciones. En el texto, se narra la
imposibilidad de nombrar los órganos sexuales o asignar el concepto de violación
a los hechos ocurridos, debido a la ausencia de esas palabras en su propia
lengua. En este sentido, por lo general se le suelen dar nombre a los órganos
sexuales con palabras como toto-pipi, entre otros. Por ejemplo, señala De
Marintis en la narración del caso de una víctima de violación que declara “me
hizo feo”, para referirse a este hecho.
Pensé ¿cómo le voy a decir
que me diga ella que le hizo feo, aunque
no me quería decir cómo era la cosa? Le digo “¿Tú conoces tu cuerpo? ¿Cómo se llama?, pero en tu lengua” Me dijo que sí. Y entonces le pregunté “¿Cómo le conoces por donde te orinas?” Dijo “toto”. La licenciada estaba escribiendo. Le digo [a la joven] “¿Y el del hombre?”. Y me dijo también que toto’. Quien tomaba
la declaración iba nombrando mientras escribía “El toto es vagina o vulva y el toto del hombre es pene.
“Ora [sic] sí ya quedó más claro” –Entrevista realizada a la
defensora indígena Marta (De Marinis, 2020, p. 476).
En el
relato anterior puedo entender la frustración descrita de observar la exigencia
con que se les pide narrar múltiples veces las acciones y tiempos detallados de
una agresión sexual, aun cuando es con fines de legitimar y proceder con la
carpeta de investigación. La violencia sexual es difícil de plantear aún en la
propia lengua por lo que es imaginable en una distinta a la propia. Por otro
lado, es importante señalar la satisfacción de aclarar el proceso a la víctima
o testiga y lograr hacer la declaración lo más humana y sensibilizada posible.
Al igual que Marta, una de las defensoras entrevistadas, me suelo preguntar en
mi cotidiano “¿Qué habría pasado si esta joven iba sin alguna de nosotras?”.
Finalmente pasando a las conclusiones, un primer punto es
subrayar la importancia de fortalecer el interés en la investigación académica como
actividad política e intelectual, sobre todo en la generación etaria a la que
pertenezco. Lo anterior lo sostengo desde lo propuesto por Nadia Rossa, quien
escribe el capítulo “Devenires feministas de mujeres jóvenes en México”, pues a
lo largo del libro solo un capítulo se enfoca en las adultas jóvenes. Rossa nos
desmuestra la necesidad de situar nuestro lugar de enunciación, autoafirmar
aquellos andares de mujeres jóvenes que intentan explicarse y encontrarse en el
mundo, tal como yo.
Otro punto
que encuentro necesario a resaltar es el fomento del análisis del
condicionamiento y vigilancia que involucra aceptar programas y políticas gubernamentales,
sobre todo en la población indígena y rural, que simulan disminuir la pobreza o
agilizar el acceso a servicios, siendo por el contrario instrumentalizadas a
las políticas desarrollistas del momento y a las tecnologías de género. De ahí
que las investigaciones se concentran en el acceso a servicios básicos como:
agua entubada, electricidad, drenaje, escuelas, clínicas, pero resultan poco críticas
ante el reconocimiento e identificación de inequidades relacionadas con las
relaciones y el ejercicio del poder patriarcal (Rodríguez Cabrera, 2020,
p.190). Sin embargo, es prioritario promover dicha crítica desde un
acompañamiento empático e interseccional de las necesidades que lleva a las
personas a buscar aliviar sus condiciones de vida, sin observar otras
necesidades; esto es importante porque debemos tener cuidado de no llegar a
generalizar e invalidar la capacidad de análisis de las personas. Así mismo, me
inclino al cuestionamiento general de cómo el pensamiento feminista es
simplificado en la perspectiva de género, uniformado la especificidad del ser
mujer, al buscar adaptarse a la cultura de planeación, desarrollo, evaluación y
rendición de cuentas en las instituciones sin comprender la diferencia de las
problemáticas, pues cuando solo se agrega a las mujeres como un apartado
dirigido estas, poco se comprende la forma en que son afectadas por la
organización de las estructuras existentes.
Por último,
siguiendo lo presentado por Rodríguez Cabrera, aquellas áreas de oportunidad
que encuentro en la antropología feminista se orientan a consolidar como ejes
del ejercicio de la investigación la escucha, la ayuda mutua, la empatía, la
integración a las redes, el intercambio de ideas y de expectativas, no solo
reducir la devolución de resultados a la publicación de un trabajo. Al seguir
estas pautas se puede intervenir en la creciente desconfianza y cansancio de
las mujeres de participar una y otra vez en proyectos en los cuales aportan su
tiempo-saberes y obtienen resultados con poco alcance. Simultáneamente,
cultivar la ética del cuidado, las intuiciones y direcciones propias en el
transitar de las antropólogas feministas.
Como ya he mencionado, la
parte del libro donde me fue más fácil conectar fueron las narraciones en
primera persona de las antropólogas mexicanas, posiblemente por mi tendencia a
consumir autoetnografías y autobiografías como fuentes de inspiración. Varias
de ellas parten de formarse desde un inicio en licenciaturas propias en
Antropología, para posteriormente enfrentarse a campos laborales
mayoritariamente precarizados y reducidos, donde tuvieron que aceptar ofertas
que bien partieron de darles lo básico como trabajadoras, sí que les aportaron
contenido y deseos de transformación social sobre aquellos temas en los que se
necesitaba teorizar e intervenir desde el pensamiento de las mujeres mexicanas:
la nutrición, la educación, la alimentación infantil, los centros
penitenciarios, la migración en la frontera sur y norte del país, el cultivo y
en el campo.
Referencias
Berrio
Palomo, L.R., Castañeda Salgado, M.P., Goldsmith Connelly, M. R., Ruiz-Trejo.,
M.G., Salas Valenzuela., M., Valladares de la Cruz, L. R. (Coords.). (2020). Antropologías feministas en México:
epistemologías, éticas, prácticas y miradas diversas. Bonilla Artigas
Editores.
Espinosa
Damian, G., Ramírez González, E., y Tello Torralba, A. (2017). Vivir para el surco. Trabajo y derechos en
el valle de San Quintín. UAM.
Trejo, M.
G. R., Esencial, A., y Rodríguez, A. B. (2019). Enunciaciones de la Antropología
feminista en Chiapas: Entrevista a Mercedes Olivera. En M. B. Heras (Ed.), Mercedes Olivera: Feminismo popular y
revolución. Entre la militancia y la antropología (pp. 35–50). CLACSO. https://doi.org/10.2307/j.ctvt6rm5c.5