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Las mujeres y su
lugar en el campo de la ciencia. |
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Women and their place in the field of science.
Gabriela
Martínez Ortiz
gabrielamo85@gmail.com
Universidad Autónoma de Aguascalientes,
México.
ORICD: 0009-0005-8802-3219
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ARTÍCULO |
Recibido: 30|06|2025 •
Aprobado: 01|10|2025 |
RESUMEN
La falta de
visibilización de las mujeres en las academias científicas y universitarias
responde a un conjunto de hechos históricos y de transformaciones
epistemológicas que las terminaron por colocar fuera de los espacios de
conocimiento. Sin embargo, las revisiones críticas y con perspectiva feminista
de la historia de la ciencia permiten mostrar que la ausencia de las mujeres
responde más a un discurso de un momento histórico en particular, que a la
realidad de las prácticas en las que las mujeres participaban. Lo anterior no
significa que no exista una brecha en el lugar que ocupan las mujeres en el
campo de la ciencia, principalmente en las áreas STEM. Por lo que es necesario reflexionar
acerca de las consecuencias epistemológicas sobre cómo generamos conocimiento
ante la ausencia de ciertos sujetos en la ciencia, de sus preguntas y perspectivas;
pues la anulación de la presencia de las mujeres en la ciencia, también anula
sus conocimientos generados a lo largo de la historia. El presente artículo
discute brevemente el paso del conocimiento protocientífico realizado en
ambientes domésticos hacia la institucionalización de la ciencia moderna; y se
pregunta sobre las consecuencias de lo anterior en relación a la concepción de
las mujeres como sujetas pasivas frente al conocimiento, la necesidad de la
despatriarcalización de la ciencia, y la delimitación del lugar de las mujeres
en la ciencia.
Palabras clave: mujeres
y ciencia, acceso a la educación, brecha de género, ciencia feminista.
ABSTRACT
The absence of visibility of women in the scientific
and university academies is a consequence of a series of historical events and
epistemological transformations that ultimately placed them outside of
knowledge spaces. However, critical and feminist reviews of the history of
science show that the nonappearance of women is more a reflection of the
discourse of a particular historical moment than of the reality of the
practices in which women participated. The above not mean that a gap does not
exist in the place women occupy in the field of science, especially in STEM
areas. Therefore, it is necessary to reflect on the epistemological
consequences of how we generate knowledge when certain individuals, their
questions, and perspectives are absent from science; because erasing the
presence of women in science also erases the knowledge they have generated
throughout history. This article briefly discusses the transition from
protoscientific knowledge acquired in domestic environments to the
institutionalization of modern science; and questions the consequences of the
above in relation to the conception of women as passive subjects in relation to
knowledge, the need for the depatriarchalization of science, and the
delimitation of the place of women in science.
Key
words: Women and science, access to science, gender gap, feminist science
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Introducción
El
ingreso de las mujeres a los espacios del saber dentro de las academias
universitarias se presenta, en ocasiones, como un reto a penas planteado desde
el siglo pasado, como si por primera vez se comenzara a plantear la conquista
de esos espacios. Sin embargo, la historia de las mujeres nos muestra que los
espacios de conocimiento y sus prácticas no eran ni exclusivos de los hombres
ni negados completamente para las mujeres. Algunas escuelas pitagóricas y
platónicas albergaron continuamente a mujeres; de igual manera, durante siglos
las mujeres accedían al estudio y al conocimiento desde la posibilidad de
formar parte de una vida monástica, donde lograron aprender y convertirse en
eruditas durante la Edad Media (Pérez Sedeño, 2009, p. 3). Es a partir de la
revolución científica y la cristianización de la educación que las mujeres
quedan relegadas de dichos espacios, debido a una clara patriarcalización de
las academias al trasladarse a los ámbitos públicos, y de la configuración del
sujeto epistémico o científico, al masculinizarse. En este sentido, si bien es
cierto que, en los relatos tradicionales de la historia de la ciencia, del arte
o de la filosofía no encontramos una presencia significativa de mujeres, lo anterior
no significa que no se desarrolló por sí misma una relación propia de las
mujeres con el conocimiento y, por lo tanto, con la ciencia, la filosofía y el
arte. Sin embargo, en la actualidad se continúa experimentando una
invisibilización hacia las mujeres en las prácticas académicas y científicas,
sobre todo las que están relacionadas con la investigación y la designación de
cargos con puestos directivos, lo que hace que la presencia de las mujeres sea
igual de imperceptible que la que la historia tradicional nos relata.
Tras
lo anterior cabe preguntarnos ¿cuál es la situación de las mujeres en las
academias y qué retos tenemos para nuestra incorporación en estas? Dichas
preguntas resultan pertinentes hoy en día, puesto que invitan a la reflexión
sobre cómo se realizan las prácticas científicas y cuáles son las condiciones
materiales y sociales desde las que se hace ciencia, arte o filosofía; pues la visibilización
de las mujeres en las academias e instituciones científicas, como sujetas epistémicas,
también debe implicar la visibilización y llegada de otras mujeres, otros
sujetos y otras subjetividades epistémicas a dichos espacios.
1.
Del
conocimiento de las brujas a la academia patriarcalizada.
La
evidente falta de presencia de las mujeres en las academias universitarias es
un desafío engendrado por la época moderna ya que, anteriormente, las mujeres
no habían sido vedadas de manera sistemática de aquellos espacios en los que se
generaba el conocimiento ni se prohibían las prácticas de su aplicación. A
partir de la revolución científica, aquello que delimitamos como conocimiento
fue enmarcándose bajo el canon del estatuto científico, por lo que una serie de
prácticas y de individuos que las llevaban a cabo quedaron fuera de dicho estatuto,
la misma filosofía y sus preocupaciones metafísicas perdieron terreno frente a
la jerarquía del saber alcanzada por la ciencia. En el caso de las mujeres la
configuración social, cultural y religiosa sobre su género las dejó fuera de
los espacios de conocimiento, en parte, debido a la preocupación por el cultivo
de las virtudes femeninas, las que deberían de mantenerlas como sujetas
pasivas; pero también, la propia configuración social del conocimiento en la
Modernidad estableció una serie de criterios de cientificidad cada vez más
supervisados y controlados; por ello el conocimiento que no se hacía en las
nuevas academias modernas se volvió dudoso y quedó cada vez más lejos de
cumplir con dichos requerimientos. Así mismo, la reconfiguración del mundo moderno
y la gestación de un individuo propio de este terminó de contribuir a la
configuración de unos dispositivos de saber-poder cada vez más cerrados para
las mujeres.
1.1.
La
instauración del conocimiento científico en la jerarquía del saber y el exilio
de las mujeres de la ciencia.
Con
anterioridad a lo que podemos ubicar como la revolución científica del siglo
XVII, o de manera más puntual, de los inicios de la ciencia moderna, el
conocimiento, sus preguntas y sus fundamentos tenían otras motivaciones y
caminos para su sistematización. Así como en la filosofía podemos observar de
qué forma el empirismo inglés fue cuestionando la posibilidad de la metafísica,
en el campo de lo que hoy identificamos como la medicina, la química o incluso
la biología, los fundamentos de las prácticas estaban más cerca de la alquimia,
la magia y de la herbolaria que de la ciencia como hoy la comprendemos. Antes
del siglo XVII y hasta muy entrado el siglo XIX, el acceso al conocimiento y
las metodologías científicas fue un privilegio negado para la gran mayoría de
la población, pero había personas que aun sin formación científica, contaban
con el conocimiento suficiente para atender los males y necesidades de la vida cotidiana;
muchas de esas personas fueron mujeres.
Silvia
Federici (2015, 2021) señala que entre los siglos XV al XVII, debido a los
oficios que ejercían algunas mujeres, estas fueron desarrollando cierto tipo de
conocimiento con una aplicación inmediata en la vida cotidiana de las personas,
como era lo relacionado con la procreación y, por ende, con la sexualidad. Las brujas, los hechiceros y los curanderos(as),
eran comunes antes del establecimiento de la medicina moderna en las sociedades
occidentales que se mantuvieron muchos siglos empobrecidas y poco urbanizadas
(Federici, 2015). Se recurría a tales figuras para el control de la natalidad,
el logro de un parto seguro y los cuidados de los recién nacidos. Sin embargo,
este tipo de conocimientos poco a poco fue vinculándose con el mal y con los
conocimientos otorgados por el diablo, en contraparte a una
institucionalización de la ciencia dominada por hombres que en su mayoría
provenían del clero y de la élite (Pérez Sedeño, 2009). De esta forma el
control de la sexualidad femenina y del conocimiento sobre esta, tuvo
repercusiones no solo en un sentido moral, sino también en un sentido
epistemológico pues exterminar a las brujas, significó también extinguir sus
conocimientos (Federici, 2021).
En
otro orden de ideas, es importante señalar que el conocimiento que podemos
comprender como protocientífico, hasta no bien entrado el siglo XIX, se hacía
en los espacios domésticos, y en este podían contribuir diferentes miembros de
la familia, incluidas las mujeres (Blázquez Graf, 2011). Las mujeres estaban
incorporadas en la generación premoderna del conocimiento ya sea como
cocineras, perfumistas, curanderas, nodrizas o parteras (Blázquez Graf, 2011; Federici,
2021). En una ciencia más de tipo doméstico o protociencia, las mujeres se
ocupaban de la identificación y distinción de plantas y sus usos comestibles o
curativos, el desarrollo y fabricación de utensilios e instrumentos para la
preparación y conservación de productos que, muchas veces, tenían fines
curativos, la atención al parto, así como los métodos para la anticoncepción y
el acompañamiento del cuidado de los recién nacidos; todo lo anterior era sometido a la experimentación y observación
empírica para su mejora, aunque esta no implicara un registro sistematizado de
ello, sino que era transmitido de generación en generación (2011).
Conforme
van apareciendo e institucionalizándose las reales academias, así como se van
exigiendo ciertas capacidades para integrarse a las universidades, a las
mujeres se les hace cada vez más complicado acceder a los espacios públicos y
oficiales del conocimiento científico (Blázquez Graf, 2011, p. 34). La
institucionalización, a su vez, fue definiendo los criterios sobre el conocimiento
científico y las prácticas que quedaban fuera del campo de la ciencia. El régimen
moderno de la ciencia estableció una forma de producción de conocimiento que
permaneció hasta bien entrado el siglo XX y que instituyó un modo hegemónico
del quehacer científico, con criterios no solamente epistemológicos, sino
también sociales e institucionales sobre quiénes y cómo se hace la ciencia.
Por
su parte, el sujeto moderno fue concebido desde un falogocentrismo, centrado en
una cuestionable escisión entre mente y cuerpo. Si bien, el dualismo cartesiano
tiene más matices que dicotomías, la episteme moderna constituyó al sujeto
cognoscente con una corporalidad que podría resultar insignificante, a menos
que, fuera femenina y, por ende, se le imposibilitara el uso objetivo de su
razón (Haraway, 1995). Así la ciencia moderna como institución y práctica
social, si bien representa un enorme e importante avance cualitativo; a su vez,
implicó la definición masculina de los sujetos epistemológicos, y la
delimitación de los criterios y de prácticas científicas conforme a los
espacios institucionales que a estos mismos sujetos les era exclusivo acceder.
1.2.
El
conocimiento científico y sus sujetos: las mujeres como sujetas pasivas del
conocimiento.
El
canon del monismo metodológico del conocimiento científico fue un proceso
social, filosófico y, por supuesto, epistemológico que tomó establecer
prácticamente doscientos años. Los tintes metafísicos que atraviesan a la
mayoría del pensamiento filosófico y científico, como el del mismo Newton (Snobelen,
2006), así como la prevalencia de la presencia de la iglesia en cualquier
institución o empresa humana, además de la falta de instrumentos adecuados o
desarrollo tecnológico para observar lo que está más allá de los límites de los
sentidos humanos, dilataron a la fundamentación empírica como criterio crucial
para todo tipo de conocimiento confiable y replicable. No nos detendremos en
las discusiones sobre verificabilidad o falsación del conocimiento; sin
embargo, el establecimiento de la observación empírica como un criterio
confiable y necesario para todo aquel conocimiento que no buscara presentarse
como metafísico, fue primordial para la conformación de un camino sistemático y
seguro, a partir de la definición tanto de los problemas y objetos científicos,
en un sentido ontológico, como para la delimitación el campo de la ciencia, en
un sentido epistemológico.
El
método científico tuvo como modelo a la física newtoniana y su capacidad para
explicar el movimiento de los astros; a partir de la observación y el cálculo
matemático. Newton logra lo impensable para la época: poder predecir con
exactitud el movimiento de objetos que no comparten nuestra atmósfera terrestre
(Dear, 2007). Como hito científico su valor es incalculable, mas esto no significó
que el sistema de creencias, o la plataforma epistemológica que atravesó a la Modernidad
tuviera una transformación inmediata hacia un nuevo modelo general del saber
científico. El positivismo decimonónico fue la culminación de un paradigma
científico al que le llevó mucho tiempo instaurarse.
Entretanto,
de a poco, el conocimiento de la magia alta que practicaban algunos clérigos y
hombres de élite se fue perfilando hacia un tipo de conocimiento cada vez más relacionado
con la práctica científica (Federici, 2015, p. 334). Hasta entonces, la ciencia
como paradigma del conocimiento no fue propio de las poblaciones comunes, por
lo que la curación y la adivinación con fines prácticos: curar, enfermar,
atraer la buena suerte, entre otras cosas, era profesada por la mayoría de la
población. La magia alta, por su parte, es decir, la astrología, la alquimia y
la nigromancia, era una magia culta con cierto respaldo filosófico, cuyo fin era
espiritual y sobre el conocimiento de dios (Blázquez Graf, 2011, p.19). La
secularización del mundo y de sus instituciones fue caracterizando todas las aristas
de la actitud del proyecto moderno. Asimismo, la secularización del pensamiento
permitió la disociación de los problemas concernientes al universo de lo
sagrado de aquellos observables de forma empírica y con finalidades prácticas
dados en la naturaleza e, incluso, en el mundo social (Palma y Pardo, 2012,
p. 32). A la par de lo anterior, y debido a
las transformaciones jurídicas y religiosas, la magia baja fue perseguida por
su relación con los males sociales, a pesar de que, en los casos relacionados
con la salud y enfermedad, el uso de la herbolaria tuviera respaldo empírico.
Y
es que, la magia baja que realizaban las llamadas brujas eran prácticas a las
que recurrían las personas del pueblo que lejos estaban de los médicos formados
en las academias cada vez más científicas de la época; además de que quienes
las realizaban eran no solo mujeres, sino, por lo general, mujeres pobres o que
no tenían un sustento o apoyo masculino; por lo que para huir de la mendicación
o de la prostitución se dedicaban a ciertos oficios asociados a la brujería
(Federici, 2021). Sumado a lo anterior, las reformas religiosas que buscaban
contrarrestar el paganismo, los proyectos de consolidación de los Estados
nación con la intención de uniformar las creencias, valores y conductas del
pueblo a partir de los valores de la clase dominante y de la secularización de
las instituciones (2021), el crecimiento urbano, la sobrepoblación y el despojo
de las tierras comunales, contribuyeron a que cierta población se empobreciera
más y perdiera sus tierras de labranza; además de funcionar como chivo
expiatorio de las enfermedades y la peste que azotó a la población (Blázquez
Graf, 2011; Federici, 2021). La cacería de brujas fue un fenómeno popular en
Europa, dado entre los siglos XIV al XVII por la élite europea, y que mezcló
ideas teológicas con una persecución de clase (Blázquez Graf, 2011; Federici,
2015).
No
es difícil pensar que las personas dedicadas a ciertos oficios como cocineras,
perfumistas, curanderas, consejeras, campesinas, parteras o nanas habitualmente
fueran pensadas como brujas, pues realizaban sus actividades con independencia
de los hombres, desarrollaron conocimientos propios y sustituían las funciones
de los médicos, sacerdotes, predicadores, así como de las instituciones que
estos representaban (Blázquez Graf, 2011). Y, en una desfavorable coyuntura
temporal, lo anterior fue de la mano con las transformaciones epistemológicas
que consolidarían a una ciencia cada vez más fuerte, afianzada en los
descubrimientos de Copérnico, Galileo y Kepler que mostraron las leyes
naturales a las que estaba sujeto el universo, y no a fuerzas ocultas conocidas
y dominadas solo por algunos (2011). Sin embargo, como nos señala Federici
(2015), este conocimiento, aun protocientífico, solo estaba al alcance de unos
pocos provenientes de las clases más privilegiadas; por lo que la persecución
de las llamadas brujas y sus prácticas no solo eliminó de la ciencia moderna
prácticas esotéricas, mágicas o arcanas; sino que aniquiló el conocimiento
desarrollado por las mujeres[1], y
contribuyó a que en la instauración de la ciencia moderna como régimen
epistemológico y en sus instituciones, la ausencia de las mujeres fuera su característica
ordinaria (2011).
Siguiendo lo
anterior, la ciencia moderna postuló un ideal de racionalidad plena que erigió
el conocimiento en un orden racional-matemático del mundo descubierto por el
carácter empírico y experimental del conocimiento científico como el camino
seguro para el alcance de un conocimiento confiable con tintes de universalidad
(Palma y Pardo, 2012, pp. 33-34). En contraste, la magia baja no llevaba un
camino sistematizado de obtención del conocimiento, sino que se aprendía de voz
en voz, y de la observación y experimentación mezclada con algún conjuro; sin
embargo, a pesar de una autonomía propia del aprendizaje y ejercicio de la
magia, tratados como el Malleus Maleficarum afirmaron que los
conocimientos de las brujas provenían del poder que les otorgaba el diablo a
partir del pacto establecido con él (Blázquez Graf,
2011, p. 27). Es importante señalar que no se sostiene la
fundamentación científica de la magia (alta o baja), sino que lo que se intenta
subrayar es que la definición moderna de las o los sujetos epistémicos se dio
en conjunto con la lectura cristiana sobre las prácticas de conocimiento a las
que tenían acceso dichos sujetos, y, a su vez, con las condiciones sociales y
materiales sobre las que no tenían acceso. Por tanto, como ya hemos mencionado,
la formulación de brebajes requería de la experimentación empírica para su
funcionamiento, pero la concepción corriente de las brujas las constriñe a ser
sujetas pasivas en espera de las formulaciones y mandamientos que el diablo les
confería. En este sentido la patriarcalización de las instituciones científicas
se observa en tres principales consecuencias: la ausencia de mujeres en la
ciencia, la desaparición del conocimiento de las mujeres en el campo del conocimiento
científico, y la delimitación de las mujeres como sujetos no epistémicos.
2.
La
necesidad de la despatriarcalización de la ciencia.
La
ciencia moderna emana a la par de la exclusión de las mujeres y su conocimiento
de sus instituciones y sus prácticas. Sin embargo, en los últimos cien años podemos
observar de manera más manifiesta la gradual incorporación femenina a la
ciencia. Así mismo, a partir de los años setenta del siglo pasado se fortaleció
una perspectiva crítica y feminista sobre la historia de la ciencia, visibilizando
la presencia de las mujeres a lo largo de su desarrollo. Al día de hoy, todavía
tenemos algunas tareas que realizar a favor de muchas y muchos de las y los
sujetos epistémicos que han colaborado en el avance del conocimiento científico
y que no han sido visibilizados; además de formular y promover los mecanismos y
las condiciones para que más sujetos o sujetas se unan a los programas de
investigación, desarrollo e innovación en las áreas de las humanidades, la ciencia
y la tecnología.
2.1. La
presencia de las mujeres en la ciencia.
Incorporar
a las mujeres en la historia de la ciencia es incorporar otras preguntas y
conocimientos que antes no ocupaban un sitio relevante en el mapa del
conocimiento. Hilary Rose (2007, p. 116) señala que la Royal Society
fundada en el siglo XVII se las ingenió para evitar la admisión de las mujeres alegando
la incapacidad intelectual de las solicitantes a pesar del cumplimiento de los
requisitos para ser admitidas. Es hasta el siglo XIX en donde podemos observar
con mayor claridad la afiliación de las mujeres en las academias científicas;
por ejemplo, en 1860 en Suiza, hacia 1870 en Inglaterra, en 1880 en Francia,
hasta 1900 en Alemania, y en México podemos hallar a la primera médica recibida
en el año de1887 (Blázquez Graf, 2011, p.39).
De
acuerdo con lo anterior, preguntarnos sobre la falta de presencia de las
mujeres en las disciplinas científicas, filosóficas o artísticas debe ir más
allá de solo preguntarnos sobre las condiciones epistemológicas de los sujetos,
pues las preguntas deben de acompañarse de la investigación sobre los criterios
establecidos para la incorporación de los individuos a las instituciones
científicas, así como de las condiciones institucionales, sociales y culturales
que les permiten a esos mismos individuos incorporarse, mantenerse y desarrollarse.
La dimensión de género en los proyectos de I+D+I ha comenzado a cambiar a
partir del siglo XXI, gracias a los estudios de género provenientes de las
ciencias sociales y las humanidades. Paulatinamente, las cuestiones de género
comienzan a analizarse y a integrarse en la investigación, pero también ha
considerar las políticas de equidad y acceso al conocimiento al distinguir
entre investigación con perspectiva de género y el papel del género en la
investigación (Puy Rodríguez y Pascual Pérez, 2016).
En
la actualidad, a nivel nacional la incorporación de mujeres a las academias
como estudiantes presenta una brecha cada vez menor, en relación con los años
de estudio, ya que las mujeres presentan un promedio de 9.6 años de educación, mientras
que los hombres presentan 9.8 años en promedio (IMUJERES, 2024, p.1). Sin
embargo, aunque exista un número similar de mujeres y hombres realizando
estudios universitarios, esto no significa que las mujeres estén igualmente
incorporadas en todas las disciplinas y, sobre todo, en la investigación. El
boletín No. 2 del año 2024 sobre Desigualdad en cifras, del Instituto Nacional
de las Mujeres, señala que, si bien se muestra una presencia mayoritaria de
mujeres en áreas como la Educación, las Ciencias de la Salud, las Ciencias
Sociales, las Artes y Humanidades, así como la Administración y negocios, representando
entre un 75.4% a un 57.7% de las profesionistas en esas áreas; la presencia de
mujeres va disminuyendo en las áreas relacionadas con Servicios, Ciencias
naturales, matemáticas y estadística, de 51.2% a un 50.7%; hasta llegar a ser
minoritaria en áreas como Ingeniería, manufactura y construcción con un 45.1%,
Agronomía y veterinaria con un 31.6 y, sobre todo, en Tecnologías de la
información y la comunicación con un 23.8% (2024).
Sin
embargo, esta desigualdad no solo se manifiesta en relación con el acceso a las
áreas STEM con un porcentaje de ingreso de 38% mujeres y 62% de hombres (Sánchez,
Hernández y Bucio, 2021), es decir, solo el 13.5% de las mujeres profesionistas
son egresadas de carreras STEM (Chávez, García y Ruiz, 2022, p. 6); sino que la
desigualdad también se refleja en la participación de las mujeres en la
economía, en tanto solo 4 mujeres de cada 10 hombres participa formalmente de
esta, esto el 43.6%; viéndose reflejada en una brecha salarial de entre el 18%,
para áreas STEM y el 22% para otras áreas (2022, p.6).
A
su vez, el acceso de las mujeres a la investigación y a los puestos de toma de
decisiones es todavía muy limitado. En relación con la investigación las
mediciones realizadas hasta 2018 sobre investigadores en el mundo y aplicadas
en 107 países, muestran que solo el 33.3% son mujeres (UNESCO; 2021). En un
estudio de 2022 acerca de la presencia de las mujeres en el Sistema Nacional de
Investigadores e Investigadoras (SNII) en México, se muestra un incremento
287.4% de las mujeres de 2002 a 2018 (Contreras Gómez, Gil Antón y Altonar
Gómez, 2022); no obstante, para ese último año solo el 40.7% eran mujeres; y en
lo relacionado con los niveles del SNII, del 100% en el nivel Candidato(a), el 42%
son mujeres; en el Nivel I representan el 37.7%; en el Nivel II el 29.9% y en
el Nivel 3 solo el 21.2% (INMUJERES,
2018, p.1). Asimismo, la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) señala que para el
2025, sus miembros estaban representados en ciencias exactas por 1161 hombres,
frente a 223 mujeres; en ciencias naturales 708 hombres y 367 mujeres; en
ciencias sociales por 230 hombres y 112 mujeres, y, en humanidades por 148
hombres y 141 mujeres, siendo esta última la que presenta una menor disparidad.
En resumen, de 3100 miembros de la AMC, 72.48% (2247) son hombres y solo el 27.5%
(853) son mujeres (AMC, 2025).
La
poca representación de las mujeres en las academias o en la investigación como
profesoras, como investigadoras o como directivas nos sitúa lejos de una
plataforma epistemológica amplia y objetiva, con tintes de universalidad, y de
unas prácticas científicas de calidad al implicar como parte de su estructura
ideológica y material la injustica de no poner las condiciones suficientes para
que diversos sujetas, sujetos y subjetividades, como las mujeres accedan no
solo al conocimiento sino a los recursos, espacios y prácticas para generarlo.
Pérez Sedeño (2009) señala que
[e]n
un reciente estudio sobre la discriminación por razones de género efectuado en
el Instituto de Tecnología de Massachussets, 30 de las mujeres pertenecientes
al claustro facultativo se preguntaban por qué habían tardado tanto tiempo en
darse cuenta de las desigualdades existentes en esa institución. La respuesta
era que la discriminación no se manifestaba como ellas pensaban que debía
hacerlo. Eso significa que resulta difícil apreciar a primera vista la
discriminación, porque consiste en «actitudes y supuestos poderosos, aunque no
reconocidos, que operan sistemáticamente en contra de las mujeres» y porque a
veces parece que son, simplemente, circunstancias especiales. Aunque no está de
moda la discriminación y es legalmente punible en la mayoría de los países
occidentales, hay múltiples formas de discriminación sutiles y encubiertas que,
cuando se producen de manera continuada, pueden tener gran impacto en las vidas
de las mujeres. Formas de discriminación que incluyen el sexismo benevolente,
la negación sistemática de que exista dicha discriminación y el resentimiento y
enfado cuando se producen quejas por la existencia de discriminaciones y cuando
se efectúan acciones que se considera que favorecen especialmente a las mujeres
(p. 9).
2.2. Despatriarcalizar
a la ciencia.
No
es posible repensar una historia de la ciencia si no se realiza desde una
historia a contrapelo con perspectivas feministas, de género y decoloniales
entre otras. No es suficiente que aparezcan nombres de mujeres ilustres en la
historia de la ciencia, la filosofía y el arte, es necesario replantear las
preguntas que hacemos sobre los sujetos en las ciencias; por ejemplo, en el
caso de las mujeres pensar sobre su papel, su contribución y sus condiciones
materiales y sociales para la incorporación en las academias, universidades o
institutos de investigación.
Las
revisiones hechas a las historias tradicionales muestran una generalidad al
presentar solo a los personajes que trascendieron su época como las únicas
figuras relevantes; sin embargo, los paradigmas no llegan solos ni los grandes
científicos o filósofos, entre otros, brotan en el desierto del pensamiento. Más
allá de las figuras excepcionales, han existido una serie de personas que acompañaron
la formación y el desarrollo de dichas figuras. En el caso de las mujeres
algunas de ellas contaron con condiciones privilegiadas para ser incluidas en
las tertulias y grupos selectos de intelectuales de la época, pero la mayoría
no contó con un respaldo mayor ni si quiera para entrar y compartir el espacio
de las instituciones del conocimiento ya sea porque figuraron como ayudantes,
como en el caso de Marie-Anne Pierrette Paulze Lavoisier quien era la encargada
del trabajo de laboratorio, del diseño de técnicas experimentales y de la puntillosa
recolección de datos para posteriormente ser discutidos (Katz, 2011); por ser
consideradas amateurs, como Margaret Cavendish y sus textos sobre filosofía
natural (Pérez Sedeño, 2009; p.7; Rose, 2007, p.115 ) o por quedar relegadas al
plano de la divulgación de la ciencia y del conocimiento como Elizabeth de
Bohemia o Jane Marcet (Pérez Sedeño, 2009).
La
presencia de mujeres en las instituciones científicas transforma a las mismas
instituciones desde sus infraestructuras hasta sus plataformas epistemológicas.
Blázquez Graf (2011) señala que la incorporación de las mujeres eleva las
condiciones para lograr la excelencia en la investigación y, podríamos decir, mejorar
la calidad de vida de las personas dedicadas a esta, debido a que se garantiza
una mayor variedad de la evaluación por pares, se transforman los mecanismos de
financiamiento y selección del personal para la investigación, así como los
criterios de edad, el ingreso o terminación de programas de formación académica,
se amplía la variedad de objetos, tema y problemas de estudio; así como se reforman
las normativas y los recintos laborales en general (Blázquez Graf, 2011; Puy Rodríguez y Pascual Pérez, 2016).
Es
necesario señalar que la despatriarcalización de la ciencia, del arte y de la
filosofía, no se resuelve solo con la presencia de mujeres en las academias a
través de la docencia, la investigación y la dirección de los espacios; sino
también en la forma en que hacemos sus historias, cuestionamos las prácticas
dentro de las instituciones y formamos, a partir de estas, a las y los nuevos
profesionistas e investigadores. Las tareas están puestas en la mesa de
discusión, y quizá haya todavía algunas que ni siquiera hayamos planteado. Por
el momento, quizá estamos apenas llegando al umbral de nuevos paradigmas, para
que en un futuro podamos plantear otras y distintas preguntas.
Por
lo pronto, en nuestras prácticas y, sobre todo, desde nuestras instituciones podemos
preguntar con clave feminista: ¿cómo afecta a las mujeres y su carrera
profesional su exclusión de las instituciones científicas? ¿Cómo afecta a las
instituciones científicas la exclusión de las mujeres, o la menor variedad de
sujetos epistémicos? ¿Cuál es la importancia de introducir un análisis desde las
perspectivas feministas y de género en la historia de la ciencia, el arte o la
filosofía? ¿Cuál han sido y continúan siendo las condiciones institucionales,
sociales y culturales que dificultan el acceso de las mujeres a la
investigación? ¿Cómo puede beneficiar el equilibrio de género y la presencia de
otros sujetos epistémicos en los comités que establecen las políticas
científicas? ¿Quiénes, además de las mujeres, continúan siendo excluidos de las
academias y las instituciones científicas, qué políticas debemos desarrollar
para evitarlo? ¿Qué criterios debemos tener en cuenta al hacer una historia de
la ciencia, del arte o de la filosofía sin repetir los sesgos de la historia
hegemónica? (Blázquez Graf, 2011; Blázquez Graf, 2012, Haraway, 1984).
Referencias
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[1] “El conocimiento sobre el control de la fertilidad fue suprimido con la persecución y ejecución de las parteras, ya que en esa época se usaban de manera común alrededor de 200 métodos anticonceptivos diferentes” (Blázquez Graf, 2011, p. 28).