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¿Qué se siente
ser una filósofa?: ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos y cómo vivimos? Reflexiones
sobre la academia en tres tiempos. |
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What does it feel like to be a woman philosopher: who
are we? Where are we and how do we live? Reflections on academia in three
parts.
Aurora
Georgina Bustos Arellano
aurora_georgina_bustos_arellano@hotmail.com
Universidad Nacional Autónoma de México,
México
ORCID: 0000-0003-1273-2332
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ARTÍCULO |
Recibido:
30|06|2025 • Aprobado: 01|10|2025 |
RESUMEN
Las mujeres, alumnas
y académicas, dedicadas al estudio de la Filosofía a nivel Universitario
experimentan daños y perjuicios importantes producto de la ignorancia
perniciosa y el desinterés intencional por parte de las autoridades
universitarias para generar y conocer los datos cuantitativos y cualitativos de
esta parte de la población. Esta investigación surgió a partir de la
presentación del proyecto audiovisual llamado: ¿Qué se siente ser filósofa? con testimonios de filósofas. No obstante, la
pregunta sobre la vida de las filósofas en México no podía ser abordada de
forma meramente testimonial. La segunda parte de esta investigación se centra,
desde la perspectiva del conocimiento estadístico y demográfico, en responder ¿cuántas
(filósofas) somos? ¿dónde estamos y cómo vivimos? El resultado fue, entonces, una serie de
(escuetas) respuestas y silencios por parte de 24 instituciones universitarias
públicas.
Palabras clave: filósofas, Filosofía
académica, conocimiento estadístico, testimonio, misoginia.
ABSTRACT
Women dedicated to the study of Philosophy
experience significant harm and damage due to the pernicious ignorance and
intentional disinterest by university authorities in generating and
understanding quantitative and qualitative data on this segment of the
population. This research arose from the presentation of the audiovisual
project entitled "What Does It Feel Like to Be a Female
Philosopher?" featuring testimonies from women in academic Philosophy.
However, the main question about the lives of female philosophers in Mexico
could not be addressed merely through testimonials. The second part of this
investigation focuses, from the perspective of statistical and demographic
knowledge, based on the question: How many (female) philosophers are there?
Where are we, and how do we live? The result was, then, a series of (brief)
responses and silences from 24 public university institutions.
Key
words: female philosophers,
academic philosophy, statistical knowledge, testimony, misogyny.
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Introducción
En
marzo del 2019 el movimiento #MeTooAcadémicosMexicanos exhibió cómo las
alumnas y académicas en el área de Filosofía, en nuestro país, enfrentan un
amplio espectro de violencias que ponen en riesgo su permanencia en los
espacios universitarios. Sin embargo, con este proyecto quiero señalar que la
violencia de género, justificada e ignorada por la sociedad y las instituciones
educativas, no es el único tipo de daño que experimentan de manera
sistemática.
Las
mujeres, alumnas y académicas, dedicadas al estudio de la Filosofía a nivel
Universitario experimentan daños y perjuicios importantes producto de la
ignorancia perniciosa y el desinterés intencional por parte de las autoridades
universitarias para generar y conocer los datos cuantitativos y cualitativos de
esta parte de la población. Esta forma de violencia epistémica afecta el
desarrollo académico y laboral de las estudiantes y docentes y, a su vez,
obstaculiza la erradicación de otras formas de opresión estructural que afectan
la vida y seguridad de las mujeres en los espacios universitarios.
Esta
investigación surgió a partir de la presentación del proyecto audiovisual
llamado: ¿Qué se siente ser filósofa? (Bustos, 2020) presentado el 8 de marzo del 2019 en el Instituto
de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, a
propósito de la conmemoración del día Internacional de la Mujer. En dicho
proyecto reuní 23 testimonios de filósofas que compartieron su visión,
objetivos y perspectiva del ejercicio filosófico desde la perspectiva
femenina. No obstante, la pregunta sobre
la vida de las filósofas en México no podía ser abordada de forma meramente
testimonial. La segunda parte de esta investigación se centra, desde la
perspectiva del conocimiento estadístico y demográfico, en responder ¿cuántas
(filósofas) somos? ¿dónde estamos y cómo vivimos? El resultado fue, entonces, una serie de
(escuetas) respuestas y silencios por parte de 24 instituciones universitarias
públicas.
Hacia
el final, ofrezco una propuesta en la cual podemos cuestionar las condiciones
en las cuales las mujeres mexicanas participan en la filosofía académica y que
nos permita señalar los problemas y obstáculos estructurales que se presentan
para la participación y reconocimiento de las filósofas en nuestro país. Al
mismo tiempo, comparto mis reflexiones, seis años después de la realización de
este proyecto, en torno a lo que se ha hecho y lo que todavía se puede hacer
para erradicar la desigualdad para las mujeres en la Filosofía mexicana.
2019: ¿Qué se siente ser una filósofa?
Este es un trabajo que está lleno de preguntas e
interrogantes. Y lo que quiero compartir son las motivaciones y condiciones
para hacer estas preguntas, así como los obstáculos o impedimentos para
despejar el camino hacia posibles respuestas y soluciones.
El proyecto audiovisual ¿Qué se siente ser
filósofa? surgió de la lectura de la escritora feminista Audre Lorde;
quien, por medio de la pregunta: “¿qué se siente ser mujer?” me exhortó a indagar por las condiciones en
que viven otras mujeres y las formas de opresión que nos atraviesan.
Lorde me exaltó increpar aquellas cuestiones que aparecen como distintas de mí,
con verdadera atención, interés y respeto, más allá del mero ejercicio
conceptual o trabajo académico.
La formulación lordeana, inevitablemente me
remitió al título del famoso artículo de Thomas Nagel: ¿Qué se siente ser un
murciélago? Y, al caer en cuenta de esta asociación, me cuestioné: ¿por
qué desde la Filosofía preferimos imaginar, teóricamente, sobre lo que se
siente ser otro y no la otra? ¿Por qué un murciélago y no mi compañera de
escuela, la filósofa, es más interesante?
Al hacerme, primero, la pregunta ¿qué se siente ser
filósofa? comencé a pensar en otras cuestiones como: ¿quién soy? ¿cuáles son
mis retos cómo filósofa México, y cuáles son mis objetivos en mi área? Dichas
interrogantes siguiendo el ejercicio de Lorde, no podía responderlas aislada e
individualmente. Por lo que, arrojé mis inquietudes en un mensaje masivo a
sesenta compañeras, maestras, docentes, investigadoras y egresadas del área de
Filosofía que hasta ese momento conocía.
Hasta el día 7 marzo del 2019, recibí 23 respuestas
en las cuales las palabras: reto,
dificultad, reconocimiento, valoración, sacrificio, lucha, privilegio,
responsabilidad, demostración, combate se repetían constantemente. A la cuestión principal,
sobre qué se siente ser filósofa estas fueron parte de las respuestas:
Atocha Aliseda: (…) ser estudiante
(mujer) de filosofía es ser parte de una doble minoría, en el área específica
(matemáticas y lógica) y en la región (Latinoamérica); tomar la decisión de
continuar el camino de la investigación y la docencia es un reto,
particularmente contra el reloj biológico (los prejuicios de la profesión
contra la maternidad) y las consecuencias de interiorizar los prejuicios y
estereotipos de la profesión: discutir a la manera de los hombres (…)
Azucena Palavicini: El ejercicio de la
filosofía como un acto autentico y liberador. El reto es hacer comunidad entre
los compañeros a pesar de las diferencias y tradiciones (…)
Elisa Santamarina: El reto de ejercer la filosofía es combatir
el discurso cultural en contra de las mujeres que se dedican a la vida
intelectual y que a veces, utiliza herramientas propias de la filosofía, para
validar y justificar ese discurso (…)
Elisangela Ramírez: El reto de ser una estudiante de filosofía es
la doble carga de sobresalir frente a tus compañeros y cómo mexicana, mi
objetivo es ser ejemplo para otras mujeres en lógica y en filosofía.
Erika Torres: El reconocimiento del
esfuerzo y valor de uno propio en esta área.
Julia Muñoz: (…) el
reto es crear una red de diálogo y cambiar a un modelo menos competitivo a la
vez de tener objetivos en los cuales trabajemos con la realidad y lo que pasa
contemporáneamente.
María Espinoza: La
filosofía es un ejercicio de cuestionamiento liberador. El reto es combinar la
vida académica profesional con valorar la vida filosófica en México (…)
Diana Rojas: la
dificultad de identificarse con el modelo de filósofo tradicional (…)
Melisa Vivanco: La
filosofía nos proporciona herramientas, de estructura de pensamiento,
entendimiento y conocimiento, que nos permiten demostrar lo que una mujer en
México puede hacer (…)
Alejandra Dávalos: asumirse
como filósofa es considerado, por otros, como una forma de pedantería (…)
Lizeth Mora: La
filosofía es un ejercicio liberador, emancipador y creativo. Sin embargo, el
reto es que vivimos en una sociedad tradicional, donde salirse de las normas y
combatir el prejuicio es difícil.
Mónica Aguilar: apoyar a
las nuevas generaciones de mujeres filósofas; reconocer nuestras experiencias
comunes para poder identificarnos y ayudarnos entre nosotras (…)
Guadalupe Chávez: No obstaculizar el
trayecto de las demás, no caer en la apatía de la docencia (…)
Tatiana Salazar: Dejar de
ser minoría, incentivando la participación de las mujeres (…)
Itzel Mayans: exigir
condiciones de igualdad. Poder combinarlo con otros aspectos de la vida, como
la maternidad (…)
Eloísa Nieto: es un proyecto de vida
(…)
Aliosha Barranco: Enfrentar
el hecho de ser menos escuchada que nuestros compañeros hombres (…)
Maria José Urteaga: Es un privilegio y a
la vez es una responsabilidad frente a los demás (…)
Lorena Gallegos: Es un lujo social y un
sacrificio personal (…)
Mayra Flores: Luchar
contra la constante exclusión (…)
Montserrat Morones: Siendo maestra, (es la
responsabilidad de) fomentar la diversidad de voces
El
vídeo se proyectó el 8 de marzo del 2019, en la sala Gaos del Instituto de
Investigaciones Filosóficas de la UNAM junto con la elaboración de un
conversatorio donde reunimos profesoras, investigadoras, estudiantes de
licenciatura y posgrado de distintas generaciones y programas de la Facultad de
Filosofía y Letras, del Posgrado de Filosofía y Filosofía de la Ciencia; así
como a parte de la comunidad del Instituto.
Sin embargo, la pregunta inicial ¿qué se siente
ser filósofa? seguía en el aire y tenía que ser explorada desde otras
perspectivas metodológicas. Particularmente, estaba interesada en ir más allá
de las limitaciones de la centralidad académica de nuestro país; así como de
informar, desde otro enfoque, mis intuiciones sobre la experiencia del
ejercicio filosófico más allá de las experiencias individuales, sino también
desde lo estadístico y lo demográfico.
De esta manera, la
investigación siguió a través de las preguntas: ¿cuántas somos? ¿dónde
estamos y cómo vivimos? No obstante, antes de comenzar la pesquisa de estas
cuestiones, sucedió algo durante la última semana del mes de marzo del 2019:
el movimiento #MeTooAcademicosMexicanos.
A través de la
plataforma digital Twitter, ahora llamada X, se creó una cuenta por la cual
miles de usuarias compartieron sus experiencias de hostigamiento, violencia y
acoso en diversos ambientes públicos: espacios laborales, culturales,
educativos. El #MeToo mexicano tuvo como objetivo exhibir con nombres y
apellidos a los acosadores y abusadores sexuales. La mayoría de las
denunciantes decidió contar sus experiencias sin revelar su identidad, ante un
ambiente de revictimización y la desconfianza. No obstante, varias pronunciaron
su #MeToo desde sus cuentas personales.
El 21 de marzo de
2019, Ana G. González, especialista en comunicación política y feminista,
publicó en su cuenta de Twitter que el escritor Herson Barona “ha golpeado,
manipulado, gaslighteado, embarazado y abandonado (en más de una ocasión) a más
de 10 mujeres”. Dos días después del tuit de Ana G. González, se creó la cuenta
en @MeTooEscritoresMexicanos, y el hashtag #MeTooEscritoresMexicanos, para
visibilizar distintas manifestaciones de violencia sexual en el gremio
literario. El surgimiento de esta cuenta inspiró la creación de otras enfocadas
a difundir las denuncias de mujeres pertenecientes a sectores profesionales muy
variados: la música, el periodismo, el cine, el teatro, la danza, la academia,
etcétera (Gonzales Pino, 2023).
En relación con el
ejercicio filosófico en México, a través del movimiento #MeTooAcademicosMexicanos,
la comunidad en línea de estudiantes, en su mayoría mujeres, denunciaron y
ofrecieron testimonio del espectro de violencias que viven dentro de las aulas
y a costa del ejercicio intelectual o del derecho al acceso a la educación. Todas
replicaban el mismo mecanismo: la relación profesor-alumnx.
Del 21 de marzo al
4 de abril del 2019, me dispuse a leer cada una de las actualizaciones de la
cuenta @MeTooAcademicosMexicanos. Y al hacerlo, los testimonios de las
estudiantes me recordaban aquello que incluso mí generación pensaba que ya
había quedado superado: las mujeres todavía seguimos siendo penalizadas por
salir a estudiar filosofía. Con el paso
de los días y las semanas observé como la naturaleza y el alcance de las
denuncias se iba ramificando. Los actores de estas violencias no eran “unos
cuantos académicos mexicanos”; sino escuelas, colegios, facultades y
universidades completas que participaban como escenario de los abusos. La
violencia no era algo privado, sino que se ejercía en el salón de clase, en el
cubículo del profesor, en el estacionamiento de la Facultad, utilizando el
correo electrónico institucional.
Con asombro,
comencé a notar una tendencia ahí también: “El profesor de ética”; “En mi clase
de lógica…”; “en el colegio de Filosofía”; “en mi clase de filosofía política”;
“…epistemología”; “estética…”. Hasta el día 28 de marzo encontré 23 nombres de
profesores de filosofía, pertenecientes a once universidades distintas que en
conjunto sumaban 37 acusaciones. Los señalamientos incluían: acoso y abuso
sexual; acoso digital; violencia psicológica, corrupción, chantaje, homofobia,
violencia verbal y en algunos casos ataques hacia alumnas menores de edad.
A partir de ese
momento, concluí con más vehemencia que para responder la pregunta sobre ¿dónde
estamos y cómo vivimos? No sólo se requería de los valiosos y valientes
testimonios de las mujeres en la academia, sino también las cifras y la
evidencia estadística que reflejará las consecuencias de estos mecanismos de
violencia y desigualdad.
2019: ¿Dónde estamos y cómo vivimos?[1]
La
filósofa estadounidense Sally Haslanger afirma que existe la dificultad de
determinar el porcentaje de mujeres filosofas en centro académicos, porque no
hay disposición ni esfuerzos institucionales para obtener esa información y
transformarla en datos (Haslanger,2008).
Al
momento de realizar la investigación, durante el verano del 2019, me encontré
con la misma indisposición institucional que Haslanger señalaba 11 años
atrás. Porque al preguntarme: ¿cuántas
alumnas, a nivel licenciatura, estudian filosofía en las Universidades de
nuestro país? y ¿cuántas filósofas se desempeñan como profesoras o
investigadoras en dichos centros educativos? no encontré respuestas, ni
datos.
En
México, existe una falta importante de datos estadísticos y demográficos sobre
las condiciones de las mujeres estudian y se entregan al ejercicio filosófico
académico.
Al
indagar en las páginas de las instituciones y asociaciones civiles, como el
Observatorio Filosófico Mexicano o la Asociación Filosófica Mexicana sobre las
estadísticas en torno a las características del alumnado (en diferentes niveles
de enseñanza superior y posgrado) en el país; o sobre las condiciones del
profesorado en las Universidades Públicas en México, no encontré nada. Si bien, esto resultó desalentador; la
contrariedad se transformó en una motivación filosófica.
Por
lo que, me dedique a preguntar, enviando veinticuatro solicitudes de
información a 24[2]
universidades públicas mexicanas que impartían la licenciatura en Filosofía. La
vía para hacerlo fue a través del recurso de información oficial del Portal
Nacional de Trasparencia (PNT) del Gobierno de la República. Asimismo, envié
mensajes de correo electrónico, desde mi cuenta personal, a las coordinaciones,
direcciones u oficinas encargadas de cada una de dichas licenciaturas. En ambos
casos solicitaba la siguiente información basada en las siguientes preguntas:
·
¿Cuántas
mujeres estudian actualmente la licenciatura en filosofía y cuál es la
proporción de dicho alumnado con respecto a los hombres?
·
¿Cuántas
mujeres están adscritas como profesoras en la licenciatura en filosofía y su
grado académico? ¿Cuál es la proporción de éstas con respecto a los datos de
profesores y su grado académico?
Veintiún
de las veinticuatro solicitudes de información fueron respondidas a través del
recurso institucional del PNT. En la
mayoría de los casos, las respuestas fueron expedidas y firmadas por las
oficinas de Secretaría Académica de las Facultades o Escuelas de Filosofía y en
algunos casos avaladas por los por coordinadores y directores de dichos
departamentos En otros, fueron las Unidades de Transparencia las que
directamente proporcionaron la información relativa a algunas de mis preguntas
(Tabla 1).
Sobre
la primera cuestión, sólo dieciséis universidades accedieron a proporcionar
datos relativos a la relación de género entre la población de alumnos de
licenciatura en sus instituciones. Mientras que ocho universidades se negaron a
responder a esta pregunta, proporcionaron información confusa o contradictoria
o no respondieron a la solicitud de información (Tabla 2). Respecto a la
pregunta número dos, dieciocho universidades proporcionaron alguna información
sobre la proporción de género entre el profesorado a nivel licenciatura en
filosofía (Tabla 3). Sin embargo, sólo tres universidades respondieron a las
dos cuestiones relativas tanto al grado académico como al tipo de contratación
de su profesorado[3].
Solicitar
este tipo de información a las instituciones educativas públicas, no incurre en
ninguna falta de seguridad o de protección a los datos personales. Ya que, de
acuerdo con la Ley de Acceso a la Información en los artículos 110 y 113,
vigente en la actualidad, no estaba solicitando información que no fuese de
antemano obligadamente pública por las instituciones consultadas y no caía en
ningún tipo de exposición de datos confidencial o reservada. Aun así, sólo
siete de los 24 mensajes de correo electrónicos dirigidos a las coordinaciones
y direcciones de las universidades, fueron respondidos y de éstos sólo tres
proporcionaron la información relativa a las tres preguntas de esta
investigación. Con la información que se me proporcionó pude extraer los
siguientes datos.
Hasta
el mes de agosto del 2019, existía una población total de 3184 alumnos
inscritos en alguno de los programas de Filosofía de las Universidades públicas
del país, de los cuales sólo 1275 identificadas como mujeres; es decir el 40
por ciento aproximadamente (Tabla 4). Las tres universidades con mayor grado de
desigualdad entre la población masculina y femenina contaban con apenas un 30
por ciento de representación. Sólo una de las universidades consultadas, la
Universidad Autónoma de Guerrero, informó contar con una población perfectamente
equitativa, con 40 alumnas y 40 alumnos en su matrícula. Y ninguna escuela o
facultad de filosofía reporto contar con una población mayoritaria femenina
(Tabla 5). Respecto a la pregunta ¿cuántas mujeres están adscritas como
profesoras en la licenciatura en filosofía y su grado académico? pude extraer
los siguiente: 458 académicos representan el total de profesores adscritos a
algún programa de Filosofía, a nivel licenciatura. De este total sólo el 34%
son mujeres, es decir: 154 docentes, en
todo el país (Tabla 6).
En las tres universidades donde se presentó
mayor disparidad de género dentro del profesorado hasta agosto del 2019,
fueron: la Universidad Autónoma de
Sinaloa (donde también se presenta la mayor disparidad de género entre el
alumnado), la Universidad Autónoma de Querétaro y la Universidad Autónoma de
Chiapas. En éstas el porcentaje de representación femenina oscila entre el 7% y
el 17/% por ciento. Es de notar, que la suma total de profesoras -entre estas
tres universidades- es incluso menor (5) que la cantidad de profesores
(hombres) contratados por la Universidad Autónoma de Chiapas (6), quien, entre
todas las Universidades participantes en esta investigación, es una de las que
contaba con la matrícula de profesores más pequeña. Sólo una escuela de Filosofía, de reciente
creación, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí presentaba una mayor
representación femenina dentro de su profesorado: 3 profesoras y 2 profesores
(Tabla 7).
Únicamente
cuatro[4] de
las 24 universidades consultadas accedieron datos sobre los grados académicos
de las profesoras contratadas en sus programas (Tabla 8), e igualmente cuatro[5]
universidades proporcionaron información sobre el tipo de contratación de éstas
(Tabla 8) . Pero sólo una institución, la Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla, facilitó información que permitiera comparar la situación laboral de
sus académicas con la de sus académicos (Tabla 9). Y el caso resulta
paradigmático, puesto que encontramos un alto grado de subcontratación para las
académicas. Es decir, que existen mayor grado académico entre las profesoras
que consiguen puestos de tiempo completo y de asignatura, en las universidades
(todas con grado de doctor o candidatura); mientras que entre el personal
masculino en los mismos puestos se encuentran tanto doctores, e incluso
profesores con nivel de licenciatura.
Cabe preguntarse, si las condiciones del Colegio de Filosofía de la BUAP
se replican en otras universidades y ante la falta de respuestas en este rubro
en particular, qué consecuencias tiene esta falta de estadísticas y datos al
interior de las universidades.
Esta
fue la disposición para generar información, por parte de los y las encargados
de los departamentos universitarios, y conocer las condiciones en las que se
hace Filosofía en la academia mexicana. Y si bien, obtuve información tanto de
las respuestas positivas como de las negativas; lo que resalta de este
ejercicio es la importancia de recolectar datos. Recordándonos,
independientemente de nuestras afinidades intelectuales, una gran verdad:
aquellos problemas que no son señalados y cuantificados no pueden ser
estudiados y solucionados. Porque la
evidencia proporcionada por esta muestra estadística se convirtió en un
estímulo para indagar sobre las condiciones sociales e institucionales en las
que laboramos, generando así la cuestión sobre ¿cómo vivimos?
Lo
que no se cuenta, no existe. De ahí, la importancia de recolectar información
estadística y geográfica sobre las condiciones de estudio y trabajo de las
mujeres en la filosofía, aquello que no se señala y contabiliza, no puede ser
estudiado. Y si no existe un problema; éste no puede ser solucionado. ¿Podemos relacionar las condiciones de
opresión, desigualdad y violencia manifestada por las filósofas y mujeres
profesionales en la filosofía con la falta de representación, tanto de
estudiantes en licenciatura como de profesoras en las academias de Filosofía en
México? ¿Viven violencias las filósofas en México?
Si
las escuelas son un espejo de la sociedad en que vivimos, ¿cómo cambiamos esa
imagen en la que nos miramos todos los días? Sobre todo, cómo cambiar el espejo
en el que nos miramos cuando éste se encuentra empañado de misoginia. Sobre
esto, Linda Alcoff, filósofa estadounidense, señala que los retos demográficos
de la filosofía no pueden colocarse sobre las limitaciones estructurales que
viven los grupos minoritarios en la academia (Alcoff, 2013).
Asimismo,
otra filósofa estadounidense, Louise M. Antony, al hacer un ejercicio de
reflexión similar al que yo comencé a hacer desde mi contexto en México;
identificó tres elementos estructurales por los cuales la presencia de las
mujeres en la Filosofía sigue siendo marginal, a saber: convergencia,
intensificación e interacción (Antony, 2012). La conjunción de este
triángulo crea una tormenta perfecta cargada de estereotipos y esquemas
de género. A continuación, expongo brevemente cómo se forma dicha tempestad.
En
primer lugar, cuando se generaliza la desigualdad de género entre hombres y
mujeres en la academia filosófica, Antony señala que es a causa de la convergencia
de dos fenómenos culturales: la amenaza del estereotipo y los esquemas
de género. El primero consiste en el conjunto de creencias asociadas al
desempeño intelectual de ciertos grupos sociales (en este caso de las mujeres).
Dichas creencias sesgan negativamente el desempeño de los miembros del grupo, a
la vez que los individuos estereotipados asumen dichos aspectos negativos,
reprimiendo y afectando psicológicamente su desempeño laboral y académico (e.g.
“No soy capaz de estudiar lógica, porque las mujeres no son naturalmente
destacadas en el pensamiento formal”). El impacto de la amenaza del estereotipo
es que “confirma” a la vista de los demás el prejuicio. Mientras que, los esquemas
de género son marcos de referencia construidos alrededor de las
expectativas sociales de los géneros que afectan las interacciones cotidianas
entre hombres y mujeres (e.g. “Las mujeres son más organizadas en las labores
administrativas, por lo tanto, es deseable asignarlas en puestos de trabajo
burocrático y no creativo”).
Posteriormente,
cuando interactúan formas de pensamiento sexistas y divisiones de género
culturalmente incuestionadas, se generan un ambiente laboral y académico de
descrédito, menosprecio e incomprensión hacia la participación femenina en el
ejercicio filosófico, tanto académico como profesional. Propiciando,
finalmente, la intensificación de formas de división de trabajo sexuada
y el reforzamiento de roles tradicionales dentro de las facultades y escuelas.
Donde las filósofas hacen más trabajo de servicio o burocrático, mientras que
los hombres investigan y enseñan más.
Los testimonios del proyecto
audiovisual “¿Qué se siente ser una filósofa?” señalan algunas formas en
que se manifiestan las consecuencias de enfrentar las condiciones de trabajar
bajo el peor escenario posible:
los prejuicios de la profesión
contra la maternidad y las consecuencias de interiorizar los prejuicios y
estereotipos de la profesión; la doble carga de sobresalir frente a tus
compañeros (…) El reto es hacer comunidad entre los compañeros a pesar de las
diferencias y tradiciones (…) el reto es crear una red de diálogo y cambiar a
un modelo menos competitivo (…) el reto es que vivimos en una sociedad
tradicional, donde salirse de las normas y combatir el prejuicio es difícil…
El modelo de la tormenta perfecta consiste cuando las
mujeres en filosofía desarrollan herramientas para enfrentan las condiciones de
peor escenario en la academia, muchas veces, cayendo entonces en un llamado
“punto muerto”: o “aprenden” a respetar
las normas del “juego filosófico”, arriesgándose a ser percibidas como rudas,
masculinizadas o dominantes; o desafiar las normas, incluyendo los roles y
esquemas de género, socialmente incuestionados y por ello ser descalificadas
intelectualmente. Mala si sí; mala si no.
Sobre la amenaza de caer en este punto muerto, Haslanger
(2015) reclama -con razón- que es momento que más colegas masculinos, blancos y
miembrxs de la académica de clase media y alta, cuestionen su privilegio dentro
de la Filosofía y asuman la carga y los beneficios de los retos a los que sus
pares filosóficos, femeninos y racializados, se enfrentan todos los días. De
tal manera que son “las manzanas podridas con poder” (Haslanger, 2015) las
encargadas de erradicar las condiciones estructurales de desigualdad en las que
las académicas y estudiantes de filosofía quedan atrapadas.
Por otra parte, Kate Manne -filósofa australiana- afirma que
la misoginia es un fenómeno cuyo objetivo no es el odio irracional e
injustificado hacia las mujeres como un grupo social; sino como una
deshumanización de las mujeres y de lo femenino al servicio de la prevalencia
de un sistema de dominación patriarcal (2018). La misoginia fiscaliza las
decisiones de las mujeres, adolescentes, niñas -e incluso jóvenes y niños-
cuando éstas: 1) “incumplen” con las normas o roles de género, culturalmente
esperadas de ellas; y cuando, “traspasan” o “exceden” los espacios social y
sexuadamente asignados para ellas. Dicho
control se dirige hacia mujeres que traspasan el terreno “históricamente”
incuestionado de los hombres en puestos de poder o de reconocimiento social o
intelectual; como, por ejemplo: la academia o los espacios educativos
universitarios. Así, el patriarcado vigila la subordinación de las mujeres, a
la vez que justifica el dominio masculino, apoyándose en otros sistemas de
opresión como el racismo, el clasismo, el etarismo, el colorismo, la homofobia
o la transfobia.
Si
una mujer rompe las jerarquías sociales, al competir o para alcanzar una
posición de alto nivel, éstas son percibidas como arrogantes o agresivas y
penalizadas. Y aquellas que intentan, o que ya han logrado, ocupar estos
espacios son tachadas como “imitadoras” o “usurpadoras” de un lugar que no les
corresponde “naturalmente”. El mecanismo misógino aparece, atacando la
pertinencia, y la pertenencia de las mujeres en dicho campo, así como negando
su reconocimiento intelectual. La filosofía tiene un canon histórico resiliente
al mínimo cuestionamiento de las actitudes misóginas, expresadas en las obras
teóricas. Más aún, dichas afirmaciones continúan enseñándose de manera
incuestionada dentro de las aulas. ¿Cómo la filosofía puede hablar por toda la
humanidad, cuando en realidad las únicas voces que se escuchan, o que pueden
hablar con autoridad, son las de los hombres blancos de clase media y alta? De
tal manera que, poco a poco, van coincidiendo dos problemas – particulares en
la filosofía: “los guardianes de la filosofía” declaran a las mujeres como
incompetentes o poco aptas para el trabajo filosófico y dichas declaraciones se
ven reforzadas por las características teóricas de la profesión que “alienan” a
las mujeres de su propio ejercicio y las conduce a buscar otros campos de
desarrollo, o a desistir de éstos.
Elisa Santamarina : El reto de
ejercer la filosofía es combatir el discurso cultural en contra de las mujeres
que se dedican a la vida intelectual y que a veces, utiliza herramientas
propias de la filosofía, para validar y justificar ese discurso (…).
Pero,
otras formas de hacer filosofía son posibles.
El
conocimiento de los testimonios y experiencias de las mujeres dentro del
ejercicio filosófico, junto con la evidencia de los datos estadísticos, son
estímulo para investigar por preguntas que prueban las condiciones sociales e
instituciones en las que vivimos.
Asimismo, las historias individuales de hostilidad, rabia, decepción,
sacrificio y lucha, que nos comparten las participantes en este proyecto, nos
dan cuenta de que las filósofas, nosotras, no estamos solas. Las experiencias
no son aisladas y los datos son significativos cuando escuchamos a las personas
detrás de las cifras y cuando cuestionamos a las instituciones. Por ello, es
fundamental exponer las formas persistentes de exclusión tanto al exterior,
como al interior del ejercicio intelectual filosófico. Las dinámicas de poder y
autoridad, entre los profesores y alumnos, en distintos niveles de enseñanza de
la Filosofía, minan aún más el territorio para que las futuras alumnas recorran
su camino profesional.
A
partir del año 2020, en plena crisis sanitaria mundial por el SARS-Covid19,
muchos trabajos -apoyados en diversas metodologías y con diferentes enfoques y
preocupaciones- surgieron a raíz de las preocupaciones hasta este momento
señaladas. Ya en mayo de ese año, una versión inicial de esta investigación fue
divulgada bajo el formato de podcast: ¿QUÉ SE SIENTE SER UNA FILÓSOFA? El
modelo de la “Tormenta Perfecta” en la academia mexicana (Colectiva Primero
Sueño MX, 2020), se lanzó en las plataformas de YouTube y Spotify con la
producción y colaboración del Colectivo Primero Sueño MX, iniciativa formada
por estudiantes universitarias, en las carreras de Filosofía (FES-Acatlán) y de
Letras (UAM), con el propósito de divulgar el pensamiento y obra de las
filósofas a través de coloquios, dinámicas y estrategias públicas.
Posteriormente,
desde el espacio académico, me gustaría destacar dos investigaciones muy significativas
sobre las condiciones de las estudiantes de filosofía en diferentes
universidades públicas del país y los obstáculos estructurales que condicionan
su permanencia en los programas institucionales. Disparidad de género en la filosofía: El
caso del alumnado de la FES Acatlán-UNAM, realizado por las filósofas
Atocha Aliseda y Erika Torres desde la perspectiva de la organización civil
SWIP-Analytic México (Society of Women in Philosophy), con el cual examinaron –
a través de datos y estadísticas- las razones por las cuales, a pesar de que la
FES-Acatlán cuenta con un número sobresalientes de estudiantes femeninas en la
carrera de Filosofía; éstas no logran terminar los estudios de licenciatura,
incluso obteniendo notas más altas que sus pares masculinos (Aliseda y Torres,
2022). Asimismo, La filosofía y las mujeres una aproximación a las
injusticias epistémicas en la enseñanza de la filosofía en México de la
filósofa Jocelyn Martínez, recoge los testimonios y experiencias de violencia y
opresión, no sólo social y política, que las estudiantes de filosofía a nivel
licenciatura de la Universidad Autónoma de Nuevo León han experimentado en sus
interacciones dentro del aula, tanto con profesores como con compañeros; sino
también las injusticias epistémicas, particularmente como el descrédito a su
conocimiento o el silenciamiento a su participación epistémica en su formación
(Martínez, 2022).
Seis
años han pasado desde el comienzo de este proyecto y cinco, desde que volví a
revisar las estadísticas, los archivos y las tablas con los datos obtenidos.
Una vez que los revisé, me volví a preguntar: ¿Qué hemos hecho? ¿Qué ha
cambiado y qué falta aún por hacer? En
virtud del tiempo transcurrido, decidí entrevistar a tres compañeras -filósofas
mexicanas- que actualmente se preocupan por la representación de las mujeres en
la academia filosófica y cuyos esfuerzos se materializan desde distintas
instancias. En un diálogo semi estructurado, Teresa Rodríguez (Instituto de
Investigaciones Filosóficas, UNAM), Cristina Flores (Red Mexicana de Mujeres
Filósofas, ReMMuF) y Heidi Rivas (Asociación Mexicana de Licenciaturas en
Filosofía, AMELIF), respondieron a tres inquietudes a propósito de esta
investigación: ¿Qué respuestas pueden dar ante la cuestión de la
representación de las estudiantes y de las profesoras de filosofía en las
Universidades Públicas del país? y si ¿consideran importante para los
proyectos que actualmente, cada una de ellas representa o participa, la
recolección de información y datos estadísticos? Sus respuestas y reflexiones apuntaron, en
conjunto, al reconocimiento de un problema importante en la representación,
documentación y elaboración de información estadística en torno al papel y lugar
que tiene la labor filosófica realizada por las mujeres.
En
el caso del proyecto de Teresa Rodríguez, actualmente está liderando un
proyecto de documentación sobre el trabajo de las filósofas desde la categoría
de “práctica filosófica”, la cual abarca un espectro más amplio de impacto
documental e histórico que la mera idea del espacio académico tradicional. En
dicho proyecto, Rodríguez intenta llenar los huecos o vacíos historiográficos
que omiten el trabajo de las mujeres en nuestra disciplina. Pero, al mismo
tiempo, se propone ir en contra del sesgo -propio de la Historia de la
Filosofía actual- por el cual se sostiene que “no hay filósofas” en
determinados periodos de la historia intelectual de nuestro país,
particularmente en todo el siglo XX y lo que del siglo XXI (Inclusión De Las
Filósofas En La Historia De La Filosofía, 2025). Esta documentación, no sólo
aporta información historiográfica importante, sino también permite construir
conocimiento estadístico que, a su vez, puede ser analizado para comprender
mejor cómo viven las filósofas actualmente.
En
este sentido, Cristina Flores -filósofa activa de la Red Mexicana de Mujeres
Filósofas en México (ReMMuF) desde el año 2021- señala que el propósito de la
ReMMuF es hacer visible el trabajo intelectual de las mujeres que hacen
Filosofía dentro del país, como de las mexicanas que hacen filosofía en el
extranjero. Y como parte de estos esfuerzos, uno de los nodos que constituyen
dicha Red está encargado de la captura, organización y análisis de datos provenientes
del registro de miles mujeres que se auto reportan como filósofas. En
tal búsqueda se ha logrado establecer criterios que permiten distinguir el
trabajo de las filósofas mexicanas no sólo por área de trabajo, sino también
por área de interés, identidad, entidad laboral e incluso fecha de nacimiento.
Flores aseveró que los fines estadísticos de este proyecto potenciarán la
elaboración de mapas y censos que serán instrumentos epistémicos importantes
para otras rutas de investigación sobre las condiciones de la representación en
nuestra disciplina.
Finalmente,
Heidi Rivas Lara – académica de la Universidad Autónoma de Chihuahua- es
actualmente, la presidenta de la Asociación Mexicana de Licenciaturas en
Filosofía (AMELIF), la cual tiene como objetivo convocar a las coordinaciones
de las instituciones -públicas y privadas- que ofertan la licenciatura en
Filosofía en todo el país. Ésta comenzó en el 2016 y se constituye hasta el
2017, durante los encuentros de la Asociación Filosófica Mexicana. Como menciona
Rivas Lara, AMELIF está compuesta por aproximadamente 30 instituciones que se
reúnen periódicamente para presentar y discutir las problemáticas dentro de las
carreras de Filosofía. Una de éstas, surgida en años recientes, es la cuestión
del género desde dos perspectivas: una, como interés tanto por la AMELIF como
por parte de Secretaría de Educación Pública de identificar prácticas de
exclusión en los sistemas educativos (incluyendo las licenciaturas); y dos,
como promoción de la revisión del canon filosófico utilizado en los diferentes
planes de estudio, esto con el objetivo de promover la lectura de las obras
creadas por filósofas.
Por
cuestiones de tiempo y del propósito de este texto, no puedo reproducir todas
las reflexiones de Rodríguez, Flores y Rivas Lara; sin embargo, al escucharlas
hablar desde sus trincheras, entendí que sus esfuerzos están conectados.
Historia, datos e institucionalidad pueden ir de la mano para crear un ambiente
de conciencia sobre las condiciones en las que vivimos y desde que contextos
estamos trabajo. Las tres filósofas entrevistadas coincidieron que la
recolección de datos estadísticos no sólo genera información y conocimiento;
sino también, construir herramientas que permitan solucionar los problemas
poblacionales al interior de las licenciaturas y cambiar la cultura de
exclusión y sexismo dentro de las aulas.
El
poder radical de la Filosofía consiste en hacer -y hacernos- preguntas
difíciles e incomodas. En muchos casos, dichas cuestiones inspiran a las
mujeres y jóvenes de distintas etnicidades, identidades y clases sociales a
integrarse en esta vocación intelectual, y tras ello, transformar sus vidas.
Porque es, a través del ejercicio filosófico, que muchas de nosotras
encontramos no sólo un constante reto intelectual, sino también una forma de
liberación. Lo cual, para una parte dominante de la sociedad, es también
radical. Algunos dirían “demasiado radical”, incluso peligroso.
Y
por ello, en pleno siglo XXI, asumirse como filósofa sigue siendo uno de
los actos más profundos y auto liberadores que uno puede realizar. Gracias a
ello, aprendemos sobre la importancia de tomarse en serio a una misma. Desde hace seis años, lo aprendí y sigo
aprendiendo, gracias al proyecto audiovisual ¿Qué se siente ser filósofa?
la posterior indagación estadística sobre ¿Cuántas somos y dónde estamos?
pero también en los cinco años posteriores a la realización de aquellos
trabajos. Porque he tenido la
oportunidad de dialogar y trabajar con mujeres genuinas y comprometidas con
escribir y contar la historia de la Filosofía de otra manera. Las filósofas, y
particularmente las filósofas mexicanas, han estado presentes en todos los
periodos, escuelas y discusiones. Ya no
es aceptable perpetuar la falacia histórica, por la cual docentes,
coordinaciones e instituciones se rehúsan a cuestionar desde su canon, hasta
sus políticas de contratación, pasando por sus syllabus. No es verdad que las
“filósofas son difíciles de localizar”, o “no se tiene suficientes documentos
impresos sobre su trabajo y trayectoria. Mentiras.
Quienes
se hacen llamar a sí mismos “filósofos” deben comprometerse de manera
respetuosa y atenta con los intercambios intelectuales de las filósofas y las
mujeres que se están formando académicamente. Pero, para ello, es preciso
cuestionar, comprometida y seriamente, las concepciones sexistas del canon
presente tanto en los libros de texto como en las aulas o desde los cursos
básicos. Así como desafiar las dinámicas de poder, al interior del salón de
clases, seminarios y comités de contratación y evaluación, donde no existen
condiciones de solidaridad y empatía entre los alumnxs/ pares/ profesores y
directivos
Esto
es lo que aprendí, al cuestionarme: ¿Qué se siente ser filósofa?
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¿Qué se siente ser filósofa? http://www.filosoficas.unam.mx/sitio/que-se-siente-ser-una-filosofa
“Estadística de Género, Qué se siente ser
una filósofa? https://drive.google.com/open?id=1YQKT4ppnQCrT5dfkN2y1yif_A2SQI7jseTWwGjHziaI
“Acceso a la Información, Qué se siente
ser una filósofa? https://drive.google.com/open?id=12tgXaWfpfWD3p6Ds1kCIvVzKMZpFiInXi2ef8f-OC_c
Tabla 1.
Solicitudes de información
a universidades públicas.

Tabla 2.
Solicitud
de información a universidades vía correo electrónico.

|
Tabla 3. Solicitudes de información sobre profesorado. |
|
Tabla 4.
Solicitudes
de información sobre alumnado.

Tabla 5.
Igualdad y desigualdad en
las universidades públicas del país, alumnado (2019)


Tabla 6.
Tabla 7.
Tabla 8.
Tabla 9.
Tabla 10.

[1]
Estas preguntas, para mí, también están cargadas de un elemento personal. En Monterrey, egresé el año del 2008 como
licenciada en Filosofía en donde intenté acercarme, en tanto mis recursos
materiales me lo permitían, a la forma en que se hace filosofía “en el
centro”. Mis esfuerzos se vieron
reflejados en una estancia ANUIES la Facultad de Filosofía Samuel Ramos de la
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y en diversas participaciones
estudiantiles en congresos nacionales de la Coordinación Nacional de
Estudiantes de Filosofía. Así, desde mis
años como estudiante, fui consciente de la parcialidad -y privilegio- mi
vivencia de la filosofía. Gracias a la
pregunta ¿cuántas somos? ¿dónde estamos y cómo vivimos? es que veo que los
márgenes no están tan alejados. Pero para empezar a reducir la brecha
necesitaba investigar y preguntar más y esto fue lo que encontré.
[2] Las
universidades consultadas, tanto vía correo electrónico como a través de las
solicitudes de información, fueron: Universidad de Guanajuato; Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla; Universidad Nacional Autónoma de México;
Universidad Veracruzana; Universidad Autónoma de Nuevo León; Universidad
Autónoma de Baja California; Universidad Autónoma de la Ciudad de México;
Universidad Autónoma de Querétaro; Universidad Autónoma del Estado de Morelos;
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa; Universidad de Guadalajara;
Universidad Autónoma de Aguascalientes; Universidad Autónoma de San Luis
Potosí; Universidad Autónoma de Tlaxcala; Universidad Autónoma de Chiapas;
Universidad de Colima; Universidad Autónoma de Nayarit; Universidad Autónoma de
Guerrero; Universidad Autónoma de Chihuahua; Universidad Autónoma de Zacatecas;
Universidad Autónoma del Estado de México; Universidad Autónoma de Baja
California Sur; Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y Universidad
Autónoma de Sinaloa.
[3] Dichas universidades fueron:
la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad Autónoma de San
Luis Potosí y la Universidad Autónoma de Chiapas. En todos los casos, la
información relativa a los grados académicos y tipo de adscripción del profesorado
fue proporcionado vía correo electrónico por los y las coordinadoras en
funciones durante el mes de agosto del 2019.
[4] La
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad Autónoma de San Luis
Potosí, la Universidad Autónoma de Chiapas y la Universidad Autónoma de la
Ciudad de México.
[5] La Benemérita Universidad Autónoma de
Puebla, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, la Universidad Autónoma de
Chiapas y la Universidad Autónoma de Nuevo León