Maternidad y academia.

Obstáculos y retos.

 

Motherhood and academia. Obstacles and challenges

Marta Rizo García

marta.rizo@uacm.edu.mx

Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México

ORCID: 0000-0003-3066-1419

 

         

 

ARTÍCULO

 

Recibido: 01|08|2025 • Aprobado: 01|10|2025

 

RESUMEN

No decimos nada nuevo al afirmar que existen obstáculos para la igualdad entre hombres y mujeres en las universidades mexicanas. Tampoco ponemos en duda la naturaleza androcéntrica de la idea de ciencia y conocimiento, aun presente. Si al hecho de ser mujeres y académicas agregamos una experiencia radical como la maternidad, sin duda obtenemos una vivencia llena de barreras y obstáculos, y también de contradicciones, frustraciones y culpas. Este texto presenta un acercamiento a la experiencia de la maternidad de académicas mexicanas, a partir de la aplicación de un cuestionario a mujeres profesionales de diferentes áreas de conocimiento que participan en la comunidad de la red sociodigital Facebook llamada “Mexicanas en las ciencias”. Más allá de obtener datos generales acerca de su actividad académica actual, interesa sobre todo conocer sus experiencias como madres, identificar las barreras vividas, los obstáculos enfrentados para conciliar vida personal y vida profesional, y los problemas relacionados con las desiguales oportunidades para hombres y mujeres, y para madres y no madres, que las científicas madres detectan y experimentan en sus trayectorias profesionales. Además de exponer algunos fundamentos teóricos relacionados con la maternidad como una construcción sociocultural y con el androcentrismo en el mundo académico, presentamos los resultados de este estudio empírico exploratorio y los interpretamos a partir de un posicionamiento epistémico feminista, con énfasis en la construcción de conocimiento históricamente situado.

Palabras clave: Maternidad, Academia, Androcentrismo, Género, Techo de Cristal

ABSTRACT

We are not saying anything new when we say that there are obstacles to equality between men and women in Mexican universities. Nor do we doubt the androcentric nature of the idea of science and knowledge, which is still present. If we add to the fact of being women and academics a radical experience such as motherhood, we undoubtedly obtain an experience full of barriers and obstacles, and of contradictions, frustrations and guilt. This text presents an approach to the experience of motherhood of Mexican academics, based on the application of a questionnaire to professional women from different areas of knowledge who participate in the community of the socio-digital network Facebook called "Mexicanas en las ciencias". Beyond obtaining general data about their current academic activity, it is mainly interesting to know their experiences as mothers, identify the barriers experienced, the obstacles faced to reconcile personal and professional life, and the problems related to the unequal opportunities for men and women, and for mothers and non-mothers, that mother scientists detect and experience in their professional careers. In addition to exposing some theoretical foundations related to motherhood as a sociocultural construction and androcentrism in the academic world, we present the results of this exploratory empirical study and interpret them from a feminist epistemic position, with emphasis on the construction of historically situated knowledge.

Key words: Motherhood, Academy, Androcentrism, Gender, Glass Ceiling.

 

 

 

Introducción

No decimos nada nuevo al afirmar que existen obstáculos para la igualdad entre hombres y mujeres en las universidades mexicanas. Tampoco ponemos en duda la naturaleza androcéntrica de la idea de ciencia y conocimiento, aun presente.  El androcentrismo es el punto de vista según el cual los varones son el centro y la medida del mundo; está relacionado, entonces, con el universalismo masculino. Y en la ciencia, se vincula con el denominado “Efecto Matilda”, que implica el desconocimiento de los aportes de las mujeres a la ciencia, en favor de la exaltación de lo realizado por los hombres.

Si al hecho de ser mujeres y académicas agregamos una experiencia radical como la maternidad, sin duda obtenemos una vivencia llena de barreras y obstáculos, y también de contradicciones, frustraciones y culpas. En estas páginas nos acercamos a la experiencia de la maternidad de académicas y científicas mexicanas, a partir de la aplicación de un cuestionario en la comunidad de la red sociodigital Facebook llamada “Mexicanas en las ciencias”, a partir de la cual se obtuvo información de 111 mujeres científicas, de diferentes áreas de conocimiento.

Más allá de obtener datos generales acerca de su formación y de su actividad profesional actual, interesa sobre todo conocer sus experiencias como madres, identificar las barreras vividas, los obstáculos enfrentados para conciliar vida personal y vida profesional, y los problemas relacionados con las desiguales oportunidades para hombres y mujeres, y para madres y no madres, que las científicas madres han experimentado a lo largo de sus trayectorias profesionales en instituciones mexicanas. Presentamos los resultados de este estudio exploratorio y los interpretamos a partir de un posicionamiento epistémico feminista, con énfasis en la construcción de conocimiento históricamente situado[1]. En términos muy generales, podemos definir la epistemología feminista como aquel posicionamiento que estudia la influencia del género en nuestra manera de entender el conocimiento y de construirlo.

Es importante mencionar que la maternidad enfrenta en las últimas décadas varios cambios significativos. Nos referimos, por ejemplo, al retraso en el momento de la concepción de los hijos, al menor número de hijos, y a que, en general, se acepta mucho más que la maternidad es voluntaria y no un mandato social. Lo anterior entra en contradicción, en cierto modo, con lo que se conoce como “maternidad intensiva”, que es el modelo hegemónico de la maternidad actual que otorga centralidad absoluta a la crianza y convierte a la madre en la principal responsable del bienestar de los hijos. Esta idea de maternidad implica un “retorno o vuelco a lo doméstico” (Imaz, 2007). ¿Estamos entonces retrocediendo en la idea de la maternidad como un proyecto elegido? ¿El modelo actual de maternidad se sustenta, aun sin que se diga explícitamente, en un mandato de género que deja en manos de la mujer todo lo relacionado con la crianza de las y los hijos? Posteriormente, regresamos a esta noción de maternidad intensiva. Aquí vale la pena adelantar que, según este paradigma, ser buena madre implica una buena dosis de renuncia y sacrificio, y existe un estigma de egoísmo ante la negación de asumir todas las responsabilidades que la maternidad impone.

La maternidad, “de ser una pregunta casi marginal en el análisis feminista, pasó a ser un tema que se apoderó de la conciencia colectiva de las mujeres pensantes” (Rich, 1976). Nos parece entonces importante recuperar esta idea, toda vez que el mundo académico históricamente ha sido un espacio de difícil acceso para las mujeres, y veremos cómo el hecho de ser mujeres y madres lo vuelve un terreno aún más complejo. Y complicado.

Pensar la maternidad desde las ciencias sociales hace necesario, quizás imprescindible, tomar en cuenta la noción de género como fundamental para el estudio de las desigualdades entre hombres y mujeres en una sociedad patriarcal como la mexicana. El género es un orden social que permite ubicar a las personas sobre la base de la diferencia sexual, y que, con base en esta, asigna lugares, jerarquiza, designa atribuciones y, en definitiva, caracteriza a hombres y mujeres e impone el cumplimiento de ciertos roles impuestos para cada género.

Este orden social de género, propio del sistema patriarcal, 

es construido discursivamente e implica un imaginario -representaciones, imágenes, estereotipos, figuras- que incluye tanto a los ideales que propone, como a los peligros que amenazan sus fundamentos, es decir, refleja los parámetros normativos de género del grupo cultural de donde emerge (Palomar, 2009, p. 57).

El androcentrismo en la ciencia, y en general, en el mundo del conocimiento, ha sido denunciado por muchas feministas, tales como Harding (1996), Haraway (1991) o Fox Keller (1991), entre otras. No se trata, entonces, de un tema nuevo. Lo mismo sucede con los estudios sobre la maternidad, que tienen una larga trayectoria en el campo de la investigación social. En este sentido, articular ambas perspectivas permite reflexionar sobre qué experiencias patriarcales y androcéntricas viven las mujeres que, además de académicas, son madres.

Las aportaciones de las autoras que mencionamos en el párrafo anterior permiten considerar que “la episteme recibida y las instituciones universitarias, en sí mismas, son androcéntricas. La ciencia que hemos aprendido y el contexto en el que lo hemos hecho es el resultado de siglos de supremacía masculina, también en el campo científico” (Díaz, 2020, p. 68). Ello hace que, en ocasiones, las mujeres traten de reproducir el mandato racional-masculino para poder hacerse de un lugar reconocido en el mundo científico.

 

Acerca de la maternidad como construcción sociocultural.

La problematización de la maternidad en las sociedades occidentales ha sido materia de discusión desde la ética y la epistemología feminista. En términos muy generales, desde el feminismo se pone en duda la presunta naturalidad de los deseos maternales, y se plantea situarlos en el campo de la cultura.

Simone de Beauvior (1949) fue una de las primeras filósofas que explícitamente puso en duda la naturalidad de los deseos maternales, y planteó ubicarlos, justamente, en el campo de lo sociocultural, dejando a un lado planteamientos de orden biológico. 

Como ya dijimos en la introducción, siguiendo a Rich (1976), la maternidad pasó de ser una pregunta marginal en los análisis feministas a ser un tema con gran presencia en la consciencia colectiva de las mujeres y en la agenda feminista. No hay un único modo de abordar las maternidades desde el feminismo; de hecho, existen desde críticas radicales a la maternidad como mandato patriarcal al que no hay que someterse, hasta, en el otro extremo, exaltaciones de la maternidad como espacio posibilitador de una cultura de paz y no violencia, pasando por visiones de algún modo más neutrales que refieren a la voluntad de la mujer para ejercer o no la maternidad y a la necesidad de repensar -y redistribuir- las tareas de cuidado y crianza impuestas a las mujeres.

Históricamente, la función maternal ha servido para justificar la exclusión de la vida pública, política y económica de las mujeres en el pasado. Por ello, es preciso comprender la maternidad como una categoría “que alberga realidades diversas de acuerdo con el periodo histórico, la cultura y la clase social en que nos situemos” (Moreno Hernández, 2000).

Ha habido muchas aportaciones desde las ciencias sociales para comprender las distintas aristas de la maternidad. Los modos de nombrar la acción de maternar van desde la idea del amor maternal que refiere Dolors Juliano (2004) hasta la propuesta de la maternidad invasiva de Sharon Hays (1996).

El modelo del amor maternal se caracteriza por el cuidado permanente y la postergación de los propios proyectos; se atienden las necesidades del otro como prioritarias, e implica una actividad altruista que, dice la autora, no tiene que ver con las conductas estereotipadas relacionadas con los instintos (Juliano, 2004). Coincidimos con la autora en la necesidad de separar las perspectivas biológica y sociocultural para el abordaje de la maternidad, y en este texto nos centramos exclusivamente en las segundas.

Con respecto a la noción de maternidad intensiva (Hays, 1996), esta da cuenta del papel social que desempeñan las mujeres en ese rol, y se caracteriza por lo siguiente: gran inversión de tiempo y de recursos económicos, por un lado, y desgaste emocional en las tareas del cuidado, por el otro. La maternidad intensiva, entonces, reposa sobre una centralidad total de las niñas y los niños en la crianza, anteponiendo sus intereses a los intereses del núcleo familiar, y, fundamentalmente, a los de la propia madre. En el aspecto emocional, este tipo de maternidad es absorbente, ya que exige una dedicación total y completa a la crianza de las infancias. Y económicamente, requiere de una serie de comodidades materiales que garanticen el bienestar físico y psicológico del infante (Hays, 1998). Esto genera lo que podemos denominar contradicciones culturales de la maternidad, “producto del choque entre las demandas de la crianza de dedicación exclusiva y los comportamientos que a las madres se les reclaman en los diferentes ámbitos sociales, en especial en el laboral” (González, 2017, p. 47).

La maternidad también se sitúa en el ámbito del imaginario. Existen ciertos modos de imaginar una “madre ideal”, y generalmente estos se asocian con mitos como la mujer “super woman”, la que puede con todo, la que cumple a cabalidad con distintos roles -personales, familiares, profesionales-. Afirma González que

la maternidad encarnada en el mito de la buena madre y la mujer super woman necesita que se reconozcan los múltiples roles femeninos en los que, si surge el deseo de convertirse en madre, las mujeres sean capaces de disfrutar de su elección aun asumiendo el riesgo de no cumplir el modelo de madre ideal (González, 2017, p. 49).

Sobre el aspecto de los imaginarios sociales en torno a la maternidad, vale la pena recuperar el siguiente pasaje:

La maternidad, por cuanto participa en uno de los imaginarios más complejos, es vivida como una práctica social sobrecargada de significados, y además, al vincularse con el registro del cuerpo, es decir, con la dimensión opaca de lo real, es una experiencia que presenta retos complejos para su simbolización, ya que en el espacio que se abre entre la vivencia de la maternidad y la palabra se instaura la vía para la penetración de los discursos de género, alienando así la posibilidad de una reflexividad en torno a ésta. En ese sentido, la maternidad es un proceso complejo y pleno de ambigüedades que determina y configura la subjetividad de las mujeres, sean madres o no, por lo que amerita profundos análisis localizados (Palomar, 2009, p. 57).

Además de esta dimensión imaginaria, la maternidad sin duda cumple una función material muy importante, pues “es un revelador del orden social de género” (Palomar, 2009, p. 55). Hablar de la maternidad exige siempre un conocimiento situado, es decir, reflexionar desde dónde hablamos, cuáles son las coordenadas espaciales y temporales de nuestras reflexiones. En este caso, hablamos desde México, desde un contexto en cierto modo privilegiado de relación entre maternidad y academia que, no obstante, presenta también obstáculos y frustraciones por no cumplir a cabalidad con todas las expectativas que se esperan de esta figura de madre y académica.

La relación que las mujeres, académicas o no, tienen con la maternidad es un proceso muy naturalizado que, en ocasiones, roza la mitificación. Según Ávila, existe una presión social muy fuerte en el derecho a no ejercer la maternidad, hasta el punto de que se llega a la estigmatización de las mujeres no madres (Ávila, 2005), a quienes se tilda de egoístas o de mujeres incompletas. Como ya dijimos, la maternidad es un mandato cultural de género, además de estar muy a menudo condicionada con varias dimensiones del “deber ser” (ser madre a cierta edad, bajo ciertas condiciones, en un contexto de pareja heteronormativo, etc.).

Las experiencias de maternidad son distintas para cada mujer-madre, pero siempre implica decisiones, prácticas y actitudes específicas. Y siempre, o en la gran mayoría de los casos, se trata de un mundo cargado de vivencias contradictorias, sean estas conscientes o no. Esto lo veremos, específicamente, en el caso de la experiencia de la maternidad de mujeres académicas en nuestro país.

 

Maternidad y mundo académico: barreras y contradicciones

Hace ya más de dos décadas, Sheridan (1998, citado en Palomar, 2009) señalaba que, aunque la cantidad de mujeres que han hecho carreras científicas en el mundo entero creció de manera muy clara durante las últimas dos décadas del siglo XX, se seguía registrando un desproporcionado bajo número de mujeres en las posiciones científicas de primer nivel, así como en los lugares de liderazgo dentro del campo científico. 

Tratar de entender cómo se construye y vive la maternidad en un contexto específico como el campo académico implica ver a la maternidad como una práctica social específica, situada. Pese a los datos estructurales que claramente confirman que la mujer (y más aún la mujer madre) no ha alcanzado la tan anhelada equidad en el campo científico, consideramos que no se puede poner entre paréntesis la subjetividad de las propias mujeres madres. Es decir, aunque los datos son relevadores por sí mismos, nos interesa acercarnos a la voz de las madres académicas, a sus experiencias, a sus vivencias como tales.

Hay que tomar en cuenta las particularidades de las personas que se asumen como académicas. Como dijera el sociólogo francés Pierre Bourdieu (2008), el homo academicus es un sujeto muy particular: es un sujeto narcisista que se concibe a sí mismo como libre e independiente de toda coerción social, lo cual deriva en una ilusión narcisista que los lleva a una exaltación del propio yo, a la maximización de sí, al individualismo. Estamos, entonces, ante un campo cuyos actores básicos se vinculan a partir de elementos como la competencia, la racionalidad y la supuesta autonomía.

Pertenecer al mundo académico significa “ser parte de un sistema de prestigio y poder que jerarquiza de manera particular el quehacer profesional de los sujetos que lo componen” (Palomar, 2009, p. 59). Las y los académicos buscan reconocimiento, renombre profesional, y como ya dijimos, en ocasiones las mujeres terminan por reproducir lógicas patriarcales en su labor profesional, en aras de lograr el reconocimiento anhelado.

Es claro que el mundo científico está marcado por el modelo masculino. De hecho, en el siglo XX el conocimiento científico se asoció exclusivamente con lo masculino. En este contexto “el elemento femenino es considerado como una fuerza que reblandece a los varones, los pervierte y amenaza su virilidad” (Palomar, 2009, p. 62). La misma autora asocia el mundo académico con la racionalidad que ya apuntamos anteriormente:

Es el “lugar natural” del sujeto de la modernidad: el sujeto racional, cartesiano, capaz de ser objetivo, del cálculo y la medida precisos, de la mesura y el control de los afectos que pueden “empañar” la mirada fría y serena de la razón (Palomar, 2009, p. 56).

Y en este contexto, dice Palomar, la maternidad aparece como una experiencia fundamentalmente subjetiva:

Esto responde a un principio simbólico integrado en el origen histórico de las instituciones dedicadas a la ciencia y a la actual escisión de los ámbitos de vida de los sujetos que habitan este espacio social, a partir del establecimiento de una frontera simbólica que deja, de un lado, el mundo profesional del quehacer científico (de la objetividad y la razón) como ámbito público, y del otro, el mundo de la “verdadera vida”, de la vida privada (de lo subjetivo y las emociones)” (Palomar, 2009, p. 56).

¿Dónde situar entonces las vivencias de la maternidad de mujeres que, antes, durante o después de su experiencia de ser madres, buscan reconocimiento científico, desarrollo profesional, crecimiento académico? Sin duda, maternar en el contexto académico y científico se convierte en una experiencia de tensiones y contradicciones permanentes. Y no puede ponerse en duda que existen obstáculos de género para el desarrollo de la carrera académica, y demandas conflictivas de la familia y la carrera (Acker, 1995).

Recuperar las subjetividades de lo que implica maternar en el contexto del mundo académico implica preguntarse, con Palomar, cuestiones como las siguientes:

¿Cómo es que las mujeres académicas construyen su subjetividad en este mundo? ¿qué papel tienen en este proceso de subjetivación el género y la experiencia de la maternidad? ¿qué huellas deja en la subjetividad y en la maternidad la práctica profesional en el ámbito académico? (Palomar, 2009, p. 57).

La academia es un espacio generizado, es decir, fuertemente marcado por diferencias de género. En este espacio hay techo y fronteras de cristal, es decir, oportunidades de desarrollo académico para las mujeres frenadas tanto por obstáculos estructurales, como por el reconocimiento simbólico y monetario del trabajo inferior en comparación al de los hombres, además de división sexual del trabajo, dificultades para la conciliación entre el trabajo y la familia y condiciones de precariedad laboral (Baeza y Lamadrid, 2019).

El concepto de techo de cristal surgió a mediados de la década de los 80 como una metáfora para describir barreras u obstáculos mayoritariamente invisibles que las mujeres deben enfrentar en el desarrollo de su carrera laboral. La doble carga laboral y familiar, los estereotipos en torno al rol de la mujer en la sociedad y la desconfianza de las mujeres en sus capacidades son algunas de las barreras a la que hace referencia este “techo”, que muchas veces pasa desapercibido para las propias mujeres que lo sufren. De acuerdo con ONU Mujeres, este término metafórico hace que las mujeres puedan ver las posiciones de élite, pero no puedan alcanzarlas, por lo que puede hablarse de barreras que dificultan u obstaculizan que las mujeres consigan y se aseguren los empleos más prestigiosos o mejor pagados del mercado laboral.

García (2017) señala que la metáfora del piso o suelo pegajoso se relaciona con una barrera cultural, que vincula a las mujeres mayoritariamente con “las tareas de cuidado tradicionales, obstaculizando así sus posibilidades de desarrollo (…) al requerirles que equilibren el trabajo dentro y fuera del ámbito doméstico” (García, 2017, p. 111). El cuidado ha sido históricamente una labor atribuida a las mujeres, hasta el punto de ser uno de los roles mayormente asumidos por estas.

Baeza y Lamadrid (2019) distinguen las barreras externas, que provienen de la estructura social (conciliación de la vida profesional, familiar y personal, perpetuación de valores masculinos hegemónicos en los espacios de poder) y de creencias sobre liderazgo y género (atribuir sexo a las profesiones o sobre exigencia de las mujeres para demostrar que son competentes) de las barreras internas, que vienen determinadas por conductas y actitudes (miedo a no cumplir expectativas de su rol, falta de modelos femeninos de referencia positivos, etc.) (Baeza y Lamadrid, 2019, p. 7).

En este contexto inequitativo, es un hecho que la maternidad puede afectar a la productividad científica, pues lograr un equilibrio entre las tareas que se esperan cumplir en el mundo académico (docencia, investigación, gestión) y la vida familiar, es difícil cuando se es madre. Es decir, la carrera profesional de las mujeres se ve obstaculizada por responsabilidades familiares, algo que veremos en el siguiente apartado al revisar los datos empíricos.

Por su parte, Badinter (2011) considera que el modelo de maternidad actual es más exigente que nunca, ya que representa un trabajo a tiempo completo. La autora describe tres fuertes contradicciones en las maternidades actuales:

1) contradicción social: se culpa a las madres trabajadoras de no pasar suficiente tiempo con los hijos, y simultáneamente las empresas reprochan a las mujeres sus maternidades. La sociedad devalúa el ser madre, la mujer exitosa es la que triunfa profesionalmente, y la mujer que se queda en casa como madre carece de interés.

2) contradicción relacionada con la pareja: la llegada del hijo cambia la relación de pareja. Fatiga, falta de sueño, falta de intimidad, discusiones, etc.

3) la ausencia de fusión mujer-madre. Mujeres que se sienten divididas entre su amor por el hijo y sus deseos personales.

Aunque en México progresivamente las mujeres se han incorporado a la educación superior, ello no significa necesariamente que existan condiciones de igualdad. Ni en el acceso de la educación ni en el espacio laboral. En México, el 38,2% de los miembros del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) son mujeres, pero este porcentaje va decreciendo conforme avanza el nivel en el SNII. Por otra parte, en la Academia Mexicana de Ciencias, hay 801 mujeres, frente a 2245 hombres (A.M.C, s.f) No cabe duda de que el techo de cristal está aún muy presente. Castro-Murillo (2019), Cárdenas (2015) y Casado (2011) denominan “efecto tijera o pirámide” a la situación que define la participación de las mujeres mexicanas en el mundo de la ciencia: conforme se avanza en la carrera profesional en el ámbito científico, el número de mujeres es menor.

En el siguiente apartado, exploramos cómo viven estas situaciones las mujeres que ejercen su profesión en el ámbito académico-científico y que son madres. 

 

Madres y académicas en México: exploraciones empíricas

Existe un importante sesgo de género que explica el estatus marginal de las mujeres en las instituciones educativas y científicas en general en México. Uno de los principales obstáculos es, precisamente, la maternidad, que implica en la mayoría de los casos tanto la crianza de las y los hijos como el estar a cargo del ámbito doméstico.

¿Por qué las académicas deciden ser madres? “¿Cómo es que las investigadoras de alto nivel abrazan la vocación científica sin por eso renunciar a desempeñar otros papeles sociales, algunos de ellos marcados fuertemente por el género, como es la maternidad?” (Palomar, 2009, p. 64). En una comunidad sociodigital llamada “Mexicanas en las Ciencias”, lanzamos una encuesta sobre la experiencia de ser madres y científicas en el contexto actual, y a continuación exponemos algunos de los resultados más relevantes.

Una quinta parte de las informantes desempeñan su actividad profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México. Las siguientes instituciones académicas -curiosamente todas ellas universidades públicas- con mayor presencia entre las encuestadas son la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Universidad Autónoma del Estado de México, el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Autónoma de Baja California. Las siguientes gráficas recogen, respectivamente, los datos referentes a la edad y a la antigüedad de las informantes:

 

 

Gráfica 1.

Edad de las mujeres

 

 

 

Gráfica 2.

Antigüedad de las mujeres en el campo científico-académico

Como puede observarse, la mayoría de las mujeres llevan entre 5 y 14 años de actividad como académicas, y sus edades oscilan entre los 38 y 41 años, mayoritariamente, seguido de las mujeres de entre 34 y 37 años y entre 42 y 45 años, muy cerca de las que superan los 45.

Poco más de la mitad de las encuestadas forma parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) de CONAHCYT[2], por lo que podemos suponer que cuentan con una trayectoria científica-académica consolidada o que, al menos, su perfil se asocia con la investigación y no únicamente con la docencia universitaria. La casi totalidad de las investigadoras nacionales forman parte o bien del nivel Candidata (23%) o bien del Nivel I (casi el 70%).

El dato que compartimos a continuación, referido al área de conocimiento en la que se desempeñan las mujeres madres académicas que respondieron la encuesta, supone un sesgo importante que vale la pena tomar en cuenta. Como se observa en la gráfica, casi el 70% de las mujeres se desempeñan en áreas que pueden considerarse de Ciencias “duras” (biología y química, física y matemáticas, medicina y ciencias de la salud) y las ciencias sociales y las humanidades ocupan un lugar residual en la muestra, con apenas el 10% de presencia.

 

Gráfica 3.

Área de conocimiento en el que desarrollan su actividad

El sesgo anterior lo podemos relacionar con la percepción que se tiene acerca de la ciencia en general, que suele asociarse más a las ciencias exactas que a las humanidades y ciencias sociales. Y al tratarse de una comunidad sociodigital llamada “Mexicanas en las ciencias” es posible que la mayoría de mujeres que forman parte de ella se adscriban a las ciencias “duras”.

Aunque podemos pensar que, en el campo académico y científico, la investigación debería tener un mayor peso que la docencia, los datos recogidos al respecto no muestran una diferencia tan notable como se esperaría. El 18% de las encuestadas afirma que la docencia y la investigación tienen el mismo peso; el 35% afirma que tiene más peso la docencia, en su labor profesional; y el 40% afirma que es la investigación la actividad a la que dedica mayor tiempo en su institución. Como vemos, por muy poco la investigación supera a la docencia, y son muchas menos las mujeres que afirman que docencia e investigación tienen el mismo peso en su actividad académica-científica.

Después de este panorama general de la población participante en este estudio, nos adentramos ya en los datos y experiencias que revelan las maternidades de estas mujeres científicas. Casi la mitad de las 111 encuestadas fue madre entre los 28 y los 35 años, seguido muy de cerca por quienes lo fueron a mayor edad (casi un 20% fue madre entre los 36 y los 39 años) y por quienes lo fueron entre los 24 y los 27 años (poco más del 16%). Tomando en cuenta que en México casi la mitad de las mujeres de entre 20 y 29 años son madres (INEGI, 2023), detectamos aquí una “maternidad tardía” en el caso de las académicas, que en la mayoría de los casos fueron madres entre los 28 y los 39 años. Casi el 60% de las mujeres tienen un solo hijo, y poco más del 40% tienen dos. Cabe mencionar que, al momento de ser madres, cerca del 38% de las académicas se encontraban estudiando un posgrado, mientras que una cifra similar, un 36%, ya habían concluido los estudios de posgrado y estaban incorporadas al mundo laboral. En el momento de responder la encuesta, 8 de cada 10 mujeres afirman vivir en pareja con un hombre; y con respecto a la corresponsabilidad en la distribución de las tareas domésticas y las vinculadas con la crianza de los hijos, la mitad de las mujeres afirman llevar más carga ellas que sus parejas.

En otros trabajos, se reporta que “la participación de sus respectivas parejas en las actividades de crianza fue una de las estrategias más importantes para poder continuar con su carrera académica” (Palomar, 2009, p. 70). Las mujeres afirman necesitar una red de apoyo y colaboración para poder atender a sus hijos, así como una meticulosa organización del tiempo cotidiano.

El siguiente es un dato clave para comprender las experiencias de la maternidad por parte de las madres académicas: más del 85% de las mujeres afirma que la maternidad afectó su desempeño profesional.

Aunque la maternidad fue elegida en 9 de cada 10 casos, el 70% de las académicas afirma que sólo logra en ocasiones una conciliación real entre la vida académica y la vida familiar, y sólo el 16% no duda en afirmar que está satisfecha con la conciliación. La conciliación se refiere a la participación equilibrada de cualquier persona -en este caso específico, de las mujeres- en la vida familiar y en el mercado de trabajo. Reconocemos que quienes tienen mayores dificultades para lograr esta conciliación son las mujeres madres. Lo anterior se deriva de la construcción sociocultural de la maternidad, y de la asociación entre mujeres y cuidados, que ya hemos comentado anteriormente.

La inequidad de oportunidades de las madres académicas, tanto con respecto a los hombres como con respecto a mujeres que no son madres, se refleja de forma muy contundente en las respuestas de nuestras informantes. A la pregunta de ¿Crees que como mujer y madre tienes las mismas oportunidades de obtener un puesto de poder en tu institución que tus colegas hombres? el 81% no duda en responder que no; y al formular la misma pregunta con respecto a mujeres no madres, la respuesta negativa es también muy elevada, pues se acerca al 70%. Queda claro, entonces, que las mujeres son conscientes de la existencia del techo de cristal en sus instituciones, así como de una brecha de género muy acentuada. Con respecto a esto último, la siguiente gráfica confirma esta percepción:

 

Gráfica 4.

Percepción de la existencia de techo de cristal en la institución

En otras investigaciones (Palomar, 2009) se reporta que las mujeres afirman tener muy a menudo sentimientos de culpa vinculados con el “hacer mal” tanto el papel de madre como el trabajo de investigación. Esta situación se observa también en la encuesta levantada para este trabajo, como muestran en las siguientes gráficas:  

 

Gráfica 5.

Sentimiento de frustración por parte de las mujeres

 

Gráfica 6.

Sentimiento de culpa por parte de las mujeres

Estos sentimientos de frustración y culpa se relacionan, sin duda, con la baja productividad académica que afirman haber experimentado las mujeres desde que son madres. Como se observa en la siguiente gráfica, casi el 70% de las encuestadas reconoce que su producción académica ha disminuido (de poco a considerablemente, pero ha disminuido). Con respecto a los cambios en la concentración derivados de la maternidad, cerca del 40% de las encuestadas asume que tiene problemas para concentrarse desde que es madre, mientras que un porcentaje similar afirma concentrarse bien pero no lograr organizar el tiempo de trabajo de forma óptima. 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfica 7.

Productividad académica desde que se es madre

En mayor o menor medida, la maternidad trae cambios considerables en la organización profesional de las madres académicas. Ello lo observamos, también, al preguntar específicamente por los costos de la maternidad. Así, cuando se cuestionó a las académicas acerca de qué costos ha tenido la maternidad en su vida académica, observamos con claridad que se señala, sobre todo, la reducción del tiempo para leer y escribir (43%) y el cansancio permanente (42%). Además de lo anterior, las madres académicas afirman en un 36% dormir poco y mal, en un 34% haber abandonado su autocuidado (CISC, s.f.) y, por último, señalan el costo de no poder hacer estancias de investigación fuera del país (32%) por el hecho de ser madres. Las pausas obligadas en la trayectoria académica, el abandono de la vida social, la lentitud en la obtención de logros y la consecuente baja en la productividad académica son otros de los costos que las mujeres señalan.

Páginas atrás hicimos referencia a las barreras externas y las barreras internas que viven las mujeres madres, a partir de la propuesta de Baeza y Lamadrid (2019). Veamos qué dicen las mujeres que participaron en la encuesta:

 

 

Gráfica 8.

Barrera principal con la que se han encontrado a lo largo de la trayectoria profesional

Los tres tipos de barreras nos parecen significativos, pero en el contexto de esta investigación, sin lugar a duda llama la atención la prevalencia atribuida a las barreras con las que se encuentran las académicas madres en el contexto de las instituciones en las que desarrollan su actividad. Estas barreras organizacionales son uno de los principales factores que han conducido a que las mujeres hayan visto frenado su desempeño como académicas-científicas al ser madres. De hecho, poco más del 60% de las encuestadas asume esta situación de freno en el desempeño. No obstante, existe una percepción que tiende a ser positiva de cómo las mujeres madres logran cumplir (pese a los esfuerzos) con sus dos roles principales –como madres y como profesionales-: cerca de un 40% de las encuestadas afirma cumplir bien ambos roles, aunque un 18% indica que no cumple ninguno de los dos, cifra que no es menor; en muy pocos casos se afirma cumplir mejor el rol profesional.

Relacionado con el tema de las barreras u obstáculos con que se encuentran las mujeres madres en su ejercicio profesional en el ámbito de la ciencia y la academia, nos parece significativo que ante la pregunta de ¿Crees que tu currículum es menos competitivo que el de tus compañeras de trabajo que no son madres? solo respondan que no poco menos de una tercera parte de las encuestadas, siendo el resto quienes consideran que efectivamente su currículum es menos competitivo que el de las académicas no madres. En este sentido, destaca el dato que se presenta en la siguiente gráfica sobre que los obstáculos vienen dados, sobre todo, por el hecho de ser madres, antes que por el hecho de ser mujeres:

 

Gráfica 9.

Procedencia de los obstáculos encontrados en el mundo académico-científico

Pese a lo significativo del dato anterior, cerca del 80% de las mujeres encuestadas afirmar no haberse arrepentido nunca de ser madre, un dato que, quizás, está mediado por la construcción social de la maternidad y por el imaginario negativo asociado a este arrepentimiento, que no está socialmente aceptado.

En términos concretos, la maternidad ha modificado la actividad laboral de las científicas mexicanas, sobre todo en términos de reducción de la actividad (65.8%), deseo de abandonar definitivamente el trabajo (36%) y limitación de ascensos y promociones (23.4%).

Los datos que hemos presentado confirman que la maternidad es una experiencia llena de tensiones y contradicciones, y confirman, también, que es la mujer quien suele tener la carga de la crianza de los hijos e hijas. Como hemos visto, la experiencia de la maternidad en las mujeres científicas comporta reducción tanto del tiempo dedicado a las actividades profesionales como del tiempo dedicado al cuidado de sí mismas. Lo anterior genera sentimientos de frustración en muchas mujeres, que viven la presión de tener que cumplir a cabalidad todos los roles (maternar, organizar la vida doméstica, producir conocimiento). Ello se vincula con lo que ya hemos mencionado anteriormente en torno a la maternidad intensiva (Hays, 1996).

 

Consideraciones finales

Como afirma Palomar, “la maternidad en la vida académica es una experiencia conflictiva, plena de tensiones y contradicciones” (Palomar, 2009, p. 72). Pese a que no es tan prevalente el arrepentimiento de haber sido madres, las científicas de quienes retomamos sus experiencias afirman ser conscientes tanto de las brechas de género en el mundo académico, como de las brechas existentes entre quienes deciden ser madres y quienes deciden no serlo. Lo anterior las coloca en una situación de doble discriminación, con respecto a los hombres y con respecto a las mujeres no madres.

Los datos que hemos recuperado dan cuenta de la presencia, hoy día, del llamado techo de cristal en las instituciones en las que se desempeñan las mujeres científicas madres. Además de estos techos de cristal, consideramos que aún existe lo que se denominó en los años 90 del siglo XX como “Efecto Matilda” en el mundo de la ciencia, que ya definimos como androcéntrico. Este efecto designa un prejuicio en contra de reconocer los logros de las mujeres científicas, cuyo trabajo a menudo se atribuye a sus colegas hombres. Aunque este efecto suele aplicarse más al campo de las ciencias exactas -históricamente desarrolladas por los hombres-, aplica también a otros ámbitos científicos, incluyendo las ciencias sociales, las artes y las humanidades.

Otro elemento que podemos recuperar de las reflexiones y datos empíricos presentados en estas páginas es la experiencia de las mujeres con la denominada maternidad intensiva, que está relacionada directamente con las barreras que mencionan las científicas para el desarrollo de su actividad profesional, entre las cuales destacan la reducción del tiempo, la falta de conciliación real entre vida académica y vida familiar, la reducción de la productividad académica (con el impacto económico que ello puede tener), y el escaso tiempo que las mujeres pueden dedicar para el cuidado de sí mismas.

Como hemos visto, aunque ha habido avances con respecto a las mujeres en el campo de la educación y de la ciencia, aún prevalecen varias brechas que afectan sino a todas las mujeres, sí a la mayoría de ellas. La experiencia de la maternidad suma elementos a esta situación de discriminación y genera condiciones aún más complicadas para las mujeres que se dedican a la ciencia y a la academia en nuestro país.

 

 

Referencias

 

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Juliano, D. (2004). Excluidas y marginales. Una aproximación antropológica. Cátedra.

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Sheridan, B. (1998). Strangers in a Strange Land: a Literature Review of Women in Science, CGIAR Gender Program, Working Paper 17.



[1] Retomamos la idea de conocimiento situado de Donna Haraway (1991), que propone especificar desde qué punto de vista se parte al momento de estar estudiando algo, y de la necesidad de justificar ese punto de vista. Así, se trata de hacer explícito el posicionamiento de quien investiga, tomando en cuenta que los puntos de vista nunca son neutros. 

[2] Desde 2024, el CONAHCYT pasa a ser la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI).