|
Más allá de la fábrica: Durkheim, Marx y el general intellect en el capitalismo cognitivo. |
|
Beyond the factory: Durkheim, Marx and the general
intellect in cognitive capitalism.
Luis Alberto Jiménez Morales
ljimenezm@correo.xoc.uam.mx
Universidad Autónoma Metropolitana,
México
ORCID: 0000-0001-9279-8854
|
ARTÍCULO |
Recibido:
27|08|2025 • Aprobado: 14|11|2025 |
RESUMEN
El artículo examina si la cooperación en el capitalismo
cognitivo sigue operando como principio de integración social o si, por el
contrario, adopta la forma de una “cooperación anómica”. Partiendo de Durkheim,
se reconstruye su tesis de la solidaridad orgánica y sus límites anómicos
cuando la división del trabajo se desajusta. Luego, se contrasta con Marx: la
cooperación bajo el capital aparece como organización del trabajo subsumida y
orientada a la valorización, y en los Grundrisse el general intellect emerge
como fuerza productiva ambivalente. A partir del operaísmo italiano (Virno,
Negri, Vercellone) y de debates recientes (Christiaens), se argumenta que la
centralidad del conocimiento, los afectos y el lenguaje reconfigura el mando
capitalista mediante dispositivos algorítmicos que capturan la cooperación
social y la subjetividad, dentro y más allá de la fábrica (plataformas, datos,
cuidados). El concepto propuesto de cooperación anómica nombra una
interdependencia sin comunidad y una productividad sin reconocimiento. En las
conclusiones se delinean implicaciones normativas: limitar el mando
algorítmico, redistribuir tiempo y valor (incluido el trabajo no remunerado), y
recomponer condiciones morales de solidaridad para abrir espacio al poder
constituyente del trabajo vivo.
Palabras clave:
cooperación anómica; capitalismo cognitivo; general intellect; anomia;
operaísmo italiano.
ABSTRACT
The article
investigates whether cooperation within cognitive capitalism still functions as
a driver of social integration or rather takes the form of “anomic
cooperation.” Starting from Durkheim, it reconstructs the thesis of organic
solidarity and its anomic limits when the division of labor becomes misaligned.
It then contrasts this with Marx: cooperation under capital is organized and
subsumed for valorization, while in the Grundrisse the general intellect
emerges as an ambivalent productive force. Drawing on Italian operaismo (Virno,
Negri, Vercellone) and recent debates (Christiaens), the paper argues that the
centrality of knowledge, affects, and language reconfigures capitalist command
through algorithmic devices that capture social cooperation and subjectivity,
inside and beyond the factory (platforms, data, care). The proposed concept of
anomic cooperation names interdependence without community and productivity
without recognition. The conclusion outlines normative implications: curbing
algorithmic command, redistributing time and value (including unpaid work), and
rebuilding the moral conditions of solidarity so that the constituent power of
living labor can materialize.
Keywords: anomic cooperation;
cognitive capitalism; general intellect; anomie; Italian operaismo.
|
|
Allí trabajábamos
mientras pudiéramos ver el verano, y no sé decir a qué hora parábamos. Nadie
sino el patrón y su hijo tenía reloj, y no sabíamos la hora. Tiempo, disciplina de trabajo y
capitalismo industrial.
–
E.P.
Thompson
I. Introducción
¿Puede la cooperación en la época del
capitalismo cognitivo seguir pensándose como un factor de integración social? Este
artículo parte de la hipótesis de que, lejos de generar cohesión, la
cooperación contemporánea produce formas de cooperación anómica, caracterizadas
por la fragmentación, la precarización y la captura algorítmica de los vínculos
sociales. Proponemos una relectura crítica de la teoría de la división del
trabajo de Émile Durkheim, contrastándola con la concepción marxiana de la
alienación y el general intellect.
Posteriormente, actualizamos el debate con el pensamiento italiano
contemporáneo —Virno, Negri, Vercellone— y las reflexiones recientes de Tim
Christiaens sobre la relación entre cooperación y alienación en el capitalismo cognitivo.
En efecto, intentamos discutir la tesis de que la división del trabajo
necesariamente lleva a una especie de solidaridad orgánica. En el contexto
actual, la cooperación no da lugar a la integración, sino a la fragmentación:
una forma de cooperación anómica.
En este sentido, sostenemos que el
capitalismo cognitivo provoca una mutación en la cooperación. Se presenta una
cooperación anómica en la que los vínculos sociales son reconfigurados por la
mediación digital, los algoritmos y la precariedad estructural del trabajo.
Así, la hipótesis central que recorre este texto es que la cooperación
contemporánea ya no genera solidaridad, sino una forma de fragmentación
funcional al comando del capital.
De Souza (2018) sostiene que la división
del trabajo durkhemiana solo tiene sentido en un marco de reconocimiento en el
que el Estado actúa como garante de esa interdependencia solidaria. No
obstante, frente a esta interpretación normativa, proponemos una relectura de
Durkheim que debe centrarse no solamente en la solidaridad, sino en la anomia,
ésta última entendida como si mostrara la ambivalencia de la división del
trabajo y la consecuencia del capitalismo cognitivo.
Asimismo, Christiaens (2023) en su
lectura de Marx nos permite comprender la tensión que existe entre cooperación
y alienación en el capitalismo contemporáneo. Marx en el Fragmento sobre las
máquinas escrito en 1857-1858 plantea que el conocimiento se ha convertido
en la principal fuerza productiva, sin embargo, eso no implica una superación de
la alienación, sino una transformación en los procesos de valorización que incluyen
a la vida misma (Tocino, 2020; Christiaens, 2023; Yan, 2025). Para Christiaens,
el capitalismo tardío y el general intellect no se organizan como un
saber colectivo emancipado. Son un saber productivo disperso por todo el tejido
social, el cual no genera cohesión como proponía Durkheim en su noción de solidaridad
orgánica, sino una fragmentación y precarización. Sostenemos que en el capitalismo
cognitivo se presenta una cooperación anómica que es capturada por los
circuitos de valorización.
Este trabajo se enmarca en una
investigación de carácter teórico-crítico basada en la sistematización y
análisis comparativo de literatura sociológica y filosófica. El propósito
metodológico ha sido recuperar y articular conceptos clásicos —anomia
(Durkheim), división del trabajo (Durkheim y Marx), alienación (Marx) y general
intellect (Marx, Virno, Negri y Vercellone)— con debates contemporáneos sobre
el capitalismo cognitivo.
II. Durkheim y el problema de la
división del trabajo
Para Durkheim, la división del trabajo
no es únicamente un fenómeno económico, sino un hecho social con consecuencias
en toda la vida social. Efectivamente, la división del trabajo es una
característica que define a las sociedades modernas, pero también una condición
necesaria para comprender la solidaridad y la cohesión. La solidaridad se puede
concebir como un principio de cohesión que mantiene a los individuos unidos
entre sí, por medio de una eficaz división en el trabajo.
Al inicio de su ensayo La división
del trabajo social, Durkheim señala que la solidaridad es un hecho social
y que debe conocerse a partir de sus efectos observables en la vida social. Nos
arriesgamos a pensar que esto permite comprender que, no sólo la solidaridad,
sino las formas anómicas de la división del trabajo también pueden estudiarse con
este supuesto metodológico. Además, con este planteamiento, Durkheim inaugura
una episteme que da sentido a un nuevo modo de hacer investigación
social. La división del trabajo, en este sentido, no se limita solamente al ámbito
económico, sino que atraviesa distintas esferas de la sociedad y debe ser
tratada como algo que es exterior y coercitivo (Durkheim, 2019).
Durkheim (2007) se ha encargado
de comprender cómo se da la cohesión en las sociedades industrializadas y primitivas.
“Durkheim concibió la sociedad como un fenómeno vivo, un todo que no está
formado por la mera suma de individuos; […] la sociedad debe entenderse como un
sistema que representa una realidad específica con características propias” (De
Souza, 2018, p. 656). Desde esta perspectiva, Durkheim sostiene que las
sociedades son organismos con necesidades específicas, en el caso de las
sociedades modernas existe una complejidad que hace que la diversidad funcional
sea un requerimiento para la integración social.
La vida social mana de una doble
fuente: la semejanza de las conciencias y la división del trabajo social. En el
primer caso el individuo es socializado, porque, no teniendo individualidad
propia, se confunde, así con sus semejantes, en el seno de un mismo tipo
colectivo; en el segundo porque aun teniendo una fisonomía y una actividad
personal que le distinguen de los demás, depende de ellos en la misma medida en
que se distingue, y, por consiguiente, de la sociedad de que resulta su unión
(Durkheim, 2007, p. 241).
El sociólogo francés considera que en
las sociedades primitivas la similitud entre conciencias da lugar a reglas
jurídicas, pero éstas son solamente de carácter represivo. Se pretende imponer
prácticas y creencias homogéneas. “Porque la sociedad sólo puede hacer sentir
su influencia en acto, y sólo se encuentra en acto cuando los individuos que la
componen están reunidos y obran en común” (Durkheim, 2014, pp. 633-634). A
diferencia de las sociedades basadas en la semejanza de las conciencias, en las
sociedades modernas —donde existe una alta diferenciación y especialización— la
cohesión es distinta. “[Con el desarrollo de las condiciones históricas] el
tipo organizado se desenvuelve, […] la solidaridad orgánica sustituye poco a
poco a la que resulta de las semejanzas, [entonces] es indispensable que las
condiciones exteriores se nivelen” (Durkheim, 2007, p. 407). Ciertamente,
Durkheim advierte que, en ciertos momentos históricos, el desarrollo social y
técnico no se encuentra al nivel del desarrollo de las conciencias. Es decir,
en sus primeros momentos, el desarrollo de la solidaridad orgánica se encontró
con muchos obstáculos que bloqueaban la transformación del tipo de solidaridad
característico de las sociedades primitivas. No obstante, con el paso del
tiempo, las sociedades modernas logran alcanzar un nivel de desarrollo individual,
y comienza a surgir una división del trabajo basada en una alta especialización
y diferenciación que presupone la mutua interdependencia con los otros.
Es preciso, pues, que la conciencia
colectiva deje descubierto una parte de la conciencia individual para que en
ella se establezcan esas funciones especiales que no puede reglamentar; y cuanto
más extensa esta región, más fuerte es la cohesión que resulta de esta
solidaridad (Durkheim, 2007, p. 141).
Durkheim parece indicar que, una mayor
especialización, conduce a una mayor interdependencia. Precisamente, las
sociedades modernas y su división del trabajo tienen una marcada interdependencia,
pero al mismo tiempo existe un mayor desarrollo de la individualidad. “La
actividad productiva de uno, según esto, se desarrolla como una forma de
reciprocidad por la actividad productiva del otro” (De Souza, 2018, p. 657). Lo anterior, no indica una simple
interdependencia, sino un tipo de solidaridad orgánica, basada en un orden
social de especialización y singularidad, es decir, “las diferenciaciones
funcionales están directamente ligadas a la capacidad personal para realizar
dichas funciones, lo que resulta en un aumento de la autonomía individual” (p. 658).
No obstante, la división del trabajo y la solidaridad no podrían generarse de
forma automática; parece que requiere de una regulación normativa que evite la
posibilidad de desviaciones.
Asimismo, Durkheim (2007) fue enfático
al mencionar que en algunas ocasiones la división del trabajo puede derivar en anomia.
En La división del trabajo social dedica algunos apartados a desarrollar
una preocupación que nos interesa específicamente: las formas anómicas
producto de la división del trabajo. Algunas causas de las formas anómicas
que se presentan en la división del trabajo son producidas por el desarrollo
excesivo de la especialización, la falta de coordinación y las crisis
industriales. Entonces, Durkheim ve a la anomia como una consecuencia del
rápido desarrollo económico y social, como si hubiera una falta de nivelación
en las condiciones histórico-sociales.
Al enunciar algunos de los casos
anómicos del trabajo Durkheim menciona: “el antagonismo entre el trabajo y
el capital es otro ejemplo más evidente del mismo fenómeno [anomia]. A
medida que las funciones industriales se especializan, lejos de aumentar la solidaridad,
la lucha se hace más viva” (Durkheim, 2007, p. 372). Para Durkheim, el
antagonismo ejerce una naturaleza disolvente y anómica impidiendo la
integración social.
Otro caso anómico que menciona Durkheim
se encuentra en el capítulo La división coactiva del trabajo. La
división del trabajo no se basa en el desarrollo de las aptitudes individuales
y su relación con las funciones sociales, sino que viene impuesta desde el
exterior. Durkheim menciona algunos casos como los trabajos que se encontraban
en el sistema de castas o los cargos heredados.
Finalmente, otra forma de anomia se
presenta cuando las funciones sociales carecen de definición o se encuentran
mal distribuidas. “En una administración en la que cada empleado no tiene una
ocupación suficiente, los movimientos se ajustan mal entre sí, […] en una palabra,
la solidaridad se resquebraja y la incoherencia y el desorden aparecen”
(Durkheim, 2007, p. 408). El sociólogo francés advierte que la división del trabajo
en las sociedades modernas no garantiza por sí misma la cohesión social; al
contrario, cuando las funciones están mal distribuidas o los individuos carecen
de ocupaciones definidas, se produce un desajuste en la estructura que
desemboca en anomia.
Cabe decir que la división del trabajo
no produce la solidaridad como no sea espontánea y en la medida que es
espontánea. Pero, por espontaneidad, es menester entender la ausencia, no solo
de toda violencia expresa y formal, sino de todo lo que puede impedir, incluso
indirectamente, la libre expansión de la fuerza social que cada uno lleva en sí
(Durkheim, 2007, p. 396).
Hemos mencionado que para Durkheim la
división del trabajo no produce por sí misma solidaridad; debe estar libre de
violencia o imposición, permitiendo que cada individuo desarrolle su función
que tiende a la integración. Sin embargo, para asegurar que la división del
trabajo permanezca espontánea, necesita de un marco normativo que la proteja
(De Souza, 2018), un órgano rector en última instancia que sea el garante de la
cohesión social: el Estado.
La diversidad de las funciones es útil
y necesaria; pero como la unidad, que no es menos indispensable, no surge
espontáneamente, el cuidado de realizarla y de mantenerla deberá constituir en
el organismo social una función especial, representada por un órgano
independiente. Este órgano es el Estado o el gobierno (p. 376-377).
Durkheim confía en que el Estado tenga
una función reguladora, manteniendo el orden y garantizando la cohesión. En
este sentido, las relaciones entre capital y trabajo deberían estar vigiladas
por el Estado. Parecería que este marco normativo es suficiente para cumplir el
papel integrador de la división del trabajo en el capitalismo contemporáneo y
que los casos de anomia en la división del trabajo simplemente remiten a un
insuficiente desarrollo de las conciencias con relación a las condiciones
sociales. Sin embargo, una lectura crítica de la anomia nos permite ir
más allá, es decir, la flexibilización laboral, la precariedad y la
desregulación en el capitalismo contemporáneo muestran que la cohesión no está
garantizada y que las formas de cooperación podrían convertirse en anomia.
Es menester actualizar la lectura de
Durkheim frente a la digitalización contemporánea. En efecto, la cooperación ya
no remite solo al trabajo coordinado en la fábrica, sino también a la
colaboración mediada por tecnologías digitales. En este sentido, la anomia ya
no puede pensarse únicamente en su definición clásica como ausencia de normas,
sino como exceso de prescripciones técnicas que regulan la conducta y
sustituyen la integración moral por un control algorítmico.
Ciertamente, en este momento se vuelve necesaria
la confrontación con Marx. La teoría marxiana sostiene que el antagonismo entre
capital y trabajo es el núcleo mismo de la dinámica capitalista que impulsa el
desarrollo histórico (Marx y Engels, 2020). En este caso, la cooperación está codificada
bajo el comando del capital y no constituye un mecanismo de integración social.
En la siguiente sección examinaremos cómo la concepción marxiana de la división
del trabajo y del general intellect permite pensar la cooperación no
como un mecanismo de integración social, sino como un proceso organizado bajo
el mando del capital.
III. División del trabajo, mercancía y general intellect
Marx considera que la división del
trabajo capitalista no genera cooperación en el sentido propuesto por Durkheim,
sino que es un sistema de relaciones sociales orientado a la producción de
mercancías. Ciertamente, podemos decir que en Marx no existe una teoría
sistemática de la división del trabajo, pero es un tema medular en el
desarrollo del modo de producción capitalista.
Mas esto solo es posible en una
sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el
producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros
hombres como poseedores de mercancías se ha convertido, asimismo, en la
relación social dominante (Marx, 2024a, p. 110).
En este sentido, la división del
trabajo en la concepción marxiana no genera solidaridad orgánica, sino una separación
entre los trabajadores y su producto. “La división del trabajo es la
culminación de su imposibilidad de satisfacer las necesidades de los demás,
pues los productos humanos asumen la forma de equivalentes, valor de cambio”
(De Souza, 2018, p. 662). Marx diría que el trabajo no sólo produce mercancías,
sino que también produce al obrero como una mercancía. Ontológicamente, los
trabajadores son seres humanos con autonomía, pero como fuerza de trabajo quedan
sometidos al capital dentro del proceso de valorización. El trabajador como
productor de mercancías, muestra una tensión al distanciarse de lo que produce.
“El trabajador pone su vida en el objeto, pero a partir de entonces ya no le
pertenece a él, sino al objeto” (Marx, 2010, p. 107). En ese movimiento la
enajenación no significa simplemente que existe una escisión entre el
trabajador y la mercancía que se produjo, sino que la vida que le ha dado se le
presenta como algo extraño y hostil.
El trabajo es externo al trabajador, es
decir, no pertenece a su ser; […] en su trabajo, el trabajador, no se afirma,
sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una
libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su
espíritu (p. 109).
En el trabajo asalariado, que se
presenta como trabajo enajenado, el trabajador se niega a sí mismo. Como
advierte Negri (1977), el trabajo se convierte en algo que está sometido
a la ley de valor, convirtiéndose en un apéndice del proceso de valorización. La división del trabajo centrada en la fábrica
muestra un proceso de escisión entre el trabajador y el producto de su trabajo.
Marx (2014b) sostiene que el antagonismo es inherente a la relación entre
trabajo y capital y que la cooperación no es espontánea ni solidaria, sino un
resultado directo de la organización y el dominio del capital.
Ahora bien, este diagnóstico de Marx no
se agota en la fábrica. En los Grundrisse Marx esboza que la producción
no se centra simplemente en el cuerpo del obrero, sino que está transitando
hacia el conocimiento colectivo, la ciencia, la comunicación y la cooperación. Lo
anterior no pretende advertir un momento donde la enajenación termine; muestra
un proceso de reconfiguración. Aunque este nuevo modo de producción en el general
intellect se funda en el saber social, continúa siendo codificada en los
circuitos de valorización. Como lo señala Vercellone (2000), el capitalismo
cognitivo transforma la producción al capturar el trabajo vivo, los saberes y
los afectos, incluyéndolos en los circuitos de valorización.
Precisamente, en el famoso Fragmento
sobre las máquinas Marx ha mencionado que el saber abstracto —la ciencia—, se
ha comenzado a convertir en la principal fuente de productividad. El trabajo ya
no aparece encerrado en la fábrica, sino disperso por lo social.
El desarrollo del capital fixe
revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha
convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las
condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles
del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto
las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma de
conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso
vital real. (Marx, 2005, p. 230).
Este fragmento tiene una gran potencia
teórica, pues el conocimiento aparece como la principal fuerza productiva, el
intelecto que se encuentra disperso por toda la sociedad y se muestra como una
posibilidad de emancipación. Sin embargo, el Fragmento de las máquinas muestra
una fuerte ambivalencia entre la cooperación y sujeción. El conocimiento que
podría liberar a la fuerza de trabajo se convierte en un nuevo mecanismo de
sujeción (Virno, 2001). En efecto, Marx advierte que, “el trabajo se presenta,
antes bien, sólo como órgano consciente, disperso bajo la forma de diversos
obreros vivos presentes en muchos puntos del sistema mecánico” (Marx, 2005, p. 219).
El desarrollo de las fuerzas productivas ya no se circunscribe solamente a la
fábrica, sino que permea toda la práctica social. De modo que, “el trabajo ya no aparece
recluido en el proceso de producción, sino que más bien el hombre se comporta
como supervisor y regulador con respecto al proceso de producción mismo” (p.
228). Para Marx, esa transformación opera en un nivel ontológico fundamental,
pues modifica el desarrollo de las fuerzas productivas y su relación con la
sociedad.
Paolo Virno (2001) argumenta que el Fragmento
de las máquinas articula una contradicción en el proceso productivo. En él,
el general intellect se erige como la principal fuente de productividad,
pero como lo ha dicho Marx, éste no se encuentra confinado a la fábrica, sino
que va más allá, trazando nuevas formas de sujeción y de captura. En el mismo
sentido, Vercellone (2000) advierte que, “el capitalismo del General
Intellect, lejos de eliminar las contradicciones y los antagonismos, los
desplaza y en cierta medida acrecienta lo que está en juego” (p. 75). Esto nos
obliga a reflexionar sobre las nuevas formas de control que no se limitan al
espacio de producción tradicional, sino que atraviesan la vida social en su
conjunto.
El general intellect muestra un
punto de inflexión en la teoría marxiana, pues el conocimiento, la cooperación
y la comunicación se convierten en fuerzas productivas centrales, pero todavía codificadas
en los circuitos de valorización. El pensamiento italiano contemporáneo ha dado
cuenta de esta ambivalencia al mostrar que la fábrica ya no es el único lugar
donde se produce valor. La producción se desborda hacia el conjunto de la vida
social.
Existe un desplazamiento hacia nuevas
formas de antagonismo y un trabajo que se convierte en algo inmaterial y
difuso, pero que continúa sometido a formas de control y extracción de valor.
Así, el concepto de capitalismo cognitivo (Vercellone, 2000) es medular para
comprender el contexto actual, pues muestra que el conocimiento y la
cooperación ya no son únicamente medios de producción, sino también territorios
de captura y antagonismo (Negri, 2020). En este sentido, debemos preguntarnos
si la división del trabajo en el capitalismo cognitivo puede producir cohesión
—como sugería Durkheim— o si, por el contrario, produce formas anómicas y
precarizadas de cooperación que han sido subsumidas en el modo de producción
capitalista.
IV. Trabajo inmaterial y capitalismo
cognitivo
Desde una perspectiva marxiana, en la
época del capitalismo cognitivo, el general intellect y la cooperación
social han devenido en fuerzas productivas centrales, aunque son codificadas en
los circuitos de valorización. Este desplazamiento de la producción de la
fábrica hacia la sociedad modifica el tiempo, el espacio y los procesos de subjetivación.
Para comprender el modo en que el
capitalismo cognitivo reconfigura la cooperación social, es necesario recuperar
la tradición operaísta, que desde los años sesenta buscó interpretar a Marx
desde el trabajo vivo. Precisamente, Reis ha señalado que el núcleo
teórico-metodológico del operaísmo invierte la relación clásica entre capital y
clase. Sitúa en primer lugar las luchas de la clase obrera, considerando al
capital como una respuesta a esas luchas. Esta inversión metodológica pone la
atención en el trabajo vivo y su dimensión antagónica (Tronti, 2001; Reis, 2020).
Lo anterior implica un análisis de las nuevas formas de trabajo en el
capitalismo cognitivo. “El diagnóstico general de los tiempos que corren, […]
es negro: la precarización de la vida y décadas de individualismo neoliberal
han debilitado los vínculos de solidaridad social necesarios para cualquier
tentativa efectiva de antagonismo colectivo” (p. 11). Este escenario prepara el
terreno para comprender el carácter ambivalente del trabajo inmaterial en el
capitalismo cognitivo.
La caja de herramientas que nos ha
sostenido hasta ahora –que deriva, como se mencionó, del pensamiento operaísta–
ya no es del todo adecuada para captar completamente los matices –las
psicologías– que caracterizan los comportamientos humanos frente al chantaje,
deuda, ilusión, narcisismo, cooptación, traición y reconocimiento. Conceptos
como ‘composición técnica y política del trabajo’, como ‘subsunción real y
formal’ requieren una reinterpretación radical, de lo contrario corremos el
riesgo de confundirnos (p. 18).
Ciertamente, lo que Reis entiende por
neo-operaísmo tiene un uso estratégico que sirve para interpretar el presente y
que en modo alguno podría ser reducida a un bloque homogéneo de pensadores. Sin
embargo, desde la perspectiva de Negri (2017) es imposible sostener que pueda
existir un pos-operaísmo o neo-operaísmo como corriente distinta del operaísmo.
En términos sociohistóricos, en realidad, podría decirse que existe una
continuación y actualización del operaísmo nacido en Italia en los años sesenta,
cuyo rasgo distintivo fue leer a Marx desde el punto de vista del obrero,
desplazando el énfasis de la estructura económica a la potencia subjetiva del
trabajo vivo (Reis, 2020). Lejos de ser una ruptura, es un aggiornamento
que mantiene la matriz ontológica del operaísmo —la primacía constituyente del
trabajo vivo sobre el capital— y la adapta a nuevas condiciones históricas. El
operaísmo ha visto transcurrir el ocaso de las luchas obreras del siglo XX, la
globalización, el neoliberalismo y el ascenso del trabajo inmaterial, la
cooperación social y la biopolítica. El neo-operaísmo o post-operaísmo, para Negri
y creo que también para Reis, no es otra cosa evolución histórica de una
apuesta teórico-metodológica que pretende establecer una analítica militante
desde el punto de vista de la clase trabajadora, reconociendo las mutaciones de
la composición de clase, y afirmando una ontología constituyente del trabajo
vivo de la multitud (Hardt y Negri, 2004). Esta relectura del operaísmo permite
comprender por qué la cooperación social, aunque aparece como fuerza productiva
en el capitalismo cognitivo, también deviene un mecanismo de captura y
despolitización del trabajo vivo.
Ahora bien, este diagnóstico teórico-metodológico
del pensamiento italiano contemporáneo puede ponerse en diálogo con la
tradición clásica de Durkheim, particularmente con su noción de anomia. Si para
Durkheim la cohesión social dependía de un equilibrio entre especialización y
solidaridad, en el capitalismo cognitivo ese equilibrio se encuentra
fracturado. La cooperación no tiene una función integradora, sino que puede
fragmentar. En este sentido, la categoría durkheimiana de anomia ofrece un
marco para comprender cómo la flexibilidad y precariedad contemporáneas
desestabilizan las trayectorias laborales y los vínculos sociales.
Richard Sennett (2000), en La
corrosión del carácter, muestra el testimonio de Rico que nos recuerda:
“las condiciones de la nueva economía se alimentan de una experiencia que va a
la deriva en el tiempo, de un lugar a otro, de un empleo a otro” (p. 25). Para
Sennett, el capitalismo tardío —o capitalismo cognitivo— amenaza con roer los
vínculos que construyen la vida colectiva, instaurando lo que denomina un capitalismo
de corto tiempo. En este sentido, parece que la división del trabajo en el
capitalismo cognitivo no genera cohesión, sino incertidumbre, precarización y
el surgimiento de trayectorias intermitentes.
Esta fractura de la cohesión social no
puede comprenderse al margen de las mutaciones del capital. Precisamente aquí
se sitúa el aporte de Carlo Vercellone, quien identifica esta mutación bajo el
concepto de capitalismo cognitivo. Según él, la crisis del capital a
finales del siglo XX propició una reconfiguración profunda en la lógica de
acumulación, en la cual el conocimiento y la inmaterialidad pasaron a ser la
principal fuente de productividad. “El término cognitivo especifica la nueva
naturaleza del trabajo, de las fuentes del valor y de las formas de propiedad
sobre las que se basa la acumulación del capital y las contradicciones que
aquella genera” (Vercellone, 2000, p. 84). Ejemplos concretos de esta mutación
se encuentran en las nuevas formas de empleo —Rappi, Uber, Amazon— que hacen
evidente la centralidad de la inmaterialidad.
Mientras Vercellone describe las
transformaciones del capital en términos de acumulación y captura del
conocimiento, Virno se pregunta qué implicaciones políticas tiene este proceso
para la cooperación social y para la posibilidad de emancipación. Virno
considera que el general intellect marxiano contiene la posibilidad de
convertirse en la base de una esfera pública no estatal, capaz de destruir la
subordinación a la valorización capitalista. Es decir, mientras el capitalismo
cognitivo organiza y captura la cooperación social, ésta conserva un potencial
de emancipación que puede desplegarse fuera del marco del trabajo asalariado.
Como señala Virno (2001), la emancipación no provendrá del trabajo en su
dimensión salarial, sino de la creación de una comunidad política basada en la
inteligencia colectiva y su autonomía. No obstante, Virno considera que hay
vicisitudes en torno al tema de la cooperación en Marx:
El concepto de cooperación social,
que en Marx es muy complejo y delicado, puede ser pensado de dos maneras. En principio,
hay una acepción objetiva: cada individuo hace cosas distintas, específicas,
que son relacionadas externamente por el ingeniero o el dueño de la fábrica […]
En segundo lugar, hay una noción subjetiva de cooperación: esta toma cuerpo
cuando una parte sustancial del trabajo individual consiste en desarrollar, calibrar
e intensificar la cooperación misma (Virno, 2016, p. 62).
Virno considera que la segunda forma es
la que predomina en el capitalismo cognitivo. En efecto, la cooperación misma
deviene una parte fundamental de la escenografía de la vida contemporánea,
entonces se desmorona el carácter aislado del trabajo y “la vida se
coloca en el centro de la política en la medida en que lo que está en juego es
la fuerza del trabajo inmaterial” (p. 83). El carácter inmaterial del
capitalismo cognitivo hace que los flujos de productividad se encuentren
dispersos y sea difícil encontrar el núcleo de la producción en el capitalismo
cognitivo.
El capitalismo cognitivo tiene una gran
flexibilidad (Vercellone, 2000). La dimensión cognitiva del trabajo es la
esencia de la actividad humana y también una de las expresiones de esa ligereza.
“(Al) derrumbarse las fronteras entre trabajo y no trabajo, la explotación va
ensanchándose al conjunto de los tiempos sociales y la relación capital/trabajo
conoce una transformación radical” (p. 88). En las sociedades industriales la
disciplina estaba legislada por la ley de valor-tiempo, y justamente durante la
revolución industrial se pretendió establecer un tipo de disciplinamiento a la
clase obrera por medio del tiempo. (Thompson, 2019). De alguna manera, la fábrica
se convirtió en el lugar donde se controlaban los ritmos de la vida social. Pero
en la época del capitalismo cognitivo hay una intelectualidad difusa que
desbarata el tiempo de la fábrica. Ciertamente, este régimen disciplinario,
centrado en la fábrica, tiene una diferencia con el capitalismo cognitivo,
donde el saber disperso rompe con la temporalidad rígida del valor-tiempo y
exige otras formas de control.
Pero a diferencia del saber-hacer de
los antiguos artesanos, los saberes vivos de la intelectualidad difusa no
pueden ser actualmente expropiados por una profundización de la lógica
smithiana de la división del trabajo que ha encontrado su ápice en los
principios taylorlistas y fordistas de la organización del trabajo. Una
expropiación de este tipo no podría ser efectuada sino al precio de una
reducción del nivel general de formación de la mano de obra, nivel que es
reconocido como fuente de la riqueza de las naciones y de la competitividad de
las empresas (Vercellone, 2000, p. 76).
Por tanto, la principal fuente de valor
proviene de la producción de saberes y de la forma en que se crea y apropia el
trabajo vivo, pero ese saber no puede ser expropiado por los clásicos métodos
tayloristas o fordistas, sino que existe nuevas formas de captura.
En actividades como, por ejemplo, la
investigación o la producción de software, el trabajo no se cristaliza en un
producto material separado del trabajador: el producto permanece incorporado en
el cerebro del trabajador y por lo tanto indisociable de su persona. Esto
contribuye a explicar la presión ejercida por las empresas para obtener una
transformación y un reforzamiento de los derechos de propiedad intelectual al
fin de apropiarse de los conocimientos y de bloquear los mecanismos que
permiten su circulación (Vercellone, 2000, p. 102).
En la producción inmaterial las tareas
se presentan como una combinación compleja de la actividad intelectual,
comunicación y cooperación, que están en relación con los cerebros de los
trabajadores. Las distintas formas de apropiación y precarización del capital
posfordista pretenden codificar ese flujo de saberes dispersos en un proceso de
valorización. “La competitividad de las empresas depende [...] de la capacidad
de captar los excedentes productivos que provienen de los recursos cognitivos”
(p. 105). En este sentido, Vercellone (2000) enfatiza cómo se da la captura de
los saberes dispersos, y Negri (2020) señala que esa captura indica la
subsunción directa del trabajo vivo y de la cooperación social dentro del mando
del capital. El trabajo se ha convertido una red de actividades, donde la
circulación de información y el proceso cognitivo es una condición esencial de
la producción.
Una de las tesis centrales de los
últimos trabajos de Negri (2020) es que la productividad social del trabajo se
da en una colmena metropolitana, los antiguos lugares productivos se
entrelazan con nuevas actividades sin lugar. Las nuevas formas de sujeción del
capital se extienden más allá de los muros de la fábrica. “La empresa […]
extiende así su mando sobre el pulular de actividades que producen valor bajo
la nueva forma de acumulación informática” (p. 32). Negri sostiene que en el general intellect,
el capital organiza un conjunto de dispositivos que permiten la expropiación de
ese trabajo producido socialmente. Propiamente, el proceso de valorización en
la producción del capitalismo cognitivo enfatiza el trabajo del sujeto, su
cerebro, sus pasiones y el ambiente cooperativo donde se desarrolla; es la
producción de subjetividades que cooperan entre sí. En este sentido, Negri
entrevé una posibilidad de apropiación de los medios digitales de cooperación,
y donde la multitud devuelve esa propiedad al común y no al del capital, es el
trabajo valorizado por la práctica de la multitud.
El nuevo sujeto colectivo del
capitalismo cognitivo experimenta las contradicciones del capital
(desvalorización, precarización y atravesado por múltiples nodos de control).
Negri considera que esta nueva figura se presenta de forma discontinua en el
espacio y el tiempo; ocupa el espacio y tiempo y crea alternativas a la forma
de desarrollo capitalista. “Hoy todas las formas de trabajo son socialmente
productivas, producen en común, y comparten también el potencial común de
oportunidades de resistencia a la dominación del capital” (Hardt y Negri, 2004,
p. 135). Podemos pensar que hay una vuelta de tuerca a las formas
tradicionales de trabajo, circunscritas en un sitio, pues la producción se da
más allá de la fábrica. Las formas de producción se hacen más difusas. Los
trabajadores de las plataformas Uber, Rappi, y Amazon, dependen de la
producción de información en tiempo real de otros usuarios, lo cual constata lo
difuso de la producción, pero también su alta vulnerabilidad y dependencia. Un
ejemplo de esta transformación contemporánea de la cooperación puede observarse
en la etnografía de Peterlongo (2023), centrada en el trabajo de reparto y
transporte en la economía de plataformas de Italia y Argentina. El estudio
muestra que, bajo condiciones de administración algorítmica, los trabajadores
desarrollan diversas tácticas informales —como el uso de hacking bots
para asegurar turnos— con el fin de sostener sus ingresos y evitar bloqueos o
penalizaciones en las plataformas. Como señala Peterlongo: “los intercambios
informales, los mercados paralelos y las tácticas cotidianas para aumentar la
rentabilidad del trabajo representan lo que algunos académicos han definido
como los circuitos informales de trabajo de la economía de plataformas” (p.
128). Lejos de construir nuevas formas de solidaridad, estas prácticas representan
un conjunto de interdependencias funcionales que se encuentran atravesadas por
la competencia, la precariedad y la vulnerabilidad estructural. La cooperación
adquiere así una forma anómica, donde los sujetos colaboran únicamente para
permanecer en el circuito productivo, sin integración normativa ni
reconocimiento mutuo. “El trabajo de campo ha revelado un terreno altamente
desregulado en el que prácticas informales y ocultas, así como mercados
paralelos depredadores, han proliferado tras bambalinas de la economía de
plataformas” (p.123). Esta evidencia etnográfica nos ayuda a entender que, en
el capitalismo cognitivo, la cooperación ya no opera como principio de cohesión
social, sino como una conectividad desregulada y adaptativa que construye, en
sentido durkheimiano, una cooperación sin comunidad.
Lo mismo sucede con los creadores de
contenido, cuya tarea permite la creación de significados compartidos y códigos
culturales que rigen la vida social y que son monetizados por distintas
plataformas como TikTok. También deberíamos pensar en las actividades que se
encuentran fuera del mercado, los hogares, los barrios, las escuelas que no
adoptan las formas de trabajo asalariado, pero que permiten los procesos de
acumulación y que contribuyen a la producción inmaterial de la riqueza (Fraser,
2023). Es decir, el trabajo que no se consideraba productivo (Marx, 2024a), el
trabajo del hogar que ha sido invisibilizado y que en muchas ocasiones tiene
una naturaleza coactiva. No es un trabajo marginal, sino que se encuentra en la
economía central, pues satisface las necesidades fundamentales de las personas:
salud, vivienda, alimentación, educación y relaciones significativas con otros
(Prainsack y Buyx, 2017). Es un trabajo que carece de reconocimiento. Este
recorrido muestra que el capitalismo cognitivo no solo reconfigura el trabajo
en plataformas y en la producción de saberes, sino también en ámbitos
históricamente invisibilizados como el cuidado. Así, el trabajo inmaterial se
revela como una fuerza productiva ambivalente que puede sostener la vida y
generar cooperación, pero al mismo tiempo objeto de captura y precarización.
V. La teoría anómica marxiana del general
intellect. La ambigüedad del capitalismo cognitivo
El paso del fordismo al capitalismo
cognitivo no sólo reordena la acumulación, sino reconfigura el régimen
normativo de la cooperación y la lógica del poder. En este sentido, la
categoría de anomia adquiere una nueva relevancia teórica. Como ha
señalado Yan (2025), la anomia en la era digital no se limita a la pérdida de
normas, sino que designa una forma de desconexión ética y social producida por
los sistemas algorítmicos que median las interacciones.
Tal como advierte David Harvey (2020), el
neoliberalismo no es simplemente una trasformación de un modelo económico, sino
un proyecto político destinado a restaurar el poder de clase (p. 38). Esta transformación
global supone debilitar los vínculos colectivos, precarizar las condiciones
laborales y el ascenso del individualismo. En este contexto, puede comprenderse
cómo el capitalismo cognitivo reorganiza la cooperación. No como solidaridad
orgánica durkhemiana, sino como cooperación anómica capturada por el capital.
Ahora bien, en la época del capitalismo
cognitivo toma relevancia la ambivalencia de la división del trabajo, es
una producción dispersa por toda la sociedad y, al mismo tiempo, una cooperación
anómica. Ciertamente, el capitalismo contemporáneo no solo codifica la
cooperación social, sino que su producción es intrínsecamente anómica,
es decir, despoja al trabajo vivo de su potencia constituyente
(Virno, 2016). En lugar de la multitud, lo que emerge es una sociedad del
trabajo disperso y las formas de cooperación capturadas por las nuevas formas
de acumulación (Zukerfeld, 2020). Christiaens
(2023) en su artículo retoma una referencia de la novela de Tsumura There’s
no such Thing as an Easy Job:
¿Adivina qué? Con este trabajo, sí que
tenía demasiado tiempo libre. Era extraño porque trabajaba muchísimas horas y,
sin embargo, incluso mientras trabajaba, prácticamente no hacía nada. Llegué a
la conclusión de que había muy pocos trabajos en el mundo que consumieran tanto
tiempo y tan poca capacidad intelectual como supervisar la vida de un novelista
que vivía solo y trabajaba desde casa (p. 204).
Christiaens
advierte que el trabajo en la época del capitalismo cognitivo ocupa gran parte
del tiempo libre aun cuando pase desapercibido. En su discusión con la lectura
optimista del pensamiento italiano, específicamente con Negri y
su lectura del general intellect, él intenta suspender la idea de
que en la época del capitalismo cognitivo se puede insinuar una posibilidad de
emancipación, al menos en las condiciones actuales. Según Christiaens, Marx en El
capital abandonó ese optimismo de los Grundrisse y se refiere a las
máquinas como monstruos mecánicos. Refiere Marx:
En cuanto a
sistema organizado de máquinas de trabajo que sólo reciben su movimiento de un autómata
central, por medio de la maquinaria de transmisión, la industria
maquinizada reviste su figura más desarrollada. La máquina individual es
desplazada aquí por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena fábricas enteras y
cuya fuerza demoníaca, oculta al principio por el movimiento casi solemne
acompasado de sus miembros gigantescos, estalla ahora en la danza localmente
febril y vertiginosa de sus innumerables órganos de trabajo (Marx, 2024a, pp.
458-459).
Marx sostiene que la tecnología moderna
no actúa solamente como fuerza emancipadora, sino como dispositivo de sujeción.
Propiamente, al subsumirse en el sistema de máquinas, el trabajador pierde su
autonomía y queda reducido a un engranaje del mecanismo productivo, en una
posición similar a la del esclavo natural aristotélico. Esta subsunción marca
el inicio de la forma anómica de cooperación que caracteriza al capitalismo
cognitivo. (Christiaens, 2023, p. 205). Creo que es importante reconocer que Marx
tiene una posición compleja y delicada en su concepción del general
intellect (Virno, 2016; Christiaens, 2023).
Christiaens recupera la postura de Marx
en El Capital que enfatiza la pérdida de autonomía del trabajador frente
al desarrollo del general intellect. No obstante, frente a este diagnóstico
desmitificador, Negri insiste en recuperar la potencia emancipadora del trabajo
vivo. Si Christiaens (2023) suspende la idea de que el general intellect pueda
constituir un principio de liberación en el capitalismo cognitivo, Negri
plantea lo contrario, pues precisamente en el trabajo vivo se encuentra el
núcleo del poder constituyente que es irreductible al capital. “Trabajo vivo
contra trabajo muerto; poder constituyente contra poder constituido: esa
polaridad única recorre todo el esquema del análisis marxista y la resuelve en
una totalidad teórico-práctica completamente original” (Negri, 2015, p. 67). En
este sentido, el trabajo vivo no solo produce bienes, sino que construye mundo,
generando creatividad y formas de cooperación nuevas: “El trabajo vivo
construye el mundo, modelando creativamente, ex novo, los materiales que toca
[…] el poder constitutivo del trabajo vivo […] se transforma antes que nada a
sí mismo” (Negri, 2015, pp. 410-411). Esa potencia se expresa como poder
constituyente, que se asienta sobre la cooperación social inherente al trabajo
vivo. “El trabajo vivo encarna el poder constituyente y le ofrece condiciones
sociales generales a cuyo través puede expresarse: el poder constituyente se
instaura políticamente sobre la cooperación social que es connatural al trabajo
vivo” (Negri, 2015, p. 68). Sin embargo, lo que en Negri se entiende
como poder constituyente de la multitud, “la potencia de la multitud se
torna en constitución de la potencia dentro de este proceso, es decir, en la
imparable tensión de la multitud a hacerse actualidad de la potencia” (Negri, 2015,
p. 406). En el capitalismo cognitivo aparece fragmentado y capturado. La
cooperación social, en lugar de desplegar plenamente su fuerza constitutiva, se
convierte en cooperación anómica, canalizada en los circuitos algorítmicos y en
las plataformas digitales que extraen valor de la vida común.
Precisamente, si decimos que la
multitud se coordina a través de la producción del común, y el capital
encarnado en las corporaciones privadas extraen valor de esta autoorganización
al ser propietarias de los modos de apropiación. “El capitalismo contemporáneo
se basa en la subsunción de la cooperación social […] Las empresas de redes
sociales, […] cuentan con las interacciones espontáneas entre individuos para
generar datos que sus algoritmos puedan posteriormente extraer y monetizar” (Christiaens,
2023, p. 206). Christiaens considera que incluso en el llamado Fragmento de
las máquinas se presentan pasajes que podrían indicar una tensión en la
afirmación de que general intellect podría convertirse en una potencia
liberadora del trabajador: “La maquinaria más desarrollada, pues, compele
actualmente al obrero a trabajar más tiempo que el que trabaja el salvaje o que
el que trabajaría el mismo obrero con herramientas más sencillas y toscas” (Marx,
2005, p. 232). Marx afirma que el desarrollo del saber productivo en modo
alguno podría ser un momento de liberación, sino la metamorfosis del trabajo
adecuado históricamente por el capital, “donde la acumulación del saber y de la
destreza, de las fuerzas productivas del cerebro social, es absorbida así, con
respecto al trabajo, por el capital” (p. 220). Entonces, el capital sujeta a
las máquinas y al trabajo vivo en el proceso de acumulación, de hecho, el
trabajo humano se convierte en una extensión.
La ciencia que obliga a los miembros
inanimados de la máquina, por su construcción, a actuar con un propósito, como
un autómata, no existe en la conciencia del trabajador, sino que actúa
sobre él a través de la máquina como un poder ajeno, como el poder de la
máquina misma (p. 219).
Este pasaje muestra que el desarrollo
del general intellect en lugar de objetivar una forma de liberación, produce
una racionalidad técnica como una forma de sujeción que se imponen al
trabajador. En este sentido, nuestra lectura marxiana del general intellect
podría tener similitudes con la concepción durkheimiana de la anomia.
Ciertamente, el antagonismo entre capital y trabajo vivo reproduce una forma de
cooperación anómica, en la que los sujetos se encuentran vinculados por
relaciones funcionales pero desprovistos de solidaridad. En la era digital,
esta cooperación sin comunidad adquiere un nuevo sentido. Shoshana Zuboff
(2019) ha mostrado que la cooperación mediada por plataformas implica una
vigilancia algorítmica y una autoexplotación. Así, la anomia ya no se presenta
como desintegración sino como hiperintegración funcional, en la que las normas
son reemplazadas por métricas, calificaciones y recompensas digitales que dirigen
el comportamiento sin generar sentido de cohesión.
Desde esta perspectiva, puede
formularse una teoría anómica del general intellect, en la que la cooperación
propia del capitalismo cognitivo aparece como una coordinación sin sentido
compartido, regida por la racionalidad sometida a los circuitos de valorización.
La anomia no sería aquí un resto indeseable de la modernidad industrial, o una
falta de nivelación en las condiciones históricas como lo pensaría Durkheim,
sino la forma estructural de la cooperación digital contemporánea.
Como lo han advertido Christiaens
(2023) y Zukerfeld (2020) en el capitalismo cognitivo hay nuevas formas de
desposesión. La producción que se encuentra dispersa por toda la sociedad
podría dar la ilusión de cooperación, pero los sujetos son convertidos en medios
para la fabricación de datos. En plataformas como Facebook hay una sujeción
donde los productores están integrados en un sistema de automatismos
tecno-lingüísticos que orientan su conducta hacia direcciones rentables. (Christiaens,
2023). Existe una diferenciación que es susceptible de esconder formas
profundas de sujeción: los sujetos tienen la ilusión de producir libremente,
pero están insertados en los automatismos tecno-lingüísticos, su tiempo y su
energía quedan codificados en el capital.
Estas nuevas formas de cooperación
anómica características del capitalismo cognitivo implican que los
individuos se inserten en los circuitos de datos que aumentan la
productividad informacional sin que esto muestre una comprensión de su importancia
en el proceso. Como advierte Christiaens: “Cuando la gran industria impone el
dominio del capital como un sistema automático sobre los trabajadores, estos
pierden la capacidad cognitiva para tomar sus propias decisiones conscientes
sobre su trabajo.” (p. 209). “El trabajo no desaparece, sino que aparece
codificado en los dispositivos técnicos de la vida común. Cuando el trabajo
tiende a convertirse en su generalidad en trabajo cognitivo, la cooperación
social encuentra en la red su ámbito más adecuado” (Berardi, 2003, p. 74). Las
nuevas formas de cooperación anómica son canales que permiten la
realización de los distintos procesos de acumulación en el capitalismo actual. La
subsunción mental al capital se ha convertido en una verdadera fuente de valor
(Berardi, 2019b).
Así pues, las nuevas formas de
ocupación en el capitalismo cognitivo se someten a los comandos del capital. “Los
trabajadores se limitan a ejecutar las órdenes automatizadas del capital,
comunicadas a través de la tecnología del lugar de trabajo. Se les priva
sistemáticamente de todo control sobre el proceso de producción.” (Christiaens,
2023, p. 210). Un ejemplo se presenta en los trabajadores de Uber que no
deciden ni la ruta ni el precio de su trabajo, sino que los movimientos
algorítmicos determinan sus oportunidades de ingreso.
La
cooperación es capturada por los automatismos algorítmicos de las plataformas. Esta
captura representa formas de sujeción y de trabajo enajenado que se dan más
allá de los muros de la fábrica. En los algoritmos y su automatismo puede
reconocerse la continuidad de los antiguos mecanismos de subordinación. Si lo
pensamos desde Durkheim es una forma de cooperación que no es generadora de
cohesión. Cuando los movimientos están mal ajustados se resquebraja la cohesión
(Durkheim, 2007). Se produce un trabajador que coopera, pero que se encuentra
aislado. El tiempo de trabajo se desborda más allá de la fábrica, diluyendo los
límites entre el tiempo de trabajo y ocio (Christiaens, 2023). En el
capitalismo cognitivo la subsunción real de la sociedad al capital implica la
subsunción mental que incrementa la producción de datos insertos en los
circuitos de valorización. Las elecciones individuales están entrelazadas con las
de otros usuarios y son canales que permiten lograr los procesos de
valorización capitalista como en el caso de Facebook. Manriquez (2019) en un
estudio etnográfico sobre los conductores de Uber en Monterrey muestra lo que
hemos denominado en este artículo como cooperación anómica.
Cuando los conductores inician sesión
en la aplicación, se les asigna, mediante un logaritmo matemático, al cliente
más cercano que esté solicitando un viaje en ese momento. El conductor tiene 30
segundos para aceptar o rechazar el viaje; en caso de rechazo, el viaje se
transfiere a otro conductor cercano. […] De igual forma, Francisco, un vendedor
de 60 años y conductor de Uber, describió su adicción a aceptar: Te digo que no
pasan ni cinco minutos sin que me pidan otro viaje; para ser sincero, se vuelve
adictivo. Mi esposa me dice que vuelva a casa a comer, pero luego tengo otro
cliente en la fila y no puedo parar de trabajar. Lo veo como un videojuego y tú
ves los viajes como símbolos de monedas (p.174)
Manriquez muestra algunas experiencias
de cómo la gestión del tiempo está mediada por la plataforma. La plataforma
gestiona el tiempo de trabajo, pero al mismo tiempo da la impresión de
autonomía. El trabajo de los conductores es producto de una cooperación
codificada por los circuitos de valorización. Hartmut Rosa (2019) sostiene que
el smartphone —en el caso de los conductores de Uber— supone una transformación
entre el sujeto y la tecnología, es mucho más capaz que nosotros para saber
dónde nos encontramos, cuál es el clima, quienes somos, a dónde debemos ir y a
quién debemos recoger. Se muestra cómo el carácter misterioso de la mercancía-trabajo
se le enfrenta como un poder extraño, algo que vacía la experiencia y que
termina configurando el nudo de la subjetividad (Marx, 2024a). “La tecnología
se apodera subrepticiamente del propio proceso de pensamiento e instrumentaliza
a los usuarios humanos para la producción de datos. Las personas ya no pueden
pensar ni sentir con claridad sin sistemas de apoyo digitales.” (Christiaens,
2023, p. 213). En este sentido, el sujeto contemporáneo corre el riesgo de
convertirse en un autómata, como aquel descrito por Marx en los Grundrisse,
subordinado a una racionalidad técnica.
En este sentido, la anomia durkheimiana
asume otras formas no previstas, los vínculos sociales y la cooperación han
sido codificados por el capital. La segmentación del trabajo, fragmentación de
la experiencia y flexibilización genera una cooperación anómica. Durkheim
había anticipado las patologías que proceden de una división del trabajo que no
lograba integrarse moralmente. En el capitalismo cognitivo, las patologías de
Durkheim se reconfiguran bajo nuevas condiciones.
El pensamiento italiano contemporáneo de
Virno y Berardi han analizado las ambivalencias del general intellect, los
efectos emancipadores tienden a quedar subordinados, convirtiéndose en un
dispositivo de captura de la subjetividad. Las formas de cooperación, afecto,
lenguaje e inteligencia colectiva son fuentes de valorización. Sostenemos que
las formas de cooperación en el capitalismo cognitivo son indudables, pero
éstas han derivado en formas de sujeción más sutiles siendo atravesadas por una
precariedad y segmentación.
Esta lógica no se limita a los trabajos
digitales. También atraviesa aquellas actividades que se consideraban no productivas
(Marx, 2024a). Ciertamente, el trabajo del hogar que ha sido invisibilizado y
que en muchas ocasiones tiene una naturaleza coactiva. No es un trabajo
marginal, sino que se encuentra en la economía central, pues satisface las
necesidades fundamentales de las personas: salud, vivienda, alimentación,
educación y relaciones significativas con otros (Prainsack y Buyx, 2017). Es un
trabajo que carece de reconocimiento. En el capitalismo cognitivo, estos
trabajos son centrales para la producción de valor, pues garantizan la
reproducción de las condiciones afectivas, cognitivas y vitales que permiten la
cooperación social.
En suma, la tesis que recorrió este artículo
es que el capitalismo cognitivo produce cooperación, pero no como potencia constituyente
de la multitud (Negri, 2015), sino como cooperación anómica: una interdependencia
sin solidaridad y productividad sin reconocimiento.
VI. Reflexiones finales
Este trabajo no pretende clausurar la
posibilidad de emancipación. En El manifiesto del partido comunista, la
lucha de clases se muestra como el motor de la historia (Marx y Engels, 2020);
y el trabajo vivo la principal fuente de antagonismo (Hardt y Negri, 2004;
Hardt y Negri, 2011). Según esto, las formas de subsunción del capitalismo
cognitivo que son producto de la historia son susceptibles de ser contestadas a
partir de su misma naturaleza antagónica.
Para Durkheim, la anomia disuelve los
vínculos y eclipsa el reconocimiento de los individuos. En la época del general
intellect la división del trabajo viene acompañada por formas de sujeción
sutiles. Precisamente, lo que emerge en el capitalismo cognitivo no es una
solidaridad orgánica, sino una cooperación anómica que fragmenta,
precariza y despolitiza la vida de los sujetos.
Por ello, Negri y Hardt han pensado el general
intellect y la producción inmaterial es un poder constituyente que podría
ser susceptible de apropiación por parte de la multitud. No obstante, en las
condiciones actuales predomina la captura algorítmica de la cooperación, que termina
desarticulando la idea de un sujeto político que pudiera contestar a esas
formas de captura. Por lo tanto, la recuperación de autonomía no puede pensarse
como un efecto de la simple extensión del general intellect, sino como
el resultado de la relación antagónica, dispositivos y poder contestatario del
trabajo vivo ante el capital.
En un plano normativo, Prainsack y Buyx
(2018) han mostrado los límites de un régimen que valora el trabajo a partir del
mercado y no por su importancia para la sociedad, proponiendo un marco de solidaridad
que reordene el reconocimiento y reduzca la fragmentación (Durkheim, 2007). Como
mencionan:
Para preservar la solidaridad que es
vital para el florecimiento y la cohesión social de las sociedades futuras,
debemos superar los prejuicios que nos llevan a atribuir más valor a los
empleos que obtienen mejores resultados en el mercado laboral que al trabajo (a
menudo no remunerado o mal remunerado) necesario para el funcionamiento básico
de nuestras sociedades. (Prainsack y Buyx, 2018, p. 590).
Nuestros hallazgos pueden resumirse de
la siguiente manera. Primero, con Durkheim mostramos que la división del
trabajo no garantiza necesariamente cohesión. La ausencia de marcos normativos
adecuados deriva en anomia. La digitalización produce un desajuste sistemático
entre especialización y solidaridad. Segundo, con Marx recuperamos la
ambivalencia del general intellect. La cooperación social se convierte
en la principal fuerza productiva, pero los modos de subordinación del capital
reorganizan las formas de captura. Tercero, el pensamiento italiano
contemporáneo actualiza esa tensión. Para Negri, el trabajo vivo conserva
potencia constituyente; para Virno, Berardi y Vercellone, la centralidad del
conocimiento, el lenguaje y los afectos reconfigura tanto el valor como los
dispositivos de captura. Cuarto, los aportes recientes de Christiaens y Yan
muestran que la mediación algorítmica introduce anomia digital.
A lo largo del texto hemos planteado
que la cooperación debe repensarse como colaboración digitalmente mediada, y la
anomia como el resultado del exceso de regulación algorítmica. Esta relectura
permite actualizar la tradición durkheimiana y marxiana desde el contexto del
capitalismo cognitivo. A partir de ello proponemos la noción de cooperación
anómica como una forma de interdependencia social eficaz para los circuitos de
valorización, pero normativamente vaciada de sentido. En suma, la tesis que
recorre este artículo es que el capitalismo cognitivo sí produce cooperación,
pero específicamente en una forma anómica. Es decir, interdependencia sin
comunidad y productividad sin reconocimiento. Así, el desafío teórico y
político consiste en desacoplar cooperación de captura. Es necesario transformar
el general intellect en formas de contestación del común capaces
de limitar el mando algorítmico, redistribuir tiempo y valor (incluidos los
trabajos no productivos) y reconfigurar las condiciones morales de solidaridad.
Solo así podrá mostrarse la potencia del trabajo vivo y su poder de configurar
nuevamente el mundo.
Referencias
Alfaro,
E. (2022). El malestar en la sociedad moderna: anomia e individualismo. Revista
Pares – Ciencias Sociales, 2(2), 256–269.
Berardi,
F. (2019a). Fenomenología del fin: Sensibilidad y mutación conectiva.
Caja Negra Editora.
Berardi,
F. (2019b). Futurabilidad. Caja Negra Editora.
Berardi,
F. (2003). La fábrica de la infelicidad. Traficantes de sueños.
Han,
B.-C. (2022). No-cosas. Quiebras del mundo de hoy. Taurus.
Castells,
M. (2006). La era de la información (Vol. 1). Siglo XXI.
Christiaens,
T. (2023). General intellect, conscious organs: Marx’ Aristotelian theory of
alienation in the machine fragment. Shift. International Journal of
Philosophical Studies, 2020(1–2), 203–213.
De
Souza, L. G. da C. (2018). Division of labour in Durkheim, Marx and Honneth:
Contributions to a political economy of recognition. Civitas: Revista de
Ciências Sociais, 18(3), 654–668. https://doi.org/10.15448/1984-7289.2018.3.31068
Durkheim,
E. (2007). La división del trabajo social. Colofón.
Durkheim,
E. (2014). Las formas elementales de la vida religiosa. Alianza
Editorial.
Durkheim,
E. (2019). Las reglas del método sociológico y otros ensayos de metodología.
FCE.
Fraser,
N. (2023). Capitalismo caníbal. Siglo XXI.
Hardt,
M. y Negri, A. (2004). Multitud. Debate.
Hardt,
M. y Negri, A. (2014). Imperio. Paidós.
Hardt,
M. y Negri, A. (2011). Commonwealth. El proyecto de una revolución del común.
Akal.
Harvey,
D. (2020) Breve historia del neoliberalismo. Akal.
Jiménez,
L. A. (2022). Reseña. De la fábrica a la metrópolis. Revista Filosofía
UIS, 21(2), 327–332.
https://doi.org/10.18273/revfil.v21n2-2022016
Lazzarato,
M. (2013). La fábrica del hombre endeudado. Amorrortu.
Manriquez,
M. (2019). Work‑games in the gig‑economy: A case study of Uber drivers in the
city of Monterrey, Mexico. In S. P. Vallas & A. Kovalainen (Eds.), Work
and labor in the digital age (Vol. 33, pp. 165–188). Emerald Publishing.
https://doi.org/10.1108/S0277-283320190000033002
Marx,
K. (2005). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política
(Grundrisse) 1857–1858. Siglo XXI.
Marx,
K. (2010). Manuscritos económicos filosóficos. Alianza Editorial.
Marx,
K. (2024a). El capital. Crítica de la economía política (3 vols.). Siglo
XXI.
Marx,
K. (2024b). Miseria de la filosofía. Siglo XXI.
Marx,
K. y Engels, F. (2014). La ideología alemana. Akal.
Merton,
R. K. (2024). La división del trabajo social de Durkheim. Revista Española
de Investigaciones Sociológicas, (99), 201–209. https://reis.cis.es/index.php/reis/article/view/681
Míguez,
P. (2013). Del general intellect a las tesis del “capitalismo cognitivo”:
Aportes para el estudio del capitalismo del siglo XXI. Bajo el Volcán, 13(21),
27–57. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28640302003
Moulier-Boutang,
Y. (2006). De la esclavitud al trabajo asalariado. Economía histórica del
trabajo asalariado embridado. Akal.
Negri,
A. (2015). El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la
modernidad. Traficantes de Sueños.
Negri,
A. (2008). La fábrica de porcelana. Paidós.
Negri,
A. (1977) La forma stato. Per la critica dell´economia politica della
Costituzione. Feltrinelli.
Negri,
A. (2019). Marx y Foucault. Cactus.
Negri,
A. (2020). De la fábrica a la metrópolis. Cactus.
Negri,
A. (2017, 25 de abril). Postoperaismo? No, operaismo [Conferencia].
Cambridge. Publicado en EuroNomade. https://www.euronomade.info/postoperaismo-no-operaismo
Peterlongo,
G. (2023). Unpacking informality in the gig-economy: Ethnographic insights
into platform capitalism and its baroque labour process. Sociologia del
Lavoro, 167, 121–140. https://doi.org/10.3280/SL2023-167006
Prainsack,
B., y Buyx, A. (2018). The value of work: Addressing the future of work through
the lens of solidarity. Bioethics, 32(9), 585–592. https://doi.org/10.1111/bioe.12507
Reis,
M. (Comp.). (2020). Neo-operaísmo. Caja Negra Editora.
Rosa,
H. (2019). Resonance. Cambridge University Press.
Sennett,
R. (2000). La corrosión del carácter. Anagrama.
Thompson,
E. P. (2019). Costumbres en común. Capitán Swing.
Tronti,
M. (2001). Obreros y capital. Akal.
Vercellone,
C. (2000). Capitalismo cognitivo. Renta, saber y valor en la época
posfordista. Prometeo Libros.
Virno,
P. (2001). General intellect. In A. Zanini & U. Fadini (Eds.), Lessico
postfordista. Dizionario di idee della mutazione (pp. 146–152).
Feltrinelli.
Virno,
P. (2016). Gramática de la multitud: Para un análisis de las formas de vida
contemporáneas. Traficantes de Sueños.
Yan,
F. (2025). Ethical analysis of anomie: From Durkheim to the digital age. Sociology
Compass, 19(3), e70107. https://doi.org/10.1111/soc4.70107
Zuboff,
S. (2019). The age of surveillance capitalism. Profile Books.
Zukerfeld,
M. (2020). Bits, plataformas y autómatas: Tendencias del trabajo en el
capitalismo informacional. Revista Latinoamericana de Antropología del
Trabajo, (4), 70–91.