(Des)habitar lo privado: experiencias suspendidas en viviendas abandonadas por violencia en la región de Juárez

 

(Un)inhabiting the Private: Suspended Experiences in Homes Abandoned Due to Violence in the Juárez Region

 

Salvador Salazar Gutiérrez

salvador.salazar@uacj.mx

Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México

ORCID: 0000-0002-5205-4743

 

 

ARTÍCULO

 

Recibido: 24|09|2025 • Aprobado: 31|10|2025

 

RESUMEN

 

El artículo analiza cómo la violencia atroz en Ciudad Juárez y el Valle de Juárez ha transformado radicalmente las formas de habitar el espacio íntimo de la vivienda. A partir de una perspectiva ontológica, fenomenológica y crítica, se articulan los aportes de Martin Heidegger, Gastón Bachelard, Walter Benjamin y Pamela Colombo para conceptualizar la noción de experiencia suspendida: una interrupción del habitar provocada por eventos traumáticos como desapariciones forzadas, desplazamiento y masacres. El texto propone que las viviendas marcadas por la violencia deben ser comprendidas no solo como ruinas materiales, sino como lugares de memoria, donde se condensan el duelo, la resistencia y la memoria colectiva. Retomando a Elizabeth Jelin, se argumenta que estos espacios constituyen escenarios simbólicos de disputa, justicia y resignificación. La propuesta apunta a repensar la vivienda como archivo afectivo y político, y a fomentar intervenciones urbanas con enfoque de memoria en contextos de violencia estructural.

 

Palabras clave: espacio privado; experiencia suspendida; violencia; lugar de memoria

 

ABSTRACT

 

This article examines how extreme violence in Ciudad Juárez and the Juárez Valley has deeply disrupted the experience of inhabiting domestic space. Drawing from ontological, phenomenological, and critical perspectives, it brings together the ideas of Martin Heidegger, Gastón Bachelard, Walter Benjamin, and Pamela Colombo to propose the concept of suspended experience: a fractured sense of dwelling caused by traumatic events such as forced disappearances, displacement, and massacres. The paper argues that homes affected by violence should not be seen merely as physical ruins but as sites of memory where grief, resistance, and collective memory converge. Inspired by Elizabeth Jelin’s work, the article frames these spaces as symbolic arenas for dispute, justice, and community-based reappropriation. Ultimately, it calls for a rethinking of housing as affective and political archives and urges urban interventions grounded in memory practices in regions impacted by structural violence..

 

Key words: intimate space; suspended experience; violence; site of memory

 

Introducción

En las dos últimas décadas la región de Ciudad Juárez, en el norte del estado de Chihuahua, ha enfrentado una serie de fenómenos de violencia que, dada su magnitud y expresión de crueldad, podríamos considerarlas como violencias de lo atroz. En particular, los casos de secuestros o “levantones” en espacios habitacionales, varios de ellos considerados como desaparición forzada por las autoridades de justicia, son un acontecimiento que fractura, pulveriza o erosiona el sentido de habitar como posibilidad de existencia el espacio íntimo propio del hogar. Solo en el caso del municipio de Juárez, datos de la Fiscalía General del Estado[1] muestra que entre los años 2012 al 2024, ocurrieron 2093 casos de homicidio o secuestro -levantones- dentro de viviendas particulares. Partimos como señala Pichardo (2016) que la vivienda no solo responde a una necesidad de resguardo, sino a cómo desde ahí se ordena el universo del individuo, ante un evento de violencia atroz, este lugar y su experiencia de “estar ahí” se colapsa gestando no solo abandono sino una temporalidad fracturada que aquí nombraré como experiencia suspendida. La pregunta central de la que parto es, ¿qué ocurre con la experiencia de habitar cuando el hogar —espacio de resguardo y afecto— se convierte en escenario de violencia atroz, y cómo esta interrupción puede ser comprendida y transformada, desde la categoría de experiencia suspendida, en un proceso de resignificación y memoria colectiva?

En esta línea, desde un punto de vista de análisis estadístico en Ciudad Juárez, estudios como el de Cesar Fuentes (2016) han mostrado el impacto en el incremento de delitos en zonas donde se ha presentado con mayor número casos de viviendas abandonadas. Se suman otros trabajos como Maycotte y Sánchez (2010), para quienes la problemática del abandono de vivienda en esta ciudad fronteriza obedece a una carente política pública adecuada en la atención del fenómeno, así como al histórico problema de la dispersión y la segregación gestada por una carente política de planificación urbana y la voracidad del mercado inmobiliario. En particular, un fenómeno que está ligado a nuestro interés, es la relación que se establece entre fraccionamientos en la periferia de la ciudad con número importante de viviendas en abandono, y el incremento de delitos ligados al consumo de estupefacientes, robo, homicidio, pero en particular desaparición de personas a causa de operativos de seguridad o presencia de grupos criminales.

Más allá de una perspectiva urbanística que aborde a la ya producción importante del abandono de vivienda, el objetivo central del texto es plantear a partir de una perspectiva enmarcada en el giro subjetivo, las fracturas que se gestan en las maneras de habitar el espacio íntimo cuando sus habitantes enfrentaron un acontecimiento de violencia atroz dentro del espacio de la vivienda. Así como un ejercicio ético político desde la arquitectura, para considerar la posibilidad de intervenir estos espacios como lugares de memoria. Por experiencia suspendida referiré a una forma de habitar interrumpida, en la cual el curso ordinario de la vida cotidiana queda fracturado por la irrupción de la violencia en el espacio íntimo. Supone un desajuste temporal —el tiempo deja de fluir como continuidad biográfica y se congela en un instante traumático— y un desajuste espacial, donde la vivienda, que debería ser refugio y centro de lo familiar, se convierte en escenario de lo siniestro y en umbral entre vida y muerte. Esta suspensión no implica vacío, sino una densidad de significados inconclusos, donde memoria, duelo y posibilidad de futuro permanecen en tensión.

Para desarrollar a lo largo del texto la discusión, será central un diálogo crítico a partir de los planteamientos en torno al habitar desde una mirada fenomenológica como plantean Martin Heidegger (1951) y Gastón Bachelard (1957), y a partir de ello enfatizar el aporte en torno a la categoría de experiencia suspendida respaldado desde la visión de Pamela Colombo (2019). Además, Walter Benjamin (2000) con su mirada sobre el tiempo como catástrofe y las implicaciones en el devenir ante situaciones traumáticas, y Elizabeth Jelin (2002) desde sus aportes en torno a los lugares de memoria en contexto de violencia de Estado. El análisis se fundamenta en una perspectiva ontológica, fenomenológica y crítica para comprender cómo la violencia territorializada en esta región no sólo desestructura el tejido social y urbano, sino que también marca profundamente los espacios domésticos, las subjetividades y las memorias. Así, se busca aportar a las discusiones contemporáneas sobre ciudad, desplazamiento, vivienda y memoria, problematizando las consecuencias del abandono-retorno habitacional como una forma radical de despojo o suspensión en la frontera norte de México

 

Habitar: entre el ser-en-el-mundo y la poética del espacio

La noción de "habitar" ha sido, a lo largo del siglo XX, un concepto crucial en el pensamiento filosófico, especialmente en la obra de Martin Heidegger y Gastón Bachelard. Aunque ambos reflexionan sobre la relación entre el ser humano y el espacio, sus perspectivas divergen en el énfasis, el sentido y la implicación de habitar. Mientras Heidegger (1951) ofrece una conceptualización ontológica del habitar, como el modo fundamental del ser-en-el-mundo, Bachelard (1957) introduce una perspectiva fenomenológica y poética, centrada en la experiencia afectiva de los espacios íntimos. Habría que considerar que ambos enfoques han gestado reflexiones profundas en el modo tradicional en que la arquitectura y el urbanismo han concebido la vivienda.

En su conferencia Construir, habitar, pensar Heidegger (1951) sostiene que habitar no es simplemente residir o establecerse físicamente en un lugar, sino que constituye un modo esencial del ser. Habitar es la forma en que los humanos existen en el mundo, enraizados en el entrelazamiento del "cuádruple": tierra, cielo, mortales y divinidades. En esta visión, construir (como acto arquitectónico) debe estar subordinado a la necesidad de habitar; es decir, la edificación de casas, puentes o ciudades debe responder a la promoción de un habitar auténtico. Para Heidegger, el peligro moderno reside en olvidar esta raíz: al tratar la construcción como un simple acto técnico o funcional, se pierde la conexión ontológica entre el ser humano y su mundo.

En contraste, el texto La poética del espacio de Bachelard (1957), explora la manera en que los seres humanos experimentan los espacios íntimos de la casa, como puede ser un sótano, una habitación, o simplemente un rincón. Desde una perspectiva fenomenológica, Bachelard se interesa por los recuerdos, sueños y resonancias afectivas que los espacios despiertan en la subjetividad. Para él, habitar es un acto de imaginación: es en el sueño y en la memoria donde la casa se convierte en el primer universo del ser humano, el escenario de su intimidad más profunda. La casa natal, en particular, inscribe en el cuerpo y en la mente una matriz de experiencias que condiciona la percepción de todos los espacios futuros.

La diferencia fundamental entre ambos pensadores reside en el carácter de su aproximación: Heidegger concibe el habitar como un fundamento existencial, mientras que Bachelard lo entiende como una construcción poética y simbólica. Para Heidegger, el habitar antecede y estructura cualquier actividad humana, es la condición previa del construir. Para Bachelard, el habitar es un ejercicio de apropiación sensible que enriquece la existencia, a través de la ensoñación y la afectividad.

En el campo tradicional de la arquitectura y el urbanismo, la recepción de estas ideas ha sido desigual. La mayor parte de los enfoques técnicos y funcionalistas de la vivienda han privilegiado una visión pragmática: la casa como refugio físico, como respuesta a necesidades básicas de protección, higiene y comodidad. Desde el Movimiento Moderno, influido por figuras como Le Corbusier, la vivienda fue pensada como una máquina de habitar, una estructura racionalizada y estandarizada que optimizara el uso del espacio y los recursos. Esta concepción funcionalista, aunque revolucionaria en su momento, tendió a reducir el habitar a una cuestión de eficiencia espacial y material, en el sentido de que "habitar" se convierte en "ocupación", y la "casa" en "vivienda". En este marco, el profundo enraizamiento existencial del ser humano en el espacio, como plantea Heidegger, o su dimensión poética y afectiva, como sugiere Bachelard, quedan en gran medida desatendidos. Sin embargo, a partir de las décadas finales del siglo XX, surgieron corrientes críticas dentro de la arquitectura que buscaron recuperar una comprensión más amplia del habitar. El "regionalismo crítico" de Kenneth Frampton (1983), retoma algunas intuiciones heideggerianas al insistir en que la arquitectura debe arraigarse en el lugar, en su geografía, en su clima y cultura, para fomentar un habitar auténtico. Por otro lado, la corriente de "atmosferas" impulsada por Peter Zumthor (2004) se acerca a la sensibilidad bachelardiana, al subrayar la importancia de las experiencias sensoriales, emocionales y subjetivas que los espacios arquitectónicos pueden generar.

Hoy, en el contexto de crisis habitacional, desplazamientos forzados y violencia urbana, la reflexión sobre el habitar se vuelve más urgente que nunca. Comprender la vivienda más allá de su función utilitaria implica reconocer que habitar es tanto una necesidad ontológica en el sentido de Heidegger, o como un acto de imaginación y afecto considerando a Bachelard. El desplazamiento, el abandono forzado del hogar, o la habitación de espacios marcados por la violencia, ponen de relieve que habitar no es simplemente "estar en" un lugar, sino "ser-con", "soñar-con", "recordar-con". Espacios que han perdido su carácter de refugio, que han sido vulnerados o profanados, desafían radicalmente la posibilidad de un habitar pleno. Al respecto, el aporte de Heidegger y Bachelard invita a pensar el habitar en su complejidad: como un modo de ser-en-el-mundo que conecta al ser humano con su entorno, y como un ejercicio de imaginación sensible que da sentido y profundidad a los espacios. Esta doble dimensión, existencial y poética, ofrece un marco valioso para reimaginar la vivienda y la ciudad contemporáneas, no solo como soluciones funcionales, sino como escenarios vivos de significación y de trayectoria de vida.

 

Desplazamiento y abandono: violencias en el espacio íntimo 2010-2025

En los últimos quince años, la región de Ciudad Juárez han sido epicentros de una violencia sin precedentes en la historia reciente de México (Salazar, 2020). La intensificación de la disputa entre cárteles de la droga, la militarización de la seguridad pública y la descomposición del tejido social provocaron no solo miles de homicidios, sino también fenómenos de abandono masivo de viviendas y desplazamiento forzado de comunidades enteras.

Entre 2008 y 2012, Ciudad Juárez fue considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo, alcanzando tasas de homicidio de hasta 300 por cada 100,000 habitantes (Monárrez Fragoso, 2012). Esta violencia extrema se extendió hacia los poblados rurales del Valle de Juárez, como Guadalupe, Praxedis G. Guerrero y otros asentamientos a lo largo del río Bravo. Estos espacios, tradicionalmente agrícolas, se convirtieron en rutas estratégicas para el tráfico de drogas y personas, intensificando la lucha territorial entre grupos como el Cártel de Sinaloa y La Línea.

De acuerdo con investigaciones de El Diario de Juárez y La Verdad de Juárez, hacia 2011 cerca del 60% de las viviendas en el Valle de Juárez habían sido abandonadas. Guadalupe, uno de los municipios más afectados, pasó de tener más de 3,000 habitantes a menos de 1,000 en menos de tres años (La Verdad de Juárez, 2015). El éxodo fue silencioso pero masivo: familias completas dejaron sus hogares, muchas veces de manera repentina, dejando pertenencias atrás, motivadas por amenazas directas, extorsiones, asesinatos de familiares o simplemente el terror latente.

La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) documentó que entre 2006 y 2020, alrededor de 346,000 personas en México fueron desplazadas forzosamente por violencia, y que Chihuahua —con especial énfasis en el Valle de Juárez— figura entre las entidades con mayor número de desplazamientos internos (CMDPDH, 2020). La falta de una política pública clara para atender a los desplazados dejó a miles en situación de extrema vulnerabilidad, tanto dentro de otras zonas de Juárez como en migraciones hacia el interior del país o hacia Estados Unidos.

El abandono de viviendas tuvo un impacto urbano y social devastador. Colonias enteras en la ciudad y el valle quedaron convertidas en pueblos fantasmas: casas saqueadas, escuelas vacías, calles desiertas. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, en Ciudad Juárez se registraron para 2015 alrededor de 111,000 viviendas abandonadas, muchas de ellas producto del desplazamiento forzado (SEDATU, 2016). Aunque no todas estaban en el valle rural, una parte significativa correspondía a esas zonas.

La dinámica de abandono generó además efectos negativos: casas vacías se volvieron espacios propicios para la actividad criminal (extorsión, secuestro, tráfico de drogas), exacerbando aún más la inseguridad y dificultando el retorno de los desplazados. Como documentó Animal Político (2018), los intentos de repoblamiento o rehabilitación de estas zonas han enfrentado enormes retos debido a la persistente percepción de peligro y la falta de garantías de seguridad real.

La violencia también golpeó los espacios de la vida cotidiana: escuelas, templos, plazas, campos de cultivo. En el caso de Guadalupe, los informes periodísticos mostraban cómo los pocos niños que quedaban debían ser escoltados para asistir a clases, y cómo iglesias y cementerios —tradicionales núcleos de la vida comunitaria— quedaron abandonados o bajo el control fáctico de grupos criminales (La Jornada, 2011).

Aunque entre 2015 y 2019 los niveles de homicidio en Ciudad Juárez disminuyeron, la región del valle no se ha recuperado. Recientemente se sigue mostrando una persistencia de dinámicas de violencia vinculadas a nuevas generaciones del crimen organizado, y los programas gubernamentales de reconstrucción han tenido resultados limitados. La percepción de inseguridad y desconfianza en las autoridades sigue siendo el principal obstáculo para el retorno de quienes fueron desplazados.

Podríamos considerar que tanto en Ciudad Juárez como en la zona del valle de Juárez ejemplifica dramáticamente cómo la violencia criminal puede provocar no solo muerte directa, sino también la destrucción del tejido espacial, afectivo y comunitario de una región entera. El abandono de viviendas y el desplazamiento forzado no son meros efectos colaterales, sino expresiones de una guerra territorial que despojó a miles de su derecho básico a habitar y vivir en paz. Frente a esta realidad, la memoria de los espacios vacíos, las casas abandonadas y las calles silenciosas siguen interrogando sobre los límites de la violencia y la deuda pendiente de justicia y reconstrucción.

 

Deshabitar lo íntimo: experiencia suspendida

La violencia en Juárez exacerbada en los últimos quince años, ha provocado secuestros masivos, desplazamientos forzados y una reconfiguración brutal de los espacios cotidianos. En este sentido propongo la categoría de experiencia situada como una forma de habitar interrumpida, donde el espacio doméstico, marcado por la violencia, se convierte en un umbral entre la vida y la muerte, entre la memoria y el presente, imposibilitando la continuidad del tiempo cotidiano. Un estar en el mundo atravesado por la ausencia, la amenaza persistente y la imposibilidad de reconciliar lo que fue con lo que es, donde la casa ya no funciona como refugio, sino como archivo traumático, como ruina habitada por lo espectral[2].

Para analizar esta transformación, resulta iluminador retomar a Walter Benjamin y su categoría de catástrofe-ruina, así como Pamela Colombo, quien, desde su estudio sobre la desaparición forzada en Argentina, propone conceptos clave como (des)habitar, la irrupción de lo siniestro en lo doméstico, la superposición temporal-espacial y la casa como tumba simbólica. Estos ejes permiten comprender de manera más profunda las huellas que deja la violencia en los espacios y en los cuerpos que sobreviven.

El concepto de (des)habitar, acuñado por Colombo, describe la tensión que experimentan quienes deben continuar viviendo en espacios que han sido intervenidos violentamente. "(Des)habitar da cuenta del carácter ambivalente que supone el vivir en un lugar junto con lo ausente, ocupar un lugar y simultáneamente habitar con la falta, con quien falta y con lo que falta" (Colombo, 2019, p. 325). En la región de Juárez, comunidades enteras han sido forzadas a abandonar sus hogares debido al terror impuesto por grupos criminales. Sin embargo, para aquellos que, por imposibilidad o resistencia, permanecieron, la experiencia cotidiana del hogar cambió radicalmente. La casa dejó de ser un refugio seguro para convertirse en un espacio atravesado por la amenaza permanente.

A este desplazamiento simbólico se suma la irrupción de lo siniestro en el ámbito doméstico. Colombo explica que "el evento del secuestro quedó inscrito en el núcleo de lo privado y en la materialidad de la casa, transfigurando así el espacio 'familiar' en algo inquietante, 'unheimlich'" (Colombo, 2019, p. 326). En varias zonas de Ciudad Juárez, así como en la región del Valle, las casas abandonadas, baleadas o saqueadas son testigos mudos de esta transformación. Para los habitantes, incluso los espacios ocupados mantienen cicatrices visibles e invisibles que convierten lo familiar en ominoso.

Por otro lado, nuestra autora habla de la superposición temporal-espacial al referir como “el espacio contiene en sí mismo diferentes inscripciones temporales (...) marcas temporales que el espacio conserva y actualiza en diferentes momentos, abriendo así dentro de este espacio una temporalidad que se erige por fuera de la cronología" (Colombo, 2019, p. 324). Esta lectura permite entender un presente fragmentado, donde las comunidades sobreviven entre el recuerdo de una vida anterior al desplazamiento, la memoria de los actos violentos y una cotidianidad marcada por la incertidumbre y el miedo latente a volver a enfrentar una situación violenta.

Colombo aporta una imagen potente al describir la casa como tumba simbólica: “la casa se vuelve un umbral suspendido entre la vida y la muerte, un espacio que se queda a mitad de camino, pero que permite de manera inestable llevar a cabo pequeños rituales, pequeñas inscripciones de recordación" (Colombo, 2019, p. 330). Esta figura es fuerte en el sentido de su simbolismo. En el valle de Juárez, muchas familias que huyeron dejaron atrás pertenencias, fotografías, pequeños altares improvisados. Para quienes no pudieron desplazarse, la casa misma se volvió un mausoleo cotidiano: se conserva un cuarto intacto, se guardan los últimos objetos del desaparecido, se sostiene la esperanza de un regreso cada vez menos posible.

El retorno a una vivienda marcada por la violencia no es simplemente el regreso a un lugar físico, sino el ingreso a un espacio suspendido entre el pasado que se resiste a irse y un presente que no logra articularse. Desde la perspectiva de Pamela Colombo, la casa atravesada por un hecho violento—como una desaparición, un secuestro o un asesinato—deviene un espacio traumático, un umbral donde la memoria se desborda, donde lo cotidiano ha sido fracturado y ya no puede recuperarse. Esta espacialidad del trauma no se configura únicamente en la ausencia, sino en una presencia espectral, en la persistencia de lo que no puede nombrarse del todo.

Walter Benjamin, por su parte, nos ofrece una clave poderosa para pensar este fenómeno a través de su concepción de la ruina y de la historia como catástrofe. En sus Tesis sobre la filosofía de la historia, Benjamin señala que el verdadero estado de emergencia no es la excepción, sino la norma. Esta afirmación, trasladada al plano del espacio íntimo de la vivienda, permite entender que la violencia macro criminal no irrumpe como un hecho aislado, sino que se inserta en una continuidad de injusticias históricas sedimentadas en la materia misma de los muros, los objetos, los rincones. Cuando una persona regresa a la casa donde se consumó un acto de violencia, no vuelve al refugio del hogar, sino que camina entre los escombros de una promesa incumplida: la de la seguridad, la protección, la permanencia, la de intimidad.

En Benjamin, las ruinas no son meramente restos: son testimonios del fracaso, vestigios de una historia que no avanza hacia el “progreso” sino que colapsa en el devenir. Una vivienda atravesada por la violencia no se presenta entonces como un espacio que espera ser restaurado, sino como una herida abierta en el tejido de lo vivible. Volver a ese lugar significa habitar un paisaje catastrófico, uno que, como sostiene Benjamin en su “dialéctica de la imagen”, solo puede comprenderse en el instante en que el pasado fulgura en el presente con toda su densidad de dolor.

Si dialogamos entre Benjamin y Colombo, el espacio traumático no solo se manifiesta en la materia visible —las puertas forzadas, los muebles abandonados, el polvo acumulado, los muros rafagueados— sino en la arquitectura de los afectos: el silencio, el miedo, la imposibilidad de reconciliar lo que fue con lo que es. En ese sentido, la casa se convierte en una suerte de campo de ruinas subjetivas: cada habitación convoca no solo los recuerdos, sino también las preguntas sin respuesta, los cuerpos ausentes, los tiempos congelados. Esta experiencia de habitar lo inhabitable es, para Benjamin, una forma de resistencia a la lógica lineal del tiempo. La ruina interrumpe, suspende, desmorona.

Quien regresa a una casa donde ocurrió un evento violento, en particular una desaparición forzada, no encuentra en ella la posibilidad del duelo, sino la intensificación del enigma, la angustia por quien ya no se encuentra y que, en su ausencia, fractura el sentido de pertenencia hacia el lugar: la habitación. El espacio actúa como archivo involuntario del dolor y angustia, como cápsula donde el pasado permanece acechante, interpelando constantemente. Benjamin escribe que "no hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie". Esa doble inscripción se hace patente en la vivienda violentada: allí donde hubo vida, familia, descanso, también hay ahora una inscripción de la muerte, de lo ilegible, de lo irresuelto. Así, la vivienda no puede ser simplemente restaurada. No se trata de pintar las paredes o remplazar los muebles. El retorno es un enfrentamiento con la ruina, con el pasado que no pasa, con la historia como catástrofe continua. Pero quizás —y aquí se filtra un rastro de esperanza benjaminiana— la memoria contenida en esas ruinas pueda volverse imagen dialéctica: una forma de abrir el presente al juicio de lo que no debe repetirse. La casa, entonces, ya no como hogar, sino como lugar de memoria —doloroso, sí, pero también político.

En lo general, la categoría de experiencia suspendida puede comprenderse como una radicalización del (des)habitar propuesto por Pamela Colombo. Mientras para ella el (des)habitar alude a la tensión de permanecer en espacios atravesados por la ausencia, la experiencia suspendida enfatiza la fractura temporal que esa violencia produce un tiempo detenido donde el habitar se interrumpe, y la casa se convierte en archivo traumático. Esta distinción permite comprender el paso de una condición existencial ambivalente hacia una suspensión ontológica del habitar, que solo puede restituirse mediante prácticas de memoria

En suma, los aportes de Pamela Colombo y Benjamin ofrecen herramientas teóricas fundamentales para pensar las transformaciones espaciales y simbólicas que se vive tras una experiencia traumática en el tiempo y su relación con un lugar. La experiencia del (des)habitar, la irrupción de lo siniestro en la cotidianidad, la superposición de tiempos en los espacios violentados y la configuración de las casas como tumbas simbólicas iluminan las formas en que la violencia territorializada reconfigura no sólo los paisajes físicos, sino también las subjetividades y las memorias colectivas. Recuperar y visibilizar estas huellas es, hoy más que nunca, un acto urgente de justicia simbólica y de reconstrucción social.

 

Lugar de memoria como alternativa frente a la experiencia suspendida

A lo largo texto he analizado la noción de habitar desde una perspectiva ontológica, fenomenológica y crítica, articulando las reflexiones de Martin Heidegger, Gastón Bachelard y Pamela Colombo. Se ha sostenido que el habitar no puede reducirse a una mera ocupación física del espacio, sino que constituye una dimensión profunda de la existencia humana, en la que se entrelazan afectos, memorias y arraigos. Al aplicar esta mirada al caso de la región de Juárez, constatamos cómo la violencia extrema no solo desplazó cuerpos y comunidades, sino que también suspendió el habitar, fracturando el sentido mismo de los espacios íntimos.

En este contexto, las categorías de (des)habitar, así como de experiencia suspendida, resultan esenciales para comprender cómo las viviendas abandonadas, saqueadas o marcadas por la violencia, no son simplemente ruinas materiales, sino escenarios de duelos interrumpidos, memorias heridas y ausencias persistentes. Así, la casa deja de ser refugio y deviene en una tumba simbólica. El barrio que antes se asociaba con la vida, la dispersión, el encuentro, la socialidad, se transforma en territorio de silencios.

Quisiera ejemplificar las formas en que, a partir de una acción colectiva por parte de quienes experimentaron un evento atroz como fue una masacre -Villas de Salvárcar-, recuperaron el espacio de la vivienda después de varios años de abandono, transformándolo en un memorial hacia las víctimas. El lugar, en una zona de Ciudad Juárez caracterizada por vivir personas de nivel socioeconómico medio-bajo, la mayoría trabajadores operarios en la Industria Maquiladora, con el transcurrir del tiempo se han gestado diversas acciones para recuperar el espacio habitable del hogar en el que lamentablemente fueron asesinados 16 jóvenes.

El acontecimiento de Villas de Salvárcar, ocurrido el 30 de enero de 2010, marcó uno de los episodios más desgarradores de la violencia en México durante la llamada “guerra contra el narcotráfico” en el periodo de Felipe Calderón del 2006 al 2012. Aquella noche, un grupo armado irrumpió en una fiesta de jóvenes estudiantes y trabajadores, asesinando a quince e hiriendo a varios más. Las víctimas eran muchachos dedicados al estudio, al deporte y al trabajo, ajenos al crimen organizado. Sin embargo, en una declaración pública el presidente Felipe Calderón, los calificó apresuradamente como “pandilleros”, lo que desató una profunda indignación social. Ese gesto evidenció el desprecio institucional hacia las víctimas y el modo en que el Estado contribuía a criminalizar la juventud de los barrios populares, en lugar de reconocerlos como sujetos vulnerados por la violencia estructural.

La declaración oficial no solo agravó el dolor de las familias, sino que también reflejó una política de seguridad basada en la estigmatización y la militarización del espacio urbano. Ante ello, los familiares exigieron una disculpa pública y el reconocimiento de la inocencia de sus hijos, convirtiendo su duelo en una forma de resistencia civil. De esa indignación nació una organización comunitaria que buscó resignificar el dolor y recuperar la dignidad arrebatada por el discurso oficial. Como respuesta gubernamental, se estableció el programa “Todos Somos Juárez”, anunciado semanas después de la masacre. Aunque prometía reconstruir el tejido social con inversiones en educación, deporte y cultura, sus resultados fueron limitados. El programa se caracterizó por una visión asistencialista y temporal, más enfocada en mostrar una reacción política inmediata que en transformar las condiciones estructurales de exclusión y violencia. Su impacto real fue efímero: no reparó el daño, ni garantizó justicia, ni redujo la violencia. En contraste, las familias de las víctimas emprendieron una acción mucho más significativa: transformaron la casa donde ocurrió la tragedia en el Memorial 30 de enero, un espacio de memoria viva. A través de murales, fotografías, altares y ceremonias, resignificaron el lugar como territorio de dignidad. En Villas de Salvárcar, el duelo se volvió lucha y la memoria, una forma de habitar el dolor colectivamente frente al olvido estatal.

Casos como el de Villas de Salvárcar, así como otros tantos en Ciudad Juárez y otras regiones del país, que son muestra del impacto atroz de la violencia en la experiencia cotidiana de habitar un espacio, cobra relevancia en el sentido de provocar una transformación en el pensamiento de arquitectos, urbanistas y especialistas en estudios urbanos, para superar enfoques puramente técnicos o funcionalistas incorporando una comprensión del espacio como soporte de memoria, afectividad e identidad. Recuperar las viviendas marcadas por la violencia como lugares de memoria constituye una vía ética y política de resignificación.

Elizabeth Jelin ha sido una de las voces más influyentes en los estudios sobre memoria en América Latina, especialmente en el análisis de las memorias sociales surgidas en contextos de violencia estatal, dictaduras y conflictos armados. Su aporte central radica en comprender la memoria no como un acto pasivo de rememoración, sino como un proceso social y político en disputa. En su obra Los trabajos de la memoria, Jelin sostiene que “la memoria no es un simple recuerdo, sino una elaboración activa del pasado desde el presente” (Jelin, 2002, p. 32). Esta afirmación implica reconocer que el sentido del pasado se construye y se negocia continuamente en el espacio público.

En este marco, los lugares de memoria adquieren una relevancia clave como escenarios de esta disputa simbólica. No son sitios neutrales o cerrados, sino espacios que “condensan sentidos, emociones, luchas y demandas por justicia” (Jelin, 2002, p. 89). Particularmente en América Latina, donde los Estados han sido responsables de graves violaciones a los derechos humanos, estos lugares se configuran como territorios de resistencia, de duelo colectivo y de demanda de reconocimiento.

Jelin enfatiza que el trabajo de memoria implica también una lucha contra el olvido y la impunidad: “La memoria se activa como necesidad ética y política frente a la negación, la desmemoria o la impunidad” (Jelin, 2002, p. 24). En este sentido, los lugares de memoria no son solo conmemorativos, sino herramientas para la justicia simbólica, “marcadores del espacio donde se inscriben las heridas del pasado y las aspiraciones de futuro” (Jelin, 2002, p. 93). Su enfoque invita a pensar los espacios urbanos intervenidos por la violencia —como viviendas abandonadas o marcadas— no solo como ruinas, sino como soportes posibles para la acción política, la elaboración del duelo y la resignificación comunitaria del territorio.

En este marco, las viviendas abandonadas en Juárez que fueron el escenario de una violencia atroz, no deben ser vistas solo como elementos urbanos degradados o amenazas a la seguridad, sino como archivos materiales del dolor que albergan memorias heridas, duelos interrumpidos y presencias espectrales. Reivindicar su valor simbólico implica reconocerlas como territorios donde se condensan las huellas de la violencia, pero también como espacios posibles de elaboración colectiva del trauma, de denuncia de las injusticias y de resistencia al olvido. Como señala Jelin, la memoria es siempre una práctica social situada, y su activación transforma el espacio físico en escenario de interpelación, justicia simbólica y reapropiación ciudadana.

 

Cierre

Abordar los lugares de memoria en contextos de violencia atroz requiere desplazar la mirada desde el concepto clásico de habitar hacia una comprensión más compleja de los espacios atravesados por el trauma. La fenomenología tradicional —representada por Heidegger y Bachelard— concibió el habitar como una experiencia de arraigo, continuidad y sentido, vinculada al refugio, la intimidad y la pertenencia. Sin embargo, en territorios como Ciudad Juárez o el Valle de Juárez, donde la violencia se ha instalado en el corazón de lo doméstico, esa noción resulta insuficiente. La casa, antes lugar de resguardo, se convierte en escenario de lo atroz: allí donde se secuestró, asesinó o desapareció a alguien, el espacio pierde su condición de morada para transformarse en una huella de la ausencia. Pensar estos lugares desde el marco fenomenológico clásico sería desconocer el desgarro y la fractura del tiempo que los constituyen. Por ello, se vuelve imprescindible una mirada que incorpore la dimensión del dolor, la interrupción y la suspensión como parte de la experiencia de habitar.

Desde esta perspectiva, los lugares de memoria no emergen únicamente como sitios de conmemoración, sino como espacios habitados por la ausencia, donde la vida cotidiana se ha visto interrumpida y la memoria se vuelve la única forma posible de permanencia. En ellos, el habitar ya no puede concebirse como continuidad, sino como persistencia en medio de la pérdida, como intento de reapropiación simbólica frente al olvido. De ahí la relevancia de categorías como la de experiencia suspendida, que permiten pensar los modos en que el tiempo y el espacio se congelan tras un evento violento, configurando un territorio donde la memoria y el duelo se entrelazan. Esta mirada crítica no solo amplía el horizonte teórico de la fenomenología del habitar, sino que propone una ética del espacio: una invitación a reconocer en las ruinas y en los fragmentos del hogar violentado las huellas vivas de una historia que exige ser recordada, narrada y transformada colectivamente.

La categoría de experiencia suspendida cobra especial relevancia para abordar la memoria en relación con los lugares afectados por eventos violentos porque permite comprender cómo la violencia no solo deja huellas físicas, sino también heridas simbólicas, afectivas y temporales que transforman radicalmente el sentido del espacio. Los sitios donde ocurrieron asesinatos, desapariciones o desplazamientos forzados —viviendas, barrios, calles— no pueden ser interpretados simplemente como ruinas o espacios abandonados: son escenarios donde el tiempo cotidiano se fractura y la vida se interrumpe. Es precisamente en esa interrupción donde emerge la necesidad del recuerdo, de nombrar, de dotar de sentido a lo que quedó suspendido entre el pasado y el presente. La memoria, entonces, se ancla en los restos del habitar interrumpido, en los objetos y muros que guardan la resonancia de lo que fue y de lo que ya no puede ser, abriendo la posibilidad de resignificar el dolor y convertirlo en acción colectiva.

Desde esta perspectiva, la noción de experiencia suspendida adquiere una fuerza analítica y política crucial: ofrece una vía para leer los espacios violentados como lugares de memoria, tal como propone Elizabeth Jelin, donde se condensan el duelo, la resistencia y la búsqueda de justicia. La suspensión del habitar se transforma en condición de posibilidad para la elaboración del recuerdo: allí donde la vida cotidiana fue interrumpida, la memoria emerge como práctica de reapropiación. La casa violentada, la calle marcada o el barrio abandonado devienen archivos materiales del trauma, pero también escenarios de reconstrucción simbólica. El reconocimiento de esta suspensión, más que un gesto melancólico, implica una ética del habitar que no olvida, que asume la herida como parte de la historia y la inscribe en el presente para resistir el olvido.

La categoría de experiencia suspendida representa así un aporte teórico y ético de gran relevancia, pues transgrede el marco fenomenológico clásico de Heidegger y Bachelard al introducir la violencia como elemento constitutivo de la espacialidad contemporánea. Mientras la fenomenología del habitar se centró en la continuidad del ser-en-el-mundo, aquí se introduce la discontinuidad, la interrupción del sentido y la imposibilidad de reconciliar lo vivido con lo vivido. Habitar, en contextos atravesados por la violencia, ya no significa morar en la estabilidad del hogar, sino persistir entre ruinas, resistir desde el fragmento. En este sentido, la experiencia suspendida ilumina los modos en que la violencia desestructura la vida y al mismo tiempo genera nuevas formas de memoria y presencia.

Por otro lado, el aporte cobra especial fuerza en el contexto de Ciudad Juárez y el Valle de Juárez, donde miles de viviendas abandonadas, marcadas por desapariciones o masacres, se han convertido en paisajes de ausencia. Comprenderlas desde la experiencia suspendida permite ver en ellas no solo el deterioro urbano, sino la huella viva de una historia no resuelta. Esta lectura abre un horizonte para la acción: transformar esos espacios en territorios de memoria, donde el habitar se restituye no como retorno a la normalidad, sino como práctica ética de recuerdo, duelo y resistencia colectiva frente a la violencia estructural y el olvido institucional

Esta perspectiva exige a arquitectos, urbanistas y estudiosos de la ciudad superar enfoques técnicos o funcionalistas y asumir una comprensión del espacio como soporte de memoria. Implica diseñar intervenciones urbanas que no borren las huellas de la violencia, sino que las reconozcan, las inscriban y las resignifiquen desde la escucha, el duelo colectivo y la participación comunitaria. Comprender la experiencia suspendida como fractura del habitar implica asumir que esta suspensión exige una respuesta ética y arquitectónica. Si la violencia destruye el vínculo entre cuerpo, espacio y tiempo, la arquitectura —en tanto práctica social y simbólica— puede operar como mediación para la restitución del sentido. Las viviendas atravesadas por la violencia no deben ser solo reconstruidas materialmente, sino resignificadas como lugares de memoria, donde el duelo y la presencia puedan rearticular el tejido comunitario. En este sentido, la arquitectura deviene un acto político de reparación frente a la experiencia suspendida

Las casas marcadas por el abandono no deben ser sanitizadas, neutralizadas o estetizadas, sino trabajadas como espacios vivos de sentido, donde la memoria pueda abrir grietas en el presente y posibilitar otras formas de habitar. Desde esta lectura, se abren líneas de investigación y acción urgentes: documentar prácticas locales de memorialización en espacios abandonados; analizar las formas emergentes de conmemoración y ritualización que surgen desde las comunidades; y diseñar metodologías participativas que integren lo simbólico en los procesos de reconstrucción urbana. Al hacerlo, no solo se atiende al daño material, sino también al daño subjetivo y comunitario producido por la violencia.

En suma, pensar las viviendas intervenidas por la violencia como lugares de memoria —como propone Jelin— permite no solo resistir el olvido, sino también reimaginar el futuro urbano desde la memoria, el duelo, la dignidad y la justicia. Allí donde la violencia fracturó la vida cotidiana, es posible construir formas colectivas de reapropiación que restituyan el sentido de habitar, no como retorno a una normalidad perdida, sino como ejercicio crítico de memoria activa y transformación social.

 

 

Referencias

Animal Político. (2018). El fracaso de los programas de repoblamiento en el norte. https://www.animalpolitico.com

Bachelard, G. (1957). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.

Benjamin, W. (2000). Tesis sobre la filosofía de la historia. Ediciones Ítaca.

CMDPDH. (2020). Informe sobre desplazamiento forzado interno en México. Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos.

Colombo, P. (2019). (Des)habitar lo privado: Espacialidades de la desaparición forzada en Argentina. Revista Colombiana de Sociología, 42(1), 321–345. https://doi.org/10.15446/rcs.v42n1.74079

Frampton, K. (1983). Hacia un regionalismo crítico: seis puntos para una arquitectura de resistencia. En Perspecta: The Yale Architectural Journal, No. 20, 03-14.

Fuentes, C. M. (2016). Violencia, vivienda y estructura urbana en Ciudad Juárez. Revista de Estudios Urbanos y Regionales, 48(2), 87–103.

Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar. En Conferencias y artículos (pp. 97–115). Alianza Editorial.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

La Jornada. (2011, enero 23). Valle de Juárez: escuelas y cementerios vacíos bajo el control del crimen. https://www.jornada.com.mx

La Verdad de Juárez. (2015). Guadalupe: el pueblo que se vació por la violencia. https://laverdadjuarez.com

Maycotte Pansza, E. y Sánchez Flores, E. (2010, 25 Octubre). Ciudades dispersas, viviendas abandonadas: la política de vivienda y su impacto territorial y social en las ciudades mexicanas. ACE: Architecture, City and Environment, 5(13), 19-32.

Monárrez Fragoso, J. (2012, julio-diciembre). Violencia extrema y existencia precaria en Ciudad Juárez. En Revista Frontera norte (24)48. México. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-73722012000200008

Pichardo, L. (2016). Arquitectura y subjetividad: el habitar como experiencia vital. Universidad de Guadalajara.

Ruiz, Carmen (2019) Entre espectros y asedios. Jacques Derrida y la sobrevida. En Revista Ideas y Valores (68)170, 38-58.

Salazar Gutiérrez, S. (2020). (Des)militarización y violencia política: desaparición forzada en el norte de México. Chihuahua Hoy, 18(18). https://doi.org/10.20983/chihuahuahoy.2020.18.9

SEDATU. (2016). Diagnóstico de vivienda abandonada en Ciudad Juárez. Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano.

Zumthor, Peter (2004) Pensar la Arquitectura. Editorial Gustavo Gili. Barcelona.



[1] El dato fue otorgado por medio de una solicitud en Plataforma Nacional de Transparencia con número de folio 080139725000320

[2] Para Jacques Derrida, hablar de la condición espectral es referirse a aquello que no es ni vivo ni muerto, ni presente ni ausente. Una especie de figura de lo que retorna, de lo que insiste desde un pasado que no ha pasado del todo (Ruiz, 2019)