Desigualdad nutricional: entre el agronegocio y el comedor social.

 

Nutritional inequality: between agribusiness and the soup kitchens.

 

Aldana Boragnio

boragnio@gmail.com

Universidad de Buenos Aires, Argentina

ORCID: 0000-0002-7082-2822

 

Luis E. Blacha

luisblacha@gmail.com

Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología Universidad Nacional de Quilmes, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

ORCID: 0000-0003-1799-9909

 

 

ARTÍCULO

 

Recibido: 11|08|2024 • Aprobado: 22|12|2025

 

RESUMEN

 

Los cambios en los vínculos sociales que conforman la dieta son una de las principales consecuencias de la implementación de las políticas neoliberales en América Latina. El caso argentino resulta significativo en el Sur Global por dos razones principales: el punto de partida de esta transición nutricional se produjo en un contexto donde existía un patrón alimentario unificado y la implementación de las diversas políticas transformó la oferta alimentaria, reforzando las restricciones a la accesibilidad que ya estaban presentes a inicios de la década de 1980.

Este artículo propone un dialogo entre los cambios implementados en la producción de alimentos con aquellos que suceden en el consumo. Es posible observar un vínculo entre ambas esferas que hacen de la dieta un factor de exclusión social en Argentina porque genera un nuevo tipo de desigualdad social: la nutricional. A partir de un estudio de tipo exploratorio se busca reconstruir los cambios en los vínculos sociales entre productores y consumidores desde finales del siglo XXI hasta la actualidad que van a impactar tanto en el territorio como en el cuerpo de los consumidores.

 

Palabras claves: Comedores, Monocultivo, Hambre, Malnutrición.

 

 

 

ABSTRACT

 

Changes in the social ties that make up the diet are one of the most important consequences of the implementation of neoliberal policies in Latin America. The Argentine case is significant in the Global South for two main reasons: the starting point of this nutrition occurred in a context of transition where there was a unified food pattern and the implementation of the various policies transformed the food supply, reinforcing the restrictions to accessibility that were already present in the early 1980s.

This article proposes a dialogue between the changes implemented in food production and those in consumption. It is possible to observe a link between both spheres that make the diet a factor of social exclusion because it generates a new type of social inequality in Argentina: nutritional inequality. Based on an exploratory study, we seek to reconstruct the changes in the social links between producers and consumers from the end of the 21st century to the present that will impact both the territory and the body of consumers.

 

Keywords: Soup Kitchens, Monocultures, Hunger, Malnutrition

 

 

Introducción

Los cambios en los vínculos sociales que conforman la dieta son una de las principales consecuencias de la implementación de las políticas neoliberales en América Latina. Surge un tipo de desigualdad social que se articula a partir del acceso a nutrientes y resulta en nuevas formas de hambre que combinan la desnutrición y el acortamiento en la talla para la edad con la obesidad (Bielaski, 2013). Desde finales del siglo XX, los incrementos en la oferta de calorías (kcal) no aseguran el acceso a nutrientes en Argentina (Blacha, 2022). Es parte de la transición nutricional que afecta al Sur Global (Popkin et. al. 2020), pero que en el caso argentino se inicia con la ruptura de un patrón alimentario unificado (Aguirre, 2004).

En este contexto, la consolidación del modelo de agronegocio es un factor que influye en la oferta alimentaria, pero que convive con otro tipo de organización social que refleja los cambios –y las estrategias implementadas por los actores– en relación con la accesibilidad a nutrientes: el comedor social. Son formas representativas de los dos extremos de la estructura social y de la cadena agroindustrial, cuyo vínculo no ha sido abordado por la sociología rural ni por los estudios de la alimentación. La emergencia de los comedores sociales y la implementación del agronegocio son dos fenómenos contemporáneos que, al formar parte de un proceso donde se modifican los vínculos sociales con los alimentos, merecen la pena ser estudiados de manera interdependiente. Los incrementos en la productividad por hectárea se obtienen a partir de una reducción de la biodiversidad que también compromete el carácter omnívoro de la dieta humana (Fischler, 1995).

Con el retorno a la democracia, en 1983, el hambre en Argentina deja de ser un problema geográfico y temporalmente acotado (por sequías, inundaciones, etc.) para convertirse en una cuestión estructural. La implementación de políticas neoliberales que transforman la oferta alimentaria refuerza las restricciones en la accesibilidad que estaban presentes desde la década anterior. Se produce una diferenciación entre los patrones alimentarios de los hogares pobres y los no-pobres. No es sólo una cuestión económica ya que –en líneas generales– se reduce el porcentaje de dinero del hogar destinado a ‘alimentos y bebidas no alcohólicas’ (ENGHo, 2019). El mayor consumo de alimentos industrializados –que son más calóricos, pero tienen menos nutrientes–, pareciera explicar esta menor incidencia en los ingresos del hogar. Esta tendencia es contraria a la que se presenta en otros países de la región donde la alimentación demanda una porción cada vez mayor del ingreso (Otero, 2018). En ambos contextos el hambre en sus distintas formas afecta cada vez a más individuos.

Este artículo propone reconstruir la relación de los cambios implementados en la producción de alimentos con aquellos que suceden en el consumo. Este vínculo permite explicar cómo la dieta en la Argentina del siglo XXI se convierte en un factor de exclusión social. Este estudio exploratorio de la desigualdad nutricional tiene su punto de partida en los cambios que afectan las interacciones sociales de productores con consumidores desde finales del siglo XX hasta la actualidad. Las consecuencias de este proceso impactan tanto en el territorio como en el cuerpo de los consumidores.

 

Marco de Referencia: El Territorio del Agronegocio

La alimentación es una necesidad biológica que tiene implicancias culturales porque modela el cuerpo humano, los hábitos y las prácticas sociales. También involucra una arquitectura específica porque las relaciones de poder van a promover una apropiación social del entorno (Steel, 2020, p. 10). El biopoder foucaultiano es una de las primeras herramientas teóricas que presenta la influencia del espacio edilicio en las interacciones sociales y en cómo el poder se “traduce” en la forma de pensar, transitar y vivir ese espacio (Foucault, 1999, 2007). De forma gradual se establece un vínculo entre esta forma de concebir el espacio edilicio y la salud de la población (Foucault, 2012; Rose, 2012). Esta lógica se expande a espacios más amplios, delimitando territorios que pasan a estar “socialmente” apropiados (Simmel, 2014). Desde la revolución neolítica, la agricultura es una de las prácticas más influyentes en esta apropiación social del espacio (Seldes, 2015). En el caso argentino desde finales del siglo XIX hay una simplificación de los ecosistemas que permite al país convertirse en un productor de bienes primarios agropecuarios para el mercado mundial (Barsky y Gelman, 2012). Los ecosistemas se convierten en agroecosistemas (Reboratti, 2000). Es parte de esta apropiación social del territorio que permite una agricultura extensiva planificada para la exportación.

Distintas tecnologías han tenido una fuerte influencia en esta apropiación social del espacio. Es así como el ferrocarril modifica el vínculo entre el campo y la ciudad (Steel, 2020, p. 276). En el caso argentino es un elemento clave porque permite la integración en el mercado mundial. El resultado es una geografía que diferencia los territorios que se relacionan con las grandes metrópolis del período –Londres y Paris como los principales destinos– de aquellos más cercanos pero cuyas producciones se destinan a un postergado mercado interno (Santos, 2000). También el alambrado tiene una fuerte influencia a finales del siglo XIX porque permite la coexistencia de la agricultura y la ganadería, al delimitar los contextos de producción y definir la propiedad de las explotaciones.

Un segundo momento en este proceso productivo es la incorporación de insumos químicos (fertilizantes y pesticidas) y la mecanización de la agricultura que, a mediados de la década de 1950, se convierte en intensiva. Esta “Revolución Verde” replica el modelo norteamericano implementado a finales de la Segunda Guerra Mundial y posibilita un salto productivo de algunos cultivos –principalmente cereales y oleaginosas– mientras se reducen las hectáreas destinadas a otros cultivos tradicionales –como las legumbres– que tenían un lugar simbólico muy importante en la dieta de varios países latinoamericanos. A partir de la década de 1980 este proceso incrementa su escala, utilizando nuevas herramientas tecnológicas como los organismos genéticamente modificados (OGM) (Pellegrini, 2013). Este paquete incluye cierto tipo de pesticidas de amplio espectro –destacándose el glifosato– y una estandarización de la producción que se adapta a una nueva generación de maquinaria agrícola. Esta tiene como característica su precisión para producir mucho de un “bien” en un corto período de tiempo y ocupando la menor cantidad de espacio (Clapp e Isakson, 2018).

Estas prácticas socioproductivas son parte del modelo de agronegocios que amplía el alcance de la Revolución Verde (Gras y Hernández, 2016). En Argentina el monocultivo de soja es un elemento clave en este modelo, del que también forman parte la industria forestal, la minería extractista y la producción de carne vacuna en feedlot. En estos distintos commodities hay un patrón común: la pérdida de biodiversidad, el uso de insumos químicos[1], la mecanización, el consumo intensivo de agua y las modificaciones genéticas. En el caso de la agricultura la producción no se orienta por los alimentos sino por los commodities que permiten obtener muchas calorías a bajo costo. Por su bajo precio pueden ser utilizadas tanto para forraje como para alimentación humana y hasta procesarse para que ser combustibles (Cleveland, 2013).

En un contexto donde hay un fuerte incremento de las calorías (kcal) que se pueden obtener de una hectárea, el hambre adquiere nuevas formas que trascienden la carencia (Bielaski, 2013). Las nuevas formas del hambre en Argentina pueden definirse como un tipo de desigualdad nutricional que desafía las recetas tradicionales relacionadas con la producción porque afectan principalmente el acceso de nutrientes. La tensión entre oferta y accesibilidad alimentaria se incrementa a nivel latinoamericano con la implementación de políticas neoliberales en la década de 1990 (Otero, 2018). Durante esta década se inicia un proceso donde, de forma generalizada, la producción de alimentos es reemplazada por la producción de commodities. Como consecuencia, los alimentos frescos reducen su participación en la dieta en detrimento de productos industrializados. Estos cambios tienen consecuencias ambientales (pérdida de la biodiversidad), culturales (puesta en cuestión de prácticas e identidades), sociales (mayor desigualdad en el acceso a nutrientes), geográficas (desplazamientos poblaciones) y en la salud (mayor importancia de la obesidad entre las Enfermedades Crónicas no Transmisibles).

El modelo de agronegocios que comienza a delinearse en Argentina en la década de 1980, con la siembra directa como uno de sus primeros componentes, permite alcanzar a principios del siglo XXI un nivel de producción que –en importancia– es similar a los obtenidos con un modelo de agricultura extensiva durante el período de “El Granero del Mundo” (1880-1914) (Barsky y Gelman, 2012). La implementación del paquete tecnológico explica este incremento en la productividad que también permite ampliar la frontera agrícola hacia regiones extra-pampeanas. Su menor densidad demográfica, su infraestructura más modesta y la debilidad de su representatividad política para defender sus intereses locales caracterizan a las regiones del norte del país. Estos factores permiten explicar el rápido avance del agronegocio en el país.

La agricultura intensiva que fundamenta el modelo de agronegocios tiene también ciertas características extensivas porque incorpora tierras marginales –desde el punto de vista de su fertilidad– las cuales, con el paquete tecnológico, comienzan a ser atractivas para la producción de commodities e interpretadas como una oportunidad para el “desarrollo” (Girbal-Blacha, 2021). La mecanización reduce la necesidad de mano de obra, generando desocupación y expulsando población rural hacia las ciudades. También tiene un impacto ambiental porque la incorporación de nuevas tierras se produce a partir del desmonte. La desarticulación entre proximidades geográficas y entornos productivos que propone Milton Santos (2000) se incrementa a medida que se profundiza el accionar del agronegocio.

La extensión del monocultivo de soja es un buen indicador de este proceso de transformación social. Hasta la década de 1980 es un cultivo marginal, pero tiene un incremento muy significativo en pocos años. En especial cuando en 1996 se implementa la primera campaña oficinal con soja genéticamente modificada a cielo abierto. Una modalidad productiva que, desde Argentina, se extiende hacia el sur de Brasil y Paraguay (Manzanal, 2017). La demanda internacional y la tendencia alcista de su precio por tonelada explican que sea el cultivo al que se destinan la mayor cantidad de hectáreas tanto en la región pampeana como extra-pampeana.

 

 

 

 

Gráfico 1.

Producción de alimentos en argentina desde el año 1961 a 2020, expresada en miles de toneladas.

Fuente: Elaboración propia en base a FAO-STATS.

 

La expansión de la soja en las últimas dos décadas en Argentina no es igualada por ninguna otra producción. Si bien desde 2018 el país produce más maíz que soja, la mayor cantidad de hectáreas cultivadas corresponden a esta oleaginosa por su elevado precio internacional y por las demandas del complejo aceitero-sojero que se instala en el país. El principal productor de aceite de soja, la Aceitera General Deheza (AGD) es también quien genera la mayor cantidad de Jarabe de Maíz de Alta Fructosa (JMAF) en el país. No hay un cambio en el modelo productivo, sino una diversificación dentro de las estrategias que promueven el monocultivo industrializado.

 

Gráfico 2.

Superficie cosechada en Argentina desde el año 1969 a 2021, expresada en hectáreas.

Fuente: Elaboración propia en base a Estimaciones Agrícolas MAGyP.

 

La agriculturización de la región pampeana trasciende las cuestiones productivas e impacta en los patrones de consumo alimentario. La mayor incidencia del hambre en la población argentina a medida que se incrementa la productividad no puede explicarse sólo por mayores exportaciones. De hecho, la cantidad de calorías diarias per capita disponibles en el país muestra una estabilidad respecto de las épocas con “patrón alimentario unificado” (Aguirre, 2004). Lo que cambia es la composición de esas calorías que conforman una dieta que se convierte en un factor de exclusión social. Hay un conjunto de vínculos económicos, tecnológicos, sociales, ambientales y geopolíticos que hacen más rentable la producción de commodities que de alimentos. La ‘commoditización’ de esta producción abarata tanto sus costos que hacen ver como “no rentables” formas alternativas de producción de alimentos y su impacto en los patrones de consumo es muy significativo porque atentan contra los vínculos entre productores y consumidores.

 

Patrones de consumo

Los patrones de consumos alimentarios en Argentina se encuadran en la transición nutricional que afecta al Sur Global (Bray y Popkin, 1998). Los alimentos industrializados tienen una mayor participación en la dieta cotidiana mientras los frescos representan un porcentaje cada vez menor de las calorías ingeridas (Zapata et. al. 2016). Estas pautas de consumo coinciden en la misma tendencia que las productivas, cuando los commodities se orientan a las demandas del mercado internacional como parte de una cadena agroalimentaria global (Holt-Gimenez, 2017). Abundantes calorías a bajo costo genera como contrapartida una menor presencia de nutrientes en las comidas cotidianas que se vincula con el mayor procesamiento industrializado de los alimentos (Winson, 2013). Esta reducción en el consumo de alimentos frescos también afecta a aquellos con fuerte presencia en la dieta argentina como es el caso de la carne vacuna (Farina, 2013). Se conforma una dieta de gran densidad calórica, baja calidad nutricional y una reducción del carácter omnívoro porque la sensación de variedad se obtiene a partir del procesamiento de unas pocas materias primas.

Como se ha mencionado, el retorno a la democracia en 1984 convierte al hambre en una cuestión estructural (Britos et. al., 2003; Blacha y Rodríguez, 2022). Los problemas de accesibilidad anteceden a los cambios en la oferta y la implementación del Programa Alimentario Nacional (PAN)[2] en 1984 sustenta esta afirmación. La emergencia a la que responde esta política pública adelanta la ruptura del patrón alimentario unificado que se acrecienta con las políticas neoliberales de la década de 1990. Las grandes empresas trasnacionales de la alimentación, habituadas a procesar commodities, generaron una transformación definitiva en los patrones de consumo de toda la población argentina (Zapata et.al, 2016). El impacto de estos cambios será mayor en los sectores de menores recursos, con una importante baja en el consumo de frutas.

 

Gráfico 3.

Consumo aparente de alimentos en Argentina desde el año 1996 a 2013, expresado en kilogramos per cápita por año.

Fuente: Elaboración propia en base a ENGHo 1996-7/2004/5 y 2012/3.

El consumo de los alimentos no está determinado exclusivamente por el precio de las calorías, sino que las preferencias apelan al gusto del consumidor, su estilo de vida y la infraestructura culinaria de la cual dispone. Esta última abarca tanto la capacidad para cocinar como para conservar los alimentos. En este sentido, la practicidad de los productos industrializados convierte a los “frescos” en menos convenientes tanto por la merma que supone su cocción como por el tiempo, las habilidades y los requisitos que demanda al consumidor poder incorporarlos a la mesa cotidiana. Estos factores también deben ser tenidos en cuenta al abordar las consecuencias de la ruptura del patrón alimentario porque permiten explicar lo acelerado de estos cambios.

 

Gráfico 4.

Consumo de frutas y verduras en Argentina según ingreso del hogar durante el año 2019, expresado en kilogramos.

Fuente: Elaboración propia en base a ENNyS, 2019.

 

El caso argentino es significativo porque resulta muy eficiente para producir calorías (kcal) y también proteínas de alto valor biológico como las que tiene la soja (Harris, 1999).[3] El problema en Argentina, una situación que comparte en otros países del Sur Global, es que la producción de commodities suplanta la de alimentos (Clapp e Isakson, 2018). El país produce más y exporta más, pero el principal cambio es la composición nutricional de aquellos productos alimenticios disponibles en el mercado interno. No es sólo un cambio en qué y en cómo se produce, sino que también afecta los vínculos sociales que delinean la dieta. En especial aquellas relaciones entre productores y consumidores que dotan a los alimentos de prácticas sociales, construyen identidades culturales y generan preferencias sensoriales. El avance del agronegocio y el mayor impacto de la desigualdad nutricional están vinculados porque la oferta disponible no significa el acceso a una dieta saludable según las recomendaciones de las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA, 2016).

La ruptura del patrón alimentario unificado en Argentina no es sólo parte de la transición nutricional del Sur Global, sino que adquiere distintos impactos según la condición socioeconómica del hogar. La contracara de la “productividad” es la desigualdad nutricional porque los commodities no generan inclusión social. En este contexto, los comedores sociales son un espacio desde el cual se implementan estrategias para afrontar el hambre. Si bien reflejan la exclusión social que resulta de la producción de commodities, sus prácticas apuntan más a permitir el acceso que a influir en la composición de la oferta. La desigualdad nutricional también incluye la imposibilidad que tienen los actores de elegir sus alimentos. Qué, cuándo y con quién comer son indicadores de este tipo de diferenciación social que afecta a un porcentaje cada vez mayor de la población argentina.

Es necesario analizar la labor de los comedores sociales en Argentina teniendo en cuenta estas asimetrías. Esta situación se articula con las profundas diferencias regionales que tiene el país, en cuyos territorios más postergados conviven la obesidad con el bajo peso y el acortamiento de la talla para la edad (ENNyS, 2007 y ENNyS 2, 2019). Esta desigualdad sigue presente aun cuando el porcentaje del ingreso del hogar destinado a la alimentación se reduzca (ENGHo, 2019). Esta es una particularidad del caso argentino dentro de la dieta neoliberal (Otero, 2018) que complejiza aún más las formas que adquiere el hambre en el siglo XXI porque no se incrementa la capacidad de compra, sino que se reduce el precio de los alimentos a expensas de su calidad nutricional. Una oferta más barata incrementa la exclusión social a partir de una dieta con nutrientes degradados. Como los aspectos económicos muestran sólo una parte del problema, el desafío es abordar la composición de la dieta desde las relaciones sociales que la conforman.

 

De la mesa hogareña al comedor social

La historia de los comedores sociales en Argentina, así como los cambios en la dieta y las prácticas que se generaron en torno a éstos, se configuran en relación con las crisis económicas y las políticas alimentarias implementadas en consecuencia desde el Estado. Durante casi todo el siglo XX este tipo de políticas públicas se centraron en la escolaridad, la infancia y la maternidad (Britos et. al., 2003). Con el incremento de los niveles de pobreza de fines de la década de los setenta y principios de 1980, se transforma el modo en que las estructuras administrativas abordan el hambre (Eguía y Ortale, 2004). Este problema deja de ser coyuntural para convertirse en estructural, reflejando una sociedad donde la desigualdad incorpora también el vínculo social con los alimentos.

El Programa de Alimentación Nacional (PAN) en 1984 es la primera política pública argentina con alcance nacional vinculada con el hambre. Es parte de la reconstrucción de las estructuras administrativas del Estado, después de siete años de una férrea dictadura militar en la cual la política no participaba en el diseño y resolución de los problemas sociales. La presencia del hambre en el país es abordada como una novedad de este período y demanda la creación de nuevas herramientas para poder contenerla.

En consonancia con el aumento de la desigualdad y de los niveles de pobreza, hay una presencia permanente e ininterrumpida de diversos programas de atención a la emergencia alimentaria (Gasparini et al., 2019). Con menor trascendencia que el PAN, se implementaron una serie de créditos estatales para la compra de insumos agropecuarios que buscaban facilitar la incorporación de un paquete tecnológico para incrementar la productividad por hectárea. Estos créditos podían ser pagados una vez vendida la cosecha, suponiendo un incentivo para los productores a la vez que se consideraban una forma de solucionar el creciente problema del hambre. Esta estrategia no se extendió en el tiempo, pero merece ser mencionada porque aborda las cuestiones alimentarias desde una perspectiva más tradicional vinculada con la carencia. Mientras que, para el PAN, los principales problemas del hambre se relacionan con la accesibilidad originadas en desigualdades sociales (Sordini, 2018).

La efectividad de estas políticas públicas en el mediano plazo no puede ser analizada sin considerar el contexto macroeconómico del país. Como consecuencia de una crisis económica hiperinflacionaria se organizan las primeras “ollas populares”, una respuesta comunitaria a las necesidades alimentarias de los barrios más carenciados. Estas primeras “ollas” se realizaron tanto en lugares públicos como en las casas de los vecinos. En estos últimos espacios es donde se instauran los primeros comedores sociales (Golbert, 1993).

En esta misma coyuntura surge otra forma de organización popular de carácter más espontáneo conocida como “saqueo”. Es un modo diferente de responder a los mismos problemas de desigualdad social. En la memoria colectiva del período será el saqueo el principal foco de atención de los medios de comunicación y de ahí deriva su trascendencia en la memoria popular. Una práctica que es retomada en la crisis socioeconómica de 2001 y cuya potencial presencia continua actuando como un indicador de descontento social. Sin embargo, las ollas populares tienen mayor impacto en la vida cotidiana de la población más vulnerable porque esta práctica consigue articularse con las políticas públicas. Es posible abordar el “comedor social” como una institucionalización de las ollas populares que actúa como un ámbito de resistencia al promover el carácter colectivo de la alimentación en un contexto donde se incrementa la presencia de las commodities.

Este carácter público de los comedores y las ollas populares se diferencia de las prácticas promovidas por el PAN donde la comensalidad se realiza al interior del hogar. No es sólo una comensalidad compartida en espacios abiertos, sino que la cocción también se hace de forma colectiva, visible y participativa. Para realizar las ollas, los alimentos se obtienen de diferentes formas: de la compra y donación de quienes tenían un ingreso fijo, de la donación de los vecinos que tenían alimentos acopiados y en forma mayoritaria de “los municipios y comerciantes de la zona eran los que colaboraban” (Neufeld y Cravino, 2007, p. 161). El carácter público del acto alimentario es parte de una identidad social y una forma de crear comunidad (Poulain, 2002). En contextos de creciente exclusión, este carácter público potencia las implicancias políticas de la alimentación. En especial cuando la cancelación del PAN en junio de 1989, convierte a los gobiernos provinciales y municipales en proveedores de los alimentos para ollas y comedores (Prevot-Schapira, 1993).

Los comedores sociales son una realidad emergente que delimitan los programas alimentarios argentinos en las últimas dos décadas del siglo XX. Estas políticas públicas se centran en la entrega de tickets para la compra de alimentos mientras los comedores sociales se mul­tiplican. Ambas respuestas son parte de las políticas neoliberales donde el mercado tiene supremacía sobre el Estado. Sin embargo, el incremento de la pobreza y el hambre como problemática principal demuestran la poca efectividad de estas prácticas (Clemente, 2010). Es así como el ingreso en el país de las grandes empresas transnacionales de la alimentación genera profundos cambios en la oferta alimentaria (Aguirre, 2004). La exclusión social se incrementa porque la apertura neoliberal hace de la alimentación una cuestión personal donde el comensal interactúa –con fuertes asimetrías– en una oferta con poca variedad efectiva.

Estos cambios en la realidad de la oferta alimentaria, no pasan desapercibidos para los comedores sociales. Los alimentos recibidos reducen cada vez más su variedad y se focalizan en su rendimiento. La posibilidad de acceder a alimentos frescos y a carnes se reduce, aun cuando forman parte de la dieta cotidiana argentina. Es un contexto de crecientes necesidades donde el hambre se presenta como carencia y las soluciones implementadas aparecen como temporales. En especial, si se tiene en cuenta la composición nutricional de estos alimentos que refuerza la exclusión social existente (de Castro, 2019). Es una cuestión central del vínculo social con los alimentos que no puede quedar sólo en manos del mercado como proponen las políticas neoliberales.

El inicio del nuevo siglo materializa una nueva crisis político-económica caracterizada por el aumento de los precios, el desempleo y la disminu­ción de los ingresos que impactan en el acceso a los alimentos. En una matriz productiva argentina orientada por la producción de commodities, los alimentos baratos generan más exclusión social. Estos “productos alimentarios” son uno de los principales indicadores de un proceso complejo que Patricia Aguirre (2006) define como “ruptura del patrón alimentario unificado”. La composición de la dieta en Argentina pasa a distinguir a los hogares pobres de los no-pobres y hay una escisión en cómo ambos grupos sociales entienden una “buena comida”. Los sectores populares son los principales damnificados de esta transformación mientras que los sectores medios y altos mantienen un porcentaje de mayor de la calidad nutricional de su patrón alimentario.

En este proceso es posible identificar dos etapas –a nivel analítico– en los vínculos sociales que conforman la dieta. La primera, desde sus inicios hasta 2001 y, la segunda, desde la crisis socioeconómica de 2001 hasta la actualidad. El Estado pasa de sostener una situación de emergencia a convertirse en una intervención cotidiana que busca revertir una ingesta calórica inadecuada. Si se considera el enlace entre la disponibilidad energética de los cuerpos y la alimentación, luego del 2001, no solo se profundizaron las diferencias de clase en el patrón alimentario (Díaz Córdoba, 2015) –generando un aumento del hambre oculta (De Castro, 2019; Bielaski, 2013)–, sino que también se producen grandes transformaciones en las prácticas alimentarias, la comensalidad y hay un aumento de las enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT).

La creación del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria (PNSA) (Ley, 25.754/03) se realiza en un contexto donde el 54% de la población se encuentra bajo la línea de pobreza. El PNSA se centra en una perspectiva de derecho a la alimentación, pero con una cobertura focalizada y su objetivo general era “posibilitar el acceso de la población de vulnerabilidad social a una alimentación adecuada, suficiente y acorde a las particularidades y costumbres de cada región del país”.[4] Aunque se presenta como un programa de emergencia en un contexto de crisis extrema, todavía sigue activo aunque con diferentes modificaciones (Carrasco y Pautassi, 2015; Abeyá Gilardón, 2016). Esta política pública atraviesa los conceptos de seguridad alimentaria promoviendo tres dimensiones: disponibilidad, acceso y promoción. El acceso, eje central de este artículo, se centra tanto en la entrega de alimentos a las familias necesitadas como en la asistencia de las cuatro comidas a través de los comedores sociales (Pereyra Cousiño y Yedvab, 2022). Estos últimos cumplen un rol central a nivel nacional para llevar alcanzar los objetivos del PNSA.

En un contexto donde se incrementa la productividad por hectárea, se refuerza el papel de Argentina como productor de bienes primarios agrícolas para el mercado mundial. Sin embargo, la crisis del 2001 no solo profundiza la desigualdad social, sino que el hambre incrementa su presencia. La importancia pública que adquieren los comedores en el PNSA debe abordarse en este contexto de profundas asimetrías. Los comedores sociales pueden ser analizados como parte del agronegocio porque la generación de commodities –en lugar de alimentos– equipara el consumo humano con el forraje y su uso como biocombustibles. El desarrollo de estos espacios, de las prácticas que éstos llevaban adelante son la contracara del avance del agronegocio. El hambre adquiere números nunca antes alcanzados: el 57,5% de la población se encuentra bajo la línea de pobreza en 2002 y el 21,5% de la población económicamente activa, desocupada (INDEC, 2002). Sin embargo, Argentina continúa pensándose como un productor de alimentos para el mercado mundial. Las cosechas y el incremento en la rentabilidad se relacionan con commodities que no están –necesariamente– destinados al consumo humano. La caída en el poder de compra que muestra la crisis del 2001 da cuenta de este carácter mercantil que cobra supremacía en la composición de la dieta. Es el menor poder de compra, no un faltante en la oferta, lo que potencia la presencia del hambre a nivel nacional.

Los comedores sociales, ya instalados en la trama de la vida cotidiana, adquieren mayor participación y visibilidad pública porque aumenta el número de asistentes a estos espacios. También las ollas populares se hacen presentes como una forma de reclamar ante un Estado que había reducido su participación en consonancia con las políticas neoliberales. Surgen iniciativas privadas que, con fines solidarios, buscan incorporar a la mesa de los hogares con mayores demandas insatisfechas los nuevos commodities. A partir de diversas campañas publicitarias se hace hincapié en los beneficios de la soja como alimento complejo y proteico (Cabral, Huego e Ibáñez, 2012). El sector productivo agrícola impulsa tres programas alimentarios de donación de soja: el plan soja solidaria, el Programa Alimentario PLUS y planes locales en zonas cerealeras (Kossoy, 2002).

La finalidad del Plan Soja Solidaria[5] busca

promover la incorporación de la soja como nuevo hábito alimentario. Un cultivo que se inicia en Misiones (en el noreste del país) en la década de 1960 pero que no tuvo presencia en los supermercados argentinos hasta la década de 1990.  La estrategia de intervención adoptada articula la donación de porotos de soja con la educación alimentaria. (…) La población objetivo de las donaciones son los beneficiarios de las organizaciones comunitarias. (Kossoy, 2002, p. 5)

A través de las políticas sociales de asistencia alimentaria y de diversos talleres de cocina, se pretende incorporar la soja como insumo cotidiano en los comedores sociales. Estos programas son un ejemplo temprano de responsabilidad social empresaria (RSE) (Córdoba, 2019). También es un intento de reconstruir los vínculos entre productores y consumidores, no en base a alimentos sino a commodities. Una práctica que encuentra resistencia tanto en grupos ambientalistas como en los referentes de los comedores sociales. La pérdida de biodiversidad y la monotonía de la dieta de los sectores populares tienen en el agronegocio un origen común.

Las canastas alimentarias de los más pobres –que venían reduciendo la variedad y los nutrientes desde inicios de la última década del siglo– refuerzan su monotonía a partir de lo posible y no elegible, incorporando la soja como único alimento al que se tenía acceso. La profundidad e intensidad de la crisis económica junto con la trayectoria sostenida de la imposibilidad de asegurar el acceso a los alimentos y a los recursos necesarios para comer, complejiza las prácticas que implementan los comedores para asegurar la reproducción de los cuerpos de los barrios más necesitados porque se convierten en la única posibilidad.  

El carácter colectivo de los comedores no es sólo la contracara del agronegocio que genera exclusión social a partir de la diferenciación en el acceso a nutrientes. Los alimentos industrializados que interpelan a consumidores, no a comensales, promueven una relación personalizada que atenta contra los vínculos sociales. Los comedores sociales son una forma institucionalizada en la que muchos actores pueden alimentarse que se convierte en un ámbito de resistencia que comienza a repetirse en todos los barrios populares de las grandes ciudades del país. Desde su emergencia como respuesta a la crisis hiperinflacionaria de 1989, estos espacios pasan a convertirse en reflejo de la extensión del monocultivo, pero también son un componente clave de unas políticas públicas que abordan el hambre como un derecho vulnerado. Sin embargo, es la carencia y no el acceso a nutrientes el principal objetivo de estas prácticas. Incorporar la desigualdad nutricional como un factor de exclusión social demanda reconstruir el vínculo entre el modelo de agronegocio, los cambios en los patrones de consumos alimentarios y el rol que ocupan los comedores sociales en las políticas públicas porque esta interdependencia delimita la alimentación de un porcentaje muy significativo de la población.

 

Conclusiones: la desigualdad nutricional

El carácter social de los alimentos permite trascender las lógicas productivistas que abordan el hambre sólo como carencia. Hay identidades sociales, factores económicos, prácticas culturales y un recorrido como comensales que guían la composición de la dieta en un tiempo y un espacio determinados. No es posible abordar la reproducción de la estructura social sin tener en cuenta la de los cuerpos humanos que llevan adelante esas interacciones.  En este proceso de alcance mundial, el caso argentino resulta significativo dentro del Sur Global porque inicia su transición nutricional con un patrón alimentario unificado. Con el incremento en la oferta de calorías producidas en el país muchas de las cuales son proteínas de alto valor biológicose complejiza el problema del hambre porque se priorizan los commodities sobre la producción de alimentos.

La tecnología involucrada se articula con estos objetivos, donde el agronegocio aparece como el único modelo posible. En este contexto, el principal factor que explica las nuevas formas del hambre en Argentina es la ruptura de lazos sociales entre productores y consumidores. La supremacía de un tipo de organización social orientada a la producción de calorías baratas que construye “no-funcionamiento” a la producción, distribución y consumo de alimentos frescos. Es una solución mercantil al problema del hambre entendido como carencia, a partir del cual, reducir el costo de las calorías debería, casi de forma automática, generar inclusión social. La reducción de los costos lleva a una dieta con nutrientes degradados y a la exclusión social. Como la elección de qué comer se presente a partir de factores económicos, se termina penalizando a los sectores de menores ingresos por sus consumos.

El avance del agronegocio puede reconstruirse a partir del monocultivo de soja. Un factor que lleva a la pérdida de biodiversidad, incrementa la desigualdad económica, afecta la identidad alimentaria y degrada la calidad nutricional de la dieta cotidiana. Se consolida una oferta alimentaria que no permite cumplir con las recomendaciones de organismos de salud (OMS, OPS) ni es posible llevar una dieta saludable según las GAPA. Este es un nuevo tipo de desigualdad social que se articula a partir del acceso a nutrientes. El agronegocio como forma predominante de uso del territorio y el comedor social como el ámbito en el cual un porcentaje mayor de la población obtiene sus alimentos, delimitan esta coyuntura.

La oferta alimentaria impone condicionamientos que hacen que la desigualdad nutricional cobre independencia respecto de la situación macroeconómica del país. El gasto en alimentos –al menos hasta los datos nacionales de la ENGHo 2018– tiene menor participación en los ingresos del hogar. Aún con más dinero disponible no es posible revertir la degradación nutricional de la dieta, ya que esta es una forma de abordar la alimentación donde las identidades culturales, el gusto y la relación con el otro parecieran perder importancia. En este contexto los comedores sociales no son sólo un ámbito donde obtener los alimentos que no están presentes en el hogar sino un ámbito de resistencia. Pueden ser una forma de reconstruir vínculos entre comensales en un contexto de creciente exclusión social. Un desafío pendiente en la dieta argentina del siglo XXI que interpela a los comensales como actores aislados.

Las recetas que abordan el hambre como carencia pierden efectividad en esta nueva coyuntura. La existencia de la desigualdad nutricional demanda una articulación entre oferta y accesibilidad, no sólo para combatir el hambre, sino para que los alimentos se conviertan en un factor de inclusión social. La sustentabilidad de esta propuesta está supeditada a la reconstrucción de aquellos vínculos, identidades y prácticas que hacen una comensalidad plural y eviten –a partir del diálogo– las recetas universales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] Optamos por utilizar el concepto más general de insumos químicos que abarca tanto a los pesticidas como a los agrotóxicos que permiten diferentes grados de simplificación de los agroecosistemas hasta llegar al monocultivo.

[2] El PAN es la primera política pública argentina con alcance nacional vinculada con el hambre. En el apartado se profundiza sobre sus características y sus principales consecuencias.

[3] El valor biológico de las proteínas se relaciona con la cadena de aminoácidos. Si se encuentra completa, el cuerpo humano los asimila mejor. Es lo que sucede con las proteínas de origen animal, con las cuales la soja comparte propiedades (Harris, 1999).

[4] Texto de la resolución del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria. http://www.oda-alc.org/documentos/1341462440.pdf

[5] Fue una iniciativa de la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa (AAPRESID) que consistía en la donación de un kilo de soja por tonelada exportada.